Todavía tenemos muy presentes los inmensos daños provocados por la DANA el 29 de octubre en varias comarcas valencianas. Se comienza ahora a preparar la reconstrucción y empiezan a circular planes y propuestas de cara al futuro, pensando en evitar unos efectos tan destructores como los vividos. Resulta imprescindible tomarse en serio la posibilidad de volver a padecer, en un periodo de tiempo no muy lejano, una nueva DANA de proporciones similares o incluso mayores. Los científicos nos alertan de que el cambio climático, originado por causas antrópicas, hará que estos procesos puedan ser cada vez más frecuentes y más intensos. La prevención y la minimización de los daños debería estar en mente de todos. Conviene reflexionar sobre el concepto de prevención referido a un caso como éste y resulta útil la comparación con los incendios forestales, otro tipo de desastre que sufrimos a menudo en el territorio valenciano. Como en el caso de la DANA, los grandes incendios nos han golpeado en el pasado y, desgraciadamente, podrán presentarse de nuevo. También el cambio climático, muy probablemente, incrementará el riesgo y las condiciones que pueden acrecentar los daños. En esta reflexión encuentro tres pautas generales que se presentan con frecuencia, en ambos casos, en relación a cómo los colectivos técnicos implicados en su gestión y las administraciones encaran el tema de la prevención. Naturalmente no pretendo decir ni que todos los técnicos ni todas las administraciones sean iguales. En absoluto, hay diferencias y estas son muy importantes y debemos tenerlas en cuenta. Sin embargo, estas pautas son dominantes o muy repetidas y están aflorando ahora con insistencia en el debate de la “reconstrucción”.
La deforestación y degradación de los bosques en las cabeceras de los barrancos, disminuye la infiltración del agua, incrementa la escorrentía, su velocidad, su fuerza y arrastran parte del suelo aumentando su poder destructor
Deforestaron y edificaron
Se olvidan o infravaloran las intervenciones humanas que hay detrás de las causas más o menos naturales del desastre y que son determinantes para generar, o no, impactos muy graves. En el caso de los incendios, el 80% de los fuegos tienen origen humano, sin embargo, los técnicos del sector y la administración presentan el problema como natural e inevitable, algo absolutamente inaceptable y que hace que, año tras año, suframos centenares de incendios perfectamente evitables si se hubiera actuado con contundencia, y con los medios necesarios, para combatir esas causas perfectamente conocidas y determinadas. En el caso de las inundaciones sufridas, la causa es de origen natural (la DANA) aunque la acción humana, al alterar el clima y provocar el cambio climático, intensifica los graves efectos. Pero, además, hay una serie de actuaciones humanas que han multiplicado la extensión y la gravedad de los daños, la magnitud del desastre y el número de víctimas. Entre ellas, la deforestación y degradación de los bosques en las cabeceras de los barrancos, que disminuyen la infiltración del agua, incrementan la escorrentía y arrastran parte del suelo (proceso erosivo acelerado). Todo ello incrementa la cantidad de agua que corre ladera abajo, su velocidad y su fuerza, y por lo tanto su poder destructor, ampliado por la cantidad de sedimentos que transporta. La reducción y casi desaparición completa de los bosques de ribera, que efectúan también un papel protector similar a los bosques de cabecera, al haber sido eliminados o fuertemente alterados, han sido sustituidos por plantas invasoras como las cañas que no efectúan estas tareas protectoras y que pueden generar complicaciones. En las partes más bajas de los ríos y barrancos han proliferado infraestructuras, edificaciones y otras intervenciones humanas que han ocupado literalmente los cauces o que han estrechado de manera muy peligrosa los canales por donde debe circular el agua, además de impermeabilizar las superficies, impidiendo totalmente la infiltración. En muchos casos las zonas inundables han sido ocupadas por viviendas, comercios o industrias, lo que ha multiplicado los daños.
