El feminismo es una estrategia de transformación social, cuyo objetivo es construir una sociedad sin ningún tipo de discriminación de género. Avanzamos en el largo camino de la igualdad superando obstáculos y dificultades, aprendiendo de las que nos precedieron, reconociéndonos y creando lazos de sororidad, soñando un futuro para quienes vendrán después. Si miramos y escuchamos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de cómo el machismo se manifiesta en palabras, actitudes y comportamientos que unas veces con sutileza y otras de forma descarnada, siguen tratando de imponer las normas de una sociedad patriarcal que hace de la diferencia de sexo una jerarquía. Está claro que la manifestación más trágica de la desigualdad que existe son las cifras de mujeres asesinadas que nos golpean y nos indignan, ese crimen que no cesa. Pero sabemos que esa violencia contra las mujeres es la punta del iceberg de la violencia estructural que se llama patriarcado y que se define por un conjunto de pactos y complicidades entre los hombres, para que las mujeres ocupemos el lugar que ellos nos asignan.
A lo largo de la historia, siempre ha habido mujeres que se preguntaban por qué tenían que vivir en una situación de dependencia e inferioridad respecto a los hombres y esa conciencia les llevó a cuestionar las reglas, a exigir unos derechos que sistemáticamente les eran negados. El movimiento feminista organizado puso sobre el tapete la contradicción de género y las mujeres de la clase obrera unieron la contradicción de clase para avanzar en un mundo sin explotación y sin dominio. Costó muchas luchas, mucho sufrimiento, mucha soledad y mucha incomprensión conseguir que las mujeres pudiéramos participar en la vida pública, hacerlo incluso siempre por detrás de los hombres, como si tuviéramos que pedir permiso, como si entráramos en un terreno de juego en el que no controlábamos las reglas. Conseguimos la igualdad ante la ley, pero a la ideología de siglos le resulta insoportable que queramos conseguir la igualdad ante la vida y le gustaría que siguiéramos siendo sumisas, abnegadas, cuidadoras, tejedoras de paciencia y de cuidados, calladas y discretas, con una sabiduría especial para todo lo doméstico y alejadas del poder. No otra cosa es la que están diciendo cada vez que nos preguntan qué más queremos, hasta dónde vamos a llegar; cuando contraponen feminismo a machismo sin pasar siquiera por el diccionario de la Lengua; cuando nos preguntan cosas que nunca le preguntarían a un hombre; cuando se sienten con derecho a interpretar —mejor malinterpretar— nuestras palabras y nuestros silencios. Y, sin embargo, las mujeres hemos decidido traspasar los límites impuestos y somos sujetos revolucionarios, porque cualquier revolución será feminista o no será. Y para esa revolución que soñamos debemos darnos la mano mujeres distintas, diversas, jóvenes, menos jóvenes, profesionales y con trabajos precarios, pobres, migrantes, madres e hijas, amantes y amadas, pero todas comprometidas en un modelo de sociedad en la que todas las personas seamos libres e iguales en el espacio público, en los derechos políticos y sociales, y podamos exigir reciprocidad e igualdad en los afectos y los cuidados, en el ámbito privado.
Y todo esto que teorizamos, organizamos y ponemos en práctica cada día, lo recordamos de manera especial el día 25 de noviembre, día internacional de denuncia de la violencia contra las mujeres: una jornada de lucha contra el patriarcado.








