Con los ecos de la reciente Olimpiada de París, quiero recordar a Andrés Martín, responsable técnico de la Olimpiada Popular de Barcelona que el antifascismo mundial organizó en 1936, en oposición a las oficiales del Berlín hitleriano, y a su compañera Paulina Abramson; una pareja de jóvenes comunistas cuyas vidas de entrega entusiasta reflejan el temple de aquella generación que se incorporó a la lucha en el tiempo de los Frentes Populares y de la amenaza del fascismo, aquí y en el mundo.
Paulina nació en 1917 en Argentina. Era hija de Benjamín Abramson, un emigrado político ruso que huyó, con su esposa, de una segura condena a muerte en la Rusia zarista, por ser un destacado activista en la revolución de 1905. Benjamín trabajó de chofer en su exilio, y retomó la militancia, siendo uno de los fundadores del Partido Comunista Argentino. Tras el triunfo y la consolidación de la Revolución de Octubre, la familia Abramson decidió volver a la URSS para incorporarse a la construcción del socialismo. Partieron de Buenos Aires en 1932. La vida en la Unión Soviética del matrimonio Abramson y sus dos hijas, Paulina y Adelina, tres años menor que Paulina, no fue fácil. Paulina frecuentaba el club de emigrados políticos de Moscú, donde alternaban italianos, húngaros, polacos, alemanes, latinoamericanos, españoles. Allí conoció a Andrés Martín, que usaba el nombre ficticio de Enrique Pérez en la clandestinidad moscovita, y que era el representante de Unión de Juventudes Comunistas de España en la Internacional Juvenil Comunista. Fue un flechazo. Se casaron muy pronto, en 1936, cuando Paulina contaba con sólo 21 años, e inmediatamente viajaron a España para defender la República. Andrés también ostentaba el cargo de secretario general de la FCDO, la Federación Cultural Deportiva Obrera; un organismo que pretendía acercar a los jóvenes trabajadores al deporte, a un deporte menos mercantilista, y, de paso, imbuir en ellos el espíritu de la revolución social. Era una organización alentada por la Internacional Deportiva Roja, de la que Andrés era también miembro del Comité Ejecutivo desde 1934. Paulina, en sus memorias, nos cuenta cómo era Andrés y aquel tiempo.
“Mi primer amor fue Enrique, aunque su verdadero nombre era Andrés Martín. Durante la guerra mandó el batallón Pasionaria. Fue hecho prisionero y fusilado. Sus amigos eran también los míos y cuando nos reuníamos se entablaban interminables y apasionantes charlas políticas sobre la realidad del mundo circundante que se encontraba muy distante del mundo ideado por estos jóvenes modestos, que jamás se jactaban de sus hazañas, que estudiaban y trabajaban mucho. Para mí eran un modelo y un ejemplo a seguir. Yo aceptaba todo lo que oía, nunca refuté, porque quería tener los conocimientos, el valor y la osadía de los que me rodeaban. Quería transformar el mundo, al igual que ellos, estaba dispuesta a sacrificar mi vida, y, como ellos, también me preparaba para las cárceles. Lo que me daba un inmenso desasosiego era pensar en las posibles torturas futuras. Conocía por boca de estos jóvenes todos los azares del mundo de las futuras revoluciones. En la sección de la Juventud Comunista de la Unión Soviética se encontraban los ideólogos con quienes los representantes de otras secciones consultaban y no daban un paso sin el visto bueno de aquéllos. Sentían adoración por los dirigentes juveniles soviéticos. A veces me parecía que los consideraban semidioses”.
En los primeros días de la Guerra Civil, los caminos de Paulina y Andrés se bifurcaron. Andrés fue designado Comandante del Batallón Pasionaria, formado por dos Compañías, y asignado al frente de Extremadura. Paulina partió el 25 de julio como miliciana a la Sierra madrileña en el Batallón Octubre, con Etelvino Vega a la cabeza. En septiembre, Paulina recibió la dramática noticia: Andrés había muerto, había caído en el frente de Cáceres. Herido de gravedad, continuó firme en su puesto, hasta que cayó prisionero. Fue fusilado inmediatamente por los regulares de Yagüe, el 20 de septiembre de 1936.
A pesar del mazazo, Paulina siguió en España, sirviendo a la causa republicana, hasta su regreso a Moscú en 1938. Dado su dominio del idioma ruso se convirtió en intérprete del célebre periodista de Pravda, Mijail Koltsov, y del cineasta Roman Karmen, en sus andanzas por España; y después, del coronel Mansurov, un osetio a quien muchos tomaban por vasco, debido a su apodo “Xanti”; asesor de Durruti en el frente de Madrid, de las Brigadas Internacionales y organizador de unidades guerrilleras de la República. Hemingway lo conoció, y se dice que se inspiró en él para el personaje de Robert Jordan, el protagonista de su novela “Por quién doblan las campanas”. Paulina se casó con Xanti en Moscú, y, a pesar del compromiso revolucionario de toda su familia, padeció el sectarismo y la represión de las purgas ocurridas en la URSS, que nunca debieran haber sucedido, cuando en 1951 condenaron a cinco años a su padre, un veterano comunista.








