Una editorial independiente

José Maria Esparza Zabalegui | Editorial Txalaparta / Youtube
José Maria Esparza Zabalegui | Editorial Txalaparta / Youtube

La editorial Txalaparta no es la historia de un milagro sino la historia de una voluntad política, de un tesón ideológico sostenido durante más de treinta años y de un empeño colectivo que tiene su merecida representación en la figura de un editor de leyenda: José María Esparza Zabalegui

Comentábamos en los primeras páginas de este suplemento cultural que la hiperconcentración de la industria editorial permitía, de modo paradójico, la existencia de un polisistema de pequeñas editoriales que ha dado lugar al prolífico, confuso y ambiguo fenómeno de las llamadas editoriales independientes; un término que conviene tratar de descifrar incorporando una simple pero clarificadora pregunta: ¿independientes de qué?

Si bien la edición, bajo el sistema capitalista, está obligada a trabajar dentro de unas condiciones económicas que permitan un “retorno” de la inversión al menos suficiente para recuperar los costes de reproducción, cabría distinguir aquellas editoriales que, aun actuando en el mercado, su estrategia y finalidad no estaría determinada por la lógica de la rentabilidad capitalista: el mayor beneficio al menor coste, pero que en en última instancia, “dependerían” para su reproducción de la necesaria obtención de los obligados recursos financieros dado que, más allá de rótulos y disfraces, todas viven y sobreviven “pendientes de” sus circunstancias económicas.

En la mayoría de los casos, su “emprendimiento” y propiedad suele descansar sobre patrimonios personales generosos que les permiten competir desde tasas de beneficio moderadas y en condiciones laborales próximas a la autoexplotación mientras tratan de acumular un “capital simbólico” relevante que reconvierta en flujo monetario suficiente ese simbolismo cultural bajo el que arropan su “distinción”. Editoriales en definitiva con glamour y subvenciones.

Apología. Memorias de un editor rojo-separatista
Jose Mari Esparza Zabalegi
Editorial Txalaparta, 2018

En realidad las únicas editoriales que merecerían el título de editoriales independientes serían aquellas que encuentran precisamente su razón de ser en su enfrentamiento con la capitalista lógica mercantil. Editoriales por tanto que editarían contra o a pesar de esa lógica, lo que no significa que no necesitan recursos financieros puesto que editar requiere gastos de inversión y mantenimiento. Dicho así parecería que la existencia de una editorial realmente independiente sería cosa de un milagro. Y no. La historia por ejemplo de una de esas pocas editoriales, la editorial Txalaparta, no es la historia de un milagro sino la historia de una voluntad política, de un tesón ideológico sostenido durante más de treinta años y de un empeño colectivo que tiene su merecida representación en la figura de un editor de leyenda: José María Esparza Zabalegui, el autor del libro —Apología. Memoria de un editor rojo-separatista— que hoy recomendamos como ejemplo y orientación para cualquier posible proyecto político que quiera construir sus propio armamento cultural.

Fue en 1989 cuando un grupo de trabajadores, comandados por este editor, crecido políticamente en el entorno de la represión franquista y que ya durante su pasado de agitador sindicalista en el espacio laboral de Tafalla, había ensayado su entrada en el mundo de la impresión clandestina a base de multicopistas, panfletos y libros, es reclamado desde la izquierda abertzale para impulsar el proyecto Txalaparta como herramienta y arma cultural y política. Ni que decir tiene que a lo primero a lo que hubieron de enfrentarse fue a las dificultades que ello conllevaba: “habíamos decidido hacer una editorial independiente y la libertad es cara… Si las lectoras y lectores vascos querían una editorial comprometida, debían ayudarnos a sostenerla. Y a fe que lo conseguimos, gracias a la izquierda abertzale y sobre todo a Egin que se volcó en la campaña. En poco tiempo tuvimos miles de suscriptores que nos garantizarían la supervivencia por encima de las trabas, boicots, multas y silencios que acechaban a nuestros libros. En cuanto a la independencia, en los 30 procelosos años siguientes jamás tuvimos ni la más sutil insinuación sobre lo que debíamos editar, por parte de ningún partido, organismo, institución o lobby”.

Las únicas editoriales que merecerían el título de independientes serían aquellas que encuentran precisamente su razón de ser en su enfrentamiento con la capitalista lógica mercantil

Y ahí siguen, con un catálogo donde todos quienes tenemos al capitalismo como enemigo podemos encontrar historias que nos ayuden a construir horizontes de igualdad. Quién que haya militado en esa lucha no recuerda las lecciones de aquella Orquesta Roja de Gilles Perreault que daba tantos ejemplos para sobrevivir en la clandestinidad. Quién no encontró en la novela de Alvaro Cunhal Hasta mañana, camaradas una esperanza argumentada tan necesaria en tiempos del venenoso escepticismo. o quién, leyendo los Escritos en Euskalerria de José Bergamín no descubrió la necesidad de escapar del cínico y confortable pesimismo.

30 años dan para muchos libros, para el recuento amargo de muchos sueños rotos o negados pero también para el despertar de muchas ilusiones y corajes. La memoria de un editor que es también la memoria de una comunidad politica. Un ejemplo editorial para unos tiempos donde el neoliberalismo y sus cultivados capataces pretenden monopolizar las fuerzas de producción de la memoria y las palabras. Porque hay libros que son en sí mismos una verdadera convocatoria para el combate. Este es uno de ellos. Y con esta reflexión concluye: “Merece la pena pensar, leer, escribir y editar. Merece la pena luchar. Y merece la pena todo cuanto se ha leído y luchado”. Unas memorias para construir el futuro.

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