El 6 de diciembre asistí (por vía televisiva) a la celebración oficial del titulado “Día de la Constitución”, dedicada a la de 1978, y que hace doblete con la Fiesta de la Inmaculada y antesala de la exaltación consumista de las Navidades. Me apresuro a declarar que me interesaban tanto la retransmisión de imágenes, como los discursos de nuestros próceres y las intervenciones superpuestas de los diferentes equipos de tertulianos que comentan e interpretan el relato del momentazo. De todo ello se sacan impresiones muy útiles para apreciar el juego político que nos pone en escena una teatralización que, por mucha solemnidad que se le adjudique, nos desvela algunas miserias partidistas y también nos ofrece referencias humorísticas que nos recuerdan algunas ocurrencias geniales de Miguel Gila, de Vázquez de Sola y de otros humoristas (Luis Carandell) que nos retransmitieron el Celtiberia Show de las dos Españas machadianas que iban a pasar por la Transición con el frigorífico preparado para “helarnos el corazón”.
Por cierto, a Vázquez de Sola le están haciendo una campaña en internet que pide para él la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes. Bien la merece por ser uno de los admirables artistas del exilio español y de la lucha contra el relato cultural de la dictadura a partir de su esperpento coral, la corrida franquista. Otrosí, cabe decir que ojalá siguiera vivo para plasmar en imágenes el esperpento político que late en los discursos “patrióticos” de VOX.
Realmente los discursos y declaraciones que hemos podido escuchar resultan inquietantes por los contenidos carcas que ponen en evidencia el profundo talante reaccionario de nuestra derecha y la natural agresividad que despliegan en sus diatribas morales, pomposas e intransigentes contra los enemigos de la Patria Una, Grande y Libre (¿les suena el canticio?).
También resulta inquietante el comportamiento “gamberro” de sus señorías convirtiendo debates en trifulcas de muy baja estofa. Muy poco elegantes. Y no digo que la elegancia justifique la agresividad desmesurada pero sí que su ausencia nubla la posibilidad de practicar con más inteligencia que testículos una vida política menos contaminada de intereses ocultos, apenas camuflados, podredumbres varias que pueden hacer colapsar un modelo inicialmente democrático y potenciar una política autoritaria, populista, belicista…
La sátira política es el uso del humor para poner al descubierto la corrupción, los defectos y la hipocresía de los gobiernos de turno. Como género literario, es uno de los más antiguos que existen. Ojalá que en vez de soltar discursos para urdir relatos prefabricados por los equipos de asesores para las guerras culturales, pudieran nuestros políticos tomar ejemplo de Miguel Gila: Llamar al enemigo y decirle que se ponga.








