La izquierda y el desafío digital: actuar antes de que sea demasiado tarde

No esperemos más: debemos liderar el camino hacia un modelo de redes sociales libres y descentralizadas, alejadas de las lógicas del capital
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Declararse comunista en una sociedad de consumo capitalista es una tarea abocada a la contradicción permanente. Quien esté libre de pecado que deje el primer comentario acusatorio. Elegir qué consumimos y cómo lo hacemos es de las pocas libertades con las que contamos, sea como personas individuales o como organizaciones políticas, sindicales, asociaciones, etc.

Necesitamos cubrir nuestras necesidades para vivir, básicas y no tan básicas. Podemos decidir tener nuestro dinero en uno de los grandes bancos o apostar por entidades éticas, donde nuestro dinero contribuirá a la transformación social financiando proyectos de la economía social y solidaria bajo principios de la transparencia, participación, democracia y el crédito como derecho. Podemos elegir si nos suministra electricidad una empresa del oligopolio energético o apostamos por una cooperativa de consumo de energía verde sin ánimo de lucro, que apueste por transformar el actual modelo por uno 100% renovable. Podemos utilizar los servicios de comunicaciones de las principales empresas de telefonía o apostar por un proyecto de telefonía ética, que anteponga las necesidades de las personas a maximizar la rentabilidad de sus servicios. En la mayoría de los casos, por los motivos que sean, nuestro discurso y nuestra praxis no van de la mano y contribuimos a fortalecer con nuestro consumo aquello que denunciamos en nuestra actividad política.

La comunicación social es otro campo abonado a la contradicción. El ser humano es un ser social. Tenemos la necesidad de comunicarnos con otras personas, de contar, de compartir, y desde hace una década nuestro vehículo principal son las redes sociales. Estos días la contradicción se hace más evidente que nunca. Primero por el papel destacado de Elon Musk y X en la victoria de Donald Trump y ahora, con las últimas declaraciones de Mark Zuckerberg, señor feudal de Facebook, Instagram, WhatsApp y Threads, en favor de la libertad de expresión: se acabaron las agencias de verificación de bulos y ahora cualquiera podrá llamar “enfermo mental” o las barbaridades que se le ocurra a las personas LGTBIQ+ sin temer a la censura woke.

En las últimas semanas infinidad de organizaciones sociales, partidos y hasta gobiernos europeos han denunciado el papel injerencista de Musk a través de X, especialmente con su apoyo a la líder neonazi de AfD de cara a las próximas elecciones alemanas. Denuncias que, en la inmensa mayoría de los casos, se han realizado a través de la propia X, contribuyendo a legitimar y mantener el status de altavoz mundial de la antigua Twitter. De esta manera, la denuncia se convierte en una moneda más que va a parar a la hucha de la persona denunciada, y que será usada para seguir haciendo aquello que estamos denunciando. Un círculo vicioso que hay que romper, cada vez está más claro.

Abandono colectivo y facilidades de migración

Desde las elecciones estadounidenses han sido millones los usuarios y usuarias que han abandonado X. La ola ha ido cogiendo fuerza en vísperas de la toma de posesión de Trump este 20 de enero. [#HelloQuitX](https://es.helloquitx.com) es un movimiento “transparente y apolítico que ayuda a los ciudadanos y ciudadanas a reclamar espacios digitales compatibles con democracias funcionales”. Como explican en su web, han elegido esta fecha para promover el abonado colectivo de X a través de sus propias herramientas de migración que “permitirán a los usuarios de X trasladar sus datos y su audiencia de X a redes sociales que respeten los principios básicos de la libertad digital: controla tus datos, controla tu audiencia, controla tu feed de noticias. Todos encontrarán automáticamente y sin esfuerzo a todos sus seguidores que también se hayan mudado a BlueSky o Mastodon”.

