Viendo cómo el Gobierno polaco ha anunciado que está dispuesto a recibir con los brazos abiertos al genocida Benjamín Netanyahu, creo que se hace imprescindible estudiar el libro de La industria del Holocausto de Norman Finkelstein, en el que denuncia la explotación que Estados Unidos y los sionistas israelíes están haciendo del sufrimiento de las víctimas del Holocausto. Las revelaciones de este profesor, doctor en Teoría Política por la Universidad de Princeton, ponen los pelos de punta. Además de convertir los campos de concentración en la justificación moral del Estado de Israel, Estados Unidos ha desarrollado un mecanismo de chantaje a sus propios aliados (Alemania, Suiza y otros) a los que ha forzado a pagar cantidades ingentes de dólares para el mantenimiento de Israel. Si finalmente Netanyahu acude al 80 aniversario de Auschwitz, el acto será una especie de verbena de los genocidas burlándose de los millones de muertos del exterminio nazi.
Un sondeo realizado en Alemania en el año 2000 refleja que Auschwitz es uno de los pocos campos de concentración que conoce la gente y que la gran mayoría de los encuestados vincula los campos con la persecución de los judíos. Los encuestados que hablaron de los comunistas, los gitanos, los homosexuales o los delincuentes como víctimas no llegaban al 10%.
Si tenemos en cuenta que el número de presos judíos en los KL fue inferior al 30% nos podremos hacer una idea del trabajo de falsificación histórica que se ha llevado a cabo en la inmensa mayoría de las mentes alemanas. Y no hay razón alguna para pensar que esto no ocurra de forma aún mayor en el resto de la UE. En el caso alemán es más significativo puesto que los encuestados son nietos o bisnietos de quienes crearon y mantuvieron los KL y por tanto deberían tener un conocimiento preciso de ello.
La información sobre la política de exterminio nazi en toda su diversidad, incluida la historia de los prisioneros soviéticos, no se ha destruido. Existe, pero hay que buscarla en libros bastante especializados, a menudo caros y difíciles de encontrar. Sobre el exterminio de los prisioneros soviéticos existen publicaciones en alemán y en inglés. No he encontrado ninguna en castellano. Yo he tropezado hace tiempo con esta información y he tenido el privilegio de tener el tiempo y el dinero para estudiarla, pero soy consciente de que no es el caso de la inmensa mayoría, y en los medios de comunicación masiva esta información está absolutamente marginada.
Unos 240.000 soldados estadounidenses perecieron en Europa luchando contra los nazis. ¿Cuántas películas se les han dedicado? Muchas de ellas propaganda en estado puro. Algunas, como Malditos bastardos, un panegírico de crímenes de guerra, de eso que les sobraba a los nazis. Imaginemos que mañana saliese a la luz una película en la que un comando palestino se dedica a matar a garrotazos y a arrancar las cabelleras a soldados del ejército ocupante israelí. ¿Les parecería bien a las autoridades occidentales, Elon Musk incluido? ¿Cuántas películas nos han contado las angustias del soldado Ryan bielorruso? Ninguna. Sin embargo, por cada estadounidense caído en Europa, murieron diez bielorrusos. Y la comparativa con los soviéticos es escalofriante: 27 millones de muertos. Yo he visto un par de películas sobre la guerra en Bielorrusia. Las dos, extraordinarias. Ven y Mira y La fortaleza de Brest. Ninguna la veremos en las televisiones en prime time, pero se pueden ver en otras plataformas. De la batalla de Stalingrado que salvó al mundo del nazismo, según dijeron en 1943 los presidentes de Estados Unidos y Gran Bretaña, Eisenhower y Churchill, también he visto dos. Una, estadounidense, presenta a los soviéticos como criminales. La otra, rusa, tiene como uno de sus héroes a Rubén Ruiz, el hijo de Pasionaria que murió luchando contra el avance de los nazis.
La focalización en el exterminio judío tiene como objetivo dejar fuera fundamentalmente a las víctimas comunistas. Es bastante difícil, ya que, tanto en los campos de concentración como en las masacres de los einsatzgruppen (grupos de operaciones de exterminio), comunistas y judíos fueron las dos caras de la misma moneda del odio nazi. Un odio que puso en marcha la revolución rusa de 1917 entre aquellos que consideraban que el mundo y sus riquezas se habían hecho para ellos y solo para ellos. Ahí nació el concepto del judeo-bolchevismo y del complot judío para la dominación mundial, pregonado con la inestimable ayuda de personajes tan selectos como Henry Ford, William Randolph Hearst o el mismísimo Winston Churchill, todos ellos interesados en promocionar relatos con los que llevar a los más ignorantes a luchar contra sus hermanos. Pero esa es una historia que merece mucho más tiempo y espacio.
NOTA: Este artículo forma parte de un trabajo de divulgación sobre los campos de concentración.







