El pasado 1 de octubre, el jefe en funciones del decadente imperio yanqui anunció el «indulto total e incondicional» para su hijito, Hunter Biden. Papá Biden no solo ha incumplido su palabra al concederle la amnistía sino que, además, ha garantizado la total impunidad de su retoño al indultarle por delitos federales «que cometió o pudo haber cometido» entre el 1 de enero de 2014 y el 1 de diciembre de 2024. Algo que equivale a indultarse a sí mismo, porque es sabido que la carrera del hijo se ha desarrollado paralelamente a la estancia de su padre en el Senado y en la Vicepresidencia de los EE.UU. Y aunque ambos defienden que nunca han hablado el uno con el otro sobre sus respectivos trabajos, los medios de desinformación masiva estadounidenses han señalado durante décadas la relación entre los empleos de Hunter y los de su padre.
La tremenda onda expansiva generada por el anuncio del perdón presidencial ha llevado al propio Joe Biden a promover, doce días después, un nuevo indulto sin precedentes en la corta historia estadounidense, dejando libres a 39 personas condenadas por delitos no violentos y conmutando las penas a otras 1.500. El sheriff mundial en funciones ya ha anticipado que, antes de abandonar la Casa Blanca el 20 de enero, adoptará más medidas de este tipo.
El presidente en funciones está dispuesto a no dejar títere con cabeza antes de abandonar el cargo, especialmente en Ucrania, donde nos pone a las puertas de una tercera guerra mundial
Hunter Biden ya se había declarado culpable de nueve delitos de fraude fiscal federal en septiembre y estaba a la espera de una sentencia a mediados dediciembre sobre otros tres delitos relacionados con la compra de un arma. Pero más allá de haber indultado a su putero, pederasta, corrupto, pistolero y drogadicto hijo, el problema está en ver cómo la disoluta, depravada y criminal vida personal de los Biden, propia de un telefilme de serie B, afecta al resto del planeta. Porque el individuo que fue apartado de la carrera presidencial por su incipiente demencia senil, está dispuesto a no dejar títere con cabeza, especialmente en Ucrania, antes de abandonar el cargo de presidente el próximo 20 de enero. Después de haber instigado el conflicto, ahora Biden echa más gasolina al fuego concediendo a Ucrania el permiso para utilizar misiles de largo alcance en suelo ruso y nos pone a las puertas de una tercera guerra mundial. Por si fuera poco, no deja de presionar al títere Zelenski para que reduzca la edad de movilización de los 25 a los 18 años y alargue el conflicto «hasta el último ucraniano».
Sin duda, el país del este europeo ocupa un lugar primordial en la política estadounidense. De hecho, el indulto presidencial se retrotrae al 1 de enero de 2014, justamente la época del golpe de Estado del Euromaidán en Ucrania que precipitó la renuncia de su legítimo presidente, Viktor Yanukóvich. Victoria Nuland, la secretaria de Estado adjunta para Asuntos Europeos y Euroasiáticos nombrada por Barack Obama en 2013, acababa de pasearse repartiendo galletas por las barricadas levantadas en la principal plaza de Kiev. Y es en esas fechas cuando el hijito del vicepresidente Joe Biden pasa a formar parte de la junta directiva de la mayor compañía de producción de gas de Ucrania, Burisma Holdings, poco después de que su papi ofreciera ayuda a Ucrania para incrementar la producción de gas. El retoño ocuparía el puesto en la dirección de la compañía durante dos años, hasta 2021, compartiendo mesa de juntas con, entre otros, Aleksander Kwaśniewski, expresidente de Polonia entre 1995 y 2005. Como siempre en el caso del intervencionismo yanqui, todo es pura coincidencia.
En la Casa Blanca siempre pretenden dar lecciones de «democracia»… con un impecable estilo neofascista, eso sí
Como es coincidencia, asimismo, la promoción activa de grupos nacionalistas y neonazis en Ucrania y en el resto del mundo. De hecho, y aprovechando la coyuntura, Trump ha prometido liberar a muchos de los nacionalistas y neonazis yanquis condenados por asaltar el Capitolio de EE.UU. el 6 de enero de 2021. Sin embargo, en ningún caso debe sorprender el uso discrecional del perdón por parte de los presidentes de EE.UU. Llevan décadas practicando el «indulto total e incondicional» con sátrapas, genocidas y represores aescala internacional. Lo hacen en la práctica con el genocida Netanyahu, al que aplauden por asesinar como nadie con las armas que ellos mismos le facilitan, mientras amenazan a la Corte Penal Internacional por emitir una orden de arresto contra el sionista. O cuando reconocen como «líder insurgente» en Siria al yihadista Abu Mohammad al Golani, que anteriormente figuraba en la lista de terroristas EE.UU. y la ONU. En la Casa Blanca siempre pretenden dar lecciones de «democracia»… con un impecable estilo neofascista, eso sí.
Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
Y luego, ¿por qué me lo preguntas?








