Relato

El puesto de libros

Eneas de Troya / CC BY 2.0
Eneas de Troya / CC BY 2.0

Relato perteneciente a «El libro negro de Gaza», que reúne textos de jóvenes gazatíes.

En un rincón del mercado, entre pilas dispersas de verduras y vendedores ambulantes que ofrecen calcetines y productos enlatados, se encuentra un pequeño puesto repleto de libros.

Tiene muchos títulos y de una variedad sorprendente: Ibn Jaldún, Albert Camus, Nietzsche, Dostoievski, Maquiavelo. También El mito de Sísifo estaba entre ellos, observando a los paseantes desde la cubierta.

¿Y qué decir del hombre del puesto? No guardaba parecido alguno con el «intelectual» que solemos imaginar. Sentado en una silla de plástico desgastada, fuma tranquilamente un cigarrillo, sin dar la más mínima señal de haber leído siquiera una de las páginas de esos libros. Esa incoherencia me llamó la atención.

Me acerqué, disfrazando la curiosidad de broma, y pregunté:

—Tío, ¿te has leído todos estos libros?

Se rio y soltó:

—No, por Dios. No leo ni los periódicos. Pero me encanta hablar de ellos, como si fueran de mi familia. ¿Ibn Jaldún? Mi primo. ¿Camus? Un amigo. ¿Maquiavelo? ¡Uno de los nuestros! —continuó.

Yo me reí, pero mi curiosidad no hizo sino aumentar.

Me senté a su lado y le hice una pregunta que me pasó por la cabeza:

—¿Pero cómo? ¿Cómo conoces todos esos nombres e ideas si no lees?

Él suspiró, dio una larga calada al cigarro y respondió:

—Cuando mi hijo leía, siempre lo hacía en alto. Su voz me molestaba, porque leía constantemente. No se callaba nunca. A veces le bufaba, otras veces eran los vecinos quienes se quejaban.

Sonrió, el recuerdo pareció dolerle y animarlo al mismo tiempo.

—Pero escuchaba, cada día, cada libro, página a página. No lo entendía todo, pero memorizaba los nombres y conectaba las ideas, veía el mundo a través de su voz.

Me levanté para marcharme, diciéndole cariñosamente:

—Qué Dios os proteja a los dos, que tu hijo siempre te lea, que siempre seas tan culto.

—Por Dios, podría estar escuchándolo toda la vida, su voz era más potente que el megáfono… Si pudiera volver… —dijo con voz más pausada.

Me miró, con los ojos anegados en lágrimas:

—Solía comprarnos verduras en este mercado, me ayudaba y me leía tanto si yo quería como si no. Un día, bombardearon la tienda. Se fue. Se fue, dejándome solo. Sin nadie que me lea. Sin nadie a quien reñir. Sin nadie del que burlarme por su voz sonora.

Se calló y luego señaló los libros que lo rodeaban:

—Estos son sus libros. Los que recuperamos de nuestra chabola. Es lo que queda de él. Y, ahora, aquí estoy, vendiéndolos.

El dueño del puesto de libros no lee. Y su hijo… tampoco.

EL LIBRO NEGRO DE GAZA. TESTIMONIOS DE UN GENOCIDIO
Edición, Gonzalo Delgado. Traducción, José Elías Rodríguez
Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2026

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