En el caso de los incendios, el 80% de los fuegos tienen origen humano, sin embargo, los técnicos del sector y la administración presentan el problema como natural e inevitable, algo absolutamente inaceptable
Planificación racional y regulación de usos
Una segunda pauta es la preferencia que tienen los técnicos y gestores para optar, a la hora de realizar actuaciones supuestamente preventivas, por obras e intervenciones muy artificiales, caras y de gran impacto. Actuaciones cuya eficacia, caso de tenerla, afecta a etapas “al final de tubería”, y no en las etapas iniciales del proceso; por lo tanto, intervienen cuando ya se han producido graves daños y no se puede aspirar más a que reducir parte del desastre, si se tiene éxito. En el caso de los incendios, se invierte la mayor parte del dinero asignado para la “prevención” en abrir grandes “cortafuegos” y discontinuidades de vegetación, de eficacia muy discutida, que no evitan ningún incendio, y que sólo pueden aspirar a detener o retrasar un fuego ya sin control. Por lo tanto, intervienen tarde, cuando las llamas corren a gran velocidad, extendiéndose por el territorio, y cuando ya se han generado daños importantes. De manera similar, las propuestas que se han efectuado en materia hidráulica, no se centran en los procesos próximos al origen, en la cuenca alta, renaturalizando y protegiendo las cabeceras, ni en la aplicación de medidas poco impactantes, de carácter regulatorio, de ordenación del territorio, para prohibir la ocupación de zonas inundables y para evitar alterar el curso de los ríos y barrancos. Por el contrario, insisten en encauzamientos de obra dura, desviaciones de ríos, embalses y otras actuaciones de ingeniería de elevado coste y alto impacto ambiental que, cuando las dimensiones de las crecidas son enormes, como en este caso, no sólo no sirven, sino que podrían amplificar los daños (como la rotura de una presa o su desagüe precipitado). Quizás una parte de estas actuaciones tengan sentido en tramos limitados y concretos, pero no puede ser que absorban la mayor parte de los presupuestos disponibles, ni ser el eje principal de las actuaciones preventivas; que deberían basarse en la planificación racional, en la regulación de usos y en el mantenimiento de los espacios naturales que puedan atenuar los impactos y minimizar los daños.
Cuando el mercado domina o elimina el ecosistema
La tercera pauta es el poco interés por la naturaleza, por los procesos naturales y la conservación de los ecosistemas. No sólo no se los tiene en cuenta o se infravalora sus importantes funciones reguladoras y protectoras, sino que se los considera como un peligro o como un obstáculo frente a actividades humanas que se suponen más rentables y prioritarias. Actividades que, mal ubicadas, o desplazando y destruyendo ecosistemas naturales “poco valiosos” en términos monetarios, conducen a una catástrofe, justamente por ignorar las funciones naturales protectoras y gratuitas que nos ofrecen los ecosistemas y por querer “dominar” o incluso eliminar todo rastro de lo natural.
Habría que repoblar las cabeceras, regenerar los cursos fluviales, despejar de obstáculos y alteraciones humanas las partes bajas y acrecentar los espacios naturales que puedan absorber las crecidas
En el caso de los incendios, se criminaliza la vegetación natural, cuando ésta, por seca que esté, jamás origina un solo incendio por sí misma y gran parte de las actuaciones que se ejecutan para “prevenir” eliminan vegetación natural o degradan los bosques. Con relación a la DANA, ya se habla de eliminar o modificar normativas legales como la que protege la huerta del crecimiento incontrolado de urbanizaciones e infraestructuras, o la normativa que evita la ocupación de los primeros 500 metros desde la costa, o el Patricova, que evita la urbanización de zonas inundables… así como otras regulaciones para minimizar los impactos ambientales. Esto, unido a propuestas como las de hormigonar lechos de barrancos, cosa que puede hacer que las aguas desciendan con más velocidad, constreñidas a cauces muy estrechos y rodeados de usos humanos que, en caso de desbordarse, multiplicaran los daños, pese haber creado una falsa idea de seguridad que se convierte en una trampa. Apenas se considera repoblar las cabeceras, regenerar los cursos fluviales, despejar de obstáculos y alteraciones humanas las partes bajas y acrecentar los espacios naturales que puedan absorber las crecidas o, al menos, retardar y minimizar los impactos de las aguas. Por cierto, los investigadores recalcan que ecosistemas como los marjales litorales y la Albufera de València (damnificada cruelmente por la riada) sirven de zonas para absorber agua y rebajar el poder destructivo de las crecidas, cosa que, además, minimiza daños materiales y pérdidas humanas. Esperemos que la implicación de científicos y de entidades ciudadanas, así como las visiones políticas que van más allá de la especulación y los beneficios a toda costa y a corto plazo, rectifiquen estas peligrosas tendencias habituales, que deberíamos cambiar urgentemente.