En España, medios como La Vanguardia, La Marea, Climática o Ctxt han abandonado ya la red social de Musk. The Guardian en Reino Unido, Médiapart, Ouest-France o Sud-Ouest en Francia también lo han hecho. Además, recientemente más de 60 universidades alemanas y austriacas, a las que se han sumado las universidades de París, Lyon, Toulouse, Marsella, Burdeos o Estrasburgo han dejado de publicar allí. El mensaje es común: X se ha convertido en un peligro para la democracia, en un altavoz al servicio de las ideas de la extrema derecha incompatibles con los valores democráticos y los fines sociales, educativos y humanistas de estas instituciones.

La izquierda también debe actuar. En nuestro país vecino, la reflexión se ha abierto paso en el seno de los grupos parlamentarios que conforman el Nuevo Frente Popular a iniciativa de Sandrine Rousseau. A través de un correo, la diputada ecologista anima a sus compañeros y compañeras a abandonar juntas la plataforma de Musk de manera coordinada con los mismos argumentos: X se ha convertido en una maquinaria de desinformación al servicio de las ideas más reaccionarias.

En nuestro país también ha habido movimientos. Por ejemplo, la candidata de Sumar a las elecciones europeas Estrella Galán o Verónica Martínez Barbero, portavoz del grupo plurinacional de Sumar en el Congreso, se han atrevido a dar el paso. Pero como dice Rousseau “dejar de publicar o abandonar X en solitario no tiene mucho impacto, hacerlo de forma coordinadora puede producir un verdadero movimiento”.

En mi opinión, quedarse no es una opción. No rehuimos la batalla ni regalamos nada a la extrema derecha, porque como dijo Guillermo Zapata en un artículo que recomiendo leer: “en internet no se pelea con las normas del mundo físico” porque “en internet el código es la ley” y el código de X hace tiempo que está al servicio de la internacional reaccionaria encabezada de Trump y Musk. Hay alternativas y cada vez son más sólidas, debemos apostar por ellas.

¿Estamos ante una prioridad para las fuerzas progresistas y para la clase trabajadora de nuestro país? No. ¿Es necesario actuar? Sí. El ojo de Musk está fijo en Europa, de momento mira a Alemania y a Reino Unido esperando el momento para caer sobre España, la excepción europea, el último de los gobiernos progresistas que queda en Europa. Es un error creer que aquí no actuará. Abascal, único líder español invitado a la toma de posesión de Trump, también espera.

Como decía al principio, las redes sociales surgieron como respuesta a nuestra necesidad de estar en contacto, de compartir con otras personas lo que nos gusta, lo que nos parece importante, nos indigna o nos divierte. Por eso no se trata de dejarlas atrás. Se trata de empezar a construir otras herramientas que no respondan ni a las lógicas neoliberales ni a los modelos de redes actuales, donde un propietario convierte nuestras publicaciones, “me gusta”, compartidos y nuestro tiempo en dinero y poder político.

Nuestra capacidad de llegar a la gente y la visibilidad de nuestro proyecto político no pueden depender de X o Meta. Hemos de ser valientes, dar el paso, atrevernos a salir de la comodidad tramposa y la zona de confort que las grandes multinacionales nos han construido durante los últimos años. Hemos de abrir la reflexión y plantearnos cuanto antes que, igual que estamos convencidos y convencidas de la necesidad de construir otras relaciones económicas y sociales alejadas de las lógicas del capital, debemos empezar a construir también redes sociales libres y descentralizadas, que busquen satisfacer las necesidades de información y comunicación de las personas sin convertirlas en objetos de monetización. Poco a poco y día a día. Si nunca empezamos nunca será posible. El poder lo seguirán teniendo los mismos, y lo usarán de la misma manera que lo están haciendo ahora, con cada vez más fuerza y autoridad, y con nuestra inestimable ayuda. Hay que actuar. Ni en CEOs, algoritmos ni “me gustas” está el supremo salvador.

(*) Miembro de la coordinadora federal de IU