La piedra del olvido

Un ejercicio de memoria sobre las luchas militantes en la Argentina de los años sesenta y setenta, y las graves consecuencias del exilio
Cómic "Stein (piedra)"

«El exilio es un monstruo de múltiples cabezas».
Sergi Pàmies

«No comprendo cómo se puede optar por un ideal y arrastrar al abismo a tu familia completa en ello. Por eso, mi viaje hacia atrás. Para saber, entender, por qué lo hicieron». Estas palabras, pronunciadas al final de Stein por parte del protagonista-autor, Agus, nos permiten comprender cabalmente el sentido de la obra.

Agustín Comotto (Buenos Aires, 1968) afronta su proyecto más personal hasta la fecha, puesto que se atreve a exorcizar los demonios de su infancia quebrada en un interminable exilio de ida y vuelta. El de ese niño que tiene que abandonar Argentina para reunirse con sus padres, refugiados políticos en el Madrid de finales de los años setenta, convertido en un adolescente que cruza de nuevo el Atlántico para vivir una juventud bonaerense y que desemboca en una madurez asentada —hasta la fecha, al menos— en la catalana Corbera de Llobregat.

El prologuista del libro, Sergi Pàmies, es otro hijo del desarraigo cuyos padres, Teresa Pàmies y Gregorio López Raimundo, hubieron de afrontar también las penalidades infligidas por un salvaje régimen dictatorial a consecuencia de su compromiso político. Habla Pàmies del «dolor terapéutico de una confesión largamente pospuesta, ya sea por miedo o por pudor, aparcada en uno de esos trasteros en los que dejamos para más adelante lo que deberíamos convertir en el único motor de nuestra historia».

Comotto ha decidido al fin despojarse de todo miedo y pudor para mirar de frente al espejo que devuelve fragmentos de esa vida llena de sacrificios y complicidades, de esas reuniones interminables de los militantes revolucionarios que creían estar asaltando los cielos a cada momento, de esas banderas rotas pero nunca traicionadas.

Stein se desarrolla en tres tiempos y lugares distintos: el Madrid del presente del narrador, donde se entrevista con la Turca Andrea, compañera de militancia de sus padres; la evocación de la Argentina de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, en la que la consigna del Che Guevara «crear uno, dos, tres Vietnam» seguía resonando con fuerza; y, finalmente, la aparición de un personaje, nunca sabremos si real o ficticio, al que conocemos como Mijaíl Stein.

El entrelazamiento de relatos, sabiamente conducido por el Comotto guionista, nos va conduciendo desde los tiempos de la Revolución y la Guerra Civil Rusa, en la que un joven judío ucraniano, Mijaíl, participa formando parte del Ejército Rojo de Trotski, hasta la hecatombe (el «todo») que supone el avance de las tropas nazis sobre territorio soviético en la Gran Guerra Patria. A su término, Mijaíl —que ha adoptado el apellido Stein como homenaje a un camarada caído («desde ahora me llamaré Stein, seré piedra y te llevaré en el recuerdo»)— decide emprender viaje al otro confín del mundo, Argentina en este caso, para poner distancia con tanto horror.

Un Stein en el ocaso de sus días se cruza en la vida de una joven Andrea Benites Dumont, la Turca, quien le ayuda en su plan para volver a su shtetl (aldea) natal, que ahora forma parte de la Unión Soviética. La escena de la despedida en el puerto con los amigos de Stein cantando La Internacional en castellano, yidis y ucraniano, mientras su barco zarpa, está llena de emotividad.

Entre tanto, la represión se abate sobre los militantes del Frente Argentino de Liberación o del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo, organizaciones en que se encuadra sucesivamente la Turca. Tras la instauración de la Junta Militar en 1976, el único camino para aquellos que no han sido asesinados o detenidos-desaparecidos es el del exilio.

El personaje principal, Agustín, se desdobla y dialoga con su yo del pasado, con el niño que no eligió luchar porque «tan solo era el hijo de un luchador»

Y es en este exilio donde el personaje principal, Agustín, se desdobla y dialoga con su yo del pasado, con el niño que fue, con aquel que no eligió luchar porque «tan solo era el hijo de un luchador». Pero la Turca sentenciará con amargura: «Nunca se deja el pasado, Agustín. Lo vivirás para siempre. Pero se aprende a llevarlo».

La propuesta gráfica de Comotto sigue la línea ya experimentada en 155. Simón Radowitzky, otra obra que explora la memoria, en este caso ajena, la de ese mítico anarquista que pasó veintiún años encerrado en una cárcel de Ushuaia y que, a su salida, todavía tuvo energía para combatir al lado de la República en la Guerra Civil española.

El tiempo presente de la narración y la analepsis que nos lleva hasta la Argentina de 1969 están realizados sirviéndose del color, mientras que la rememoración de los cuadernos que contienen las memorias de Stein limita su paleta cromática, que se restringe al uso de un gris azulado, como para indicarnos que estos pasajes dudosos pueden estar a caballo entre lo real y lo imaginado.

Destaca poderosamente la ardua tarea de documentación que ha acometido el autor, tanto para bucear en los acontecimientos del pasado, como para reproducir con la máxima fidelidad los paisajes, el vestuario, el mobiliario urbano de otras épocas que, a través de su dibujo, vuelven a encarnarse con fuerza en nuestro presente.

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