“… un soldado de transmisiones encargado de interferir las emisiones de ‘La pirenaica’ se hizo comunista y corresponsal nuestro (Ramón Mendezona, director de La Pirenaica)
Sale el correspondiente Estudio General de Medios (EGM) y el torrente de titulares apocalípticos inunda las emisoras de radio (centrémonos en este medio) como si fuera la batalla de Tebas o Stalingrado. En realidad es parte del juego, no pasa nada o si pasa es como en esas peleas de lucha simulada (Pressing Catch), un entretenimiento deportivo en forma de perfomance, que combina el combate y las artes escénicas. Eso es el EGM, una escenificación de antagonismos que solo vale para que los publicitarios echen sus cuentas. Más allá del dichoso “target” no hay diferencia ninguna en la valoración de las noticias ni mucho menos una guerra de ideas, lo vemos en la posición que adoptan los grandes medios ante los temas primordiales, sean ideológicos o geoestratégicos: siempre prevalece el dogma de la Casa Blanca, ese régimen.
Pero hubo un tiempo en que la “guerra en las ondas” no fue de mentirijillas… Si bien la radiodifusión española comenzó en 1923 por iniciativa privada de empresarios, lo cierto es que pronto la radio viró de lo comercial para convertirse en un arma de guerra, de hecho la contienda española (1936/39), sería el primer gran conflicto bélico en el que las ondas jugaron un papel importante como información y propaganda.
“Cuando el territorio español quedó dividido, la mayor parte de emisoras estaban en poder de los republicanos —cuenta Daniel Arasa en su ensayo, La batalla de las ondas en la Guerra Civil Española—. Y hay que decirlo claramente: no supieron aprovechar la superioridad. Fue una muestra más de que cada uno iba por su lado”. Con todo, por la radio republicana pasaron buenos comunicadores, como Dolores Ibárruri Pasionaria y el presidente del Gobierno, Juan Negrín. De aquella con sus discursos radiados vale la pena recordar lo de “¡Madrid será la tumba del fascismo!” o su brillante alocución en la despedida de las Brigadas Internacionales. Negrín intentó insuflar ánimos, quizá cuando nadie creía ya en una posible victoria republicana.
También hablaron a menudo por radio Indalecio Prieto o Lluís Companys. Otra voz que el oyente republicano identificaba era la de Augusto Fernández Sastre, que leía los partes de guerra, por Unión Radio Madrid, la principal emisora republicana. O el alicantino Carlos Palacio, que dirigía el importante programa Altavoz del Frente. Tampoco olvidemos a Jaume Miravitllas, al frente del Comissariat de Propaganda de la Generalitat.
Mucho menos conocido a pesar de su enorme mérito es Antonio Cortejosa Vallejo, nacido el 3 de enero de 1912 en San Fernando, Cádiz. Fue el primogénito de un militar de carrera en la Armada Española. A los 16 años ingresó en la Armada como estudiante radiotelegrafista. El 17 de julio de 1936, cuando estalló la sublevación fascista, Antonio se encontraba a bordo del crucero «Libertad», estacionado en Ferrol. En medio del caos, el capitán y los oficiales superiores intentaron entregar la nave a los sublevados. Antonio, desde su puesto de radiotelegrafista, recibió órdenes de Madrid e incitó a sus compañeros a mantener el barco leal a la República. Pero al finalizar la guerra, Antonio fue condenado a muerte por los tribunales franquistas, aunque pudo escapar y refugiarse en Bizerta (Túnez), donde permaneció en un campo de concentración hasta que las fuerzas aliadas lo liberaron. Posteriormente fue lanzado en paracaídas en el área de Spilimbergo, Udine, como operador de información. Tras perder contacto con su jefe, llegó a la sede del Servicio Secreto de Inteligencia en Venecia, allí conocería a los primeros representantes de la Resistencia Italiana, con los que participó en diversas operaciones, destacando en la destrucción de mensajes de llamada a las armas y en el asalto a convoyes alemanes.
Antonio pudo regresar a España en 1959, falleció el 5 de marzo de 1980. Aunque no buscó reconocimiento, sus acciones heroicas durante la Guerra Española y la Segunda Guerra Mundial no pasaron desapercibidas. En 1971, recibió en Italia la Cruz de Guerra al Valor Militar por su servicio durante la Segunda Guerra Mundial.
Así, cuando vuelva a salir el EGM acordémonos de este humilde radiotelegrafista, que la señal de su heroico mensaje no se interrumpa.








