Conocer lo ocurrido en el cementerio de Fuencarral, es muy importante, sobre todo ahora, en estos momentos en los que la derecha cuestiona la necesidad de terminar de resolver esa asignatura pendiente de nuestra democracia, como es la de la memoria histórica, la restitución, mejor dicho, de la verdad histórica, del conocimiento de la verdad, en tantos casos aún escondida y sepultada, por causa de la represión brutal, salvaje, sistemática, llevada a cabo por la dictadura en la guerra civil y durante sus cuarenta años de opresión.
Porque además, lo sucedido en Fuencarral nos habla de la vesania y de la doble moral de esa derecha que tantas veces se ampara en los valores católicos. ¿Y que sucedió allí? Expliquemos el relato desde el principio. A finales de 1936, el jefe de la XII Brigada Internacional, el general Lukacs, cuya verdadera identidad era la del escritor húngaro Mate Zalka, cuya unidad se encontraba acantonada entre Fuencarral y El Pardo, decidió crear un cementerio para los brigadistas muertos en combate, en los frentes cercanos. Y así se hizo, con la aprobación del ayuntamiento de Fuencarral, que entonces era un municipio independiente, y de las instancias judiciales. No se utilizó el cementerio municipal de Fuencarral, sino que se construyó otro, pero adjunto. Pegado al muro del cementerio existente se habilitó un espacio, también cerrado, con muros y puerta propia.
Allí fueron transportándose y enterrándose aquellos muertos de las Brigadas Internacionales en los combates próximos a Madrid. Hasta alojar las tumbas de un total de 451 brigadistas, de numerosos países. Dichos muertos, con nombre, apellido, y nacionalidad, no constan en el registro del cementerio de Fuencarral, porque su gestión era propia del servicio de inhumaciones de las Brigadas Internacionales. Fue posible dar con esa lista en el antiguo archivo de la Internacional Comunista, sito en Moscú. Cada muerto tenía un placa propia, de piedra, rectangular, sencilla, con su nombre y unidad. Como ejemplos, podemos mencionar los del sueco Olle Meurling y el letón Arnold Jeans, muertos en Boadilla del Monte en noviembre del 36; el del polaco Antek Kochanek, caído en Guadalajara; o el del británico, y sobrino de Virginia Woolf, Julian Bell, fallecido en Brunete.
Ese cementerio del que hablamos, no existe. Para encontrar algún rastro de esa desaparición, hay que ir al archivo de la Villa de Madrid, porque en 1951 el municipio de Fuencarral se incorporó como un nuevo barrio de la capital; y su archivo municipal pasó a formar parte del archivo de la Villa. Ahí encontramos un documento que dice que el 26 de junio de 1941, el alcalde falangista Vicente Del Castillo Navas, propuso a la comisión gestora municipal de Fuencarral la destrucción del cementerio de las Brigadas Internacionales del ejército marxista. Así dice. Un medida que se sustenta sólo en el odio y el revanchismo del régimen franquista, y que constituye, para esos tan católicos, algo tan inmoral como es la profanación de un cementerio. Además, el alcalde sugiere que se aprovechen las lápidas y losas para hacer panteones para los suyos. Es lo que se hace; arrojando a los 451 brigadistas en una fosa común exterior, que aún está por encontrar.
Y en esa búsqueda nos hallamos, en estos días un poco desalentados tras perder dos batallas, dos excavaciones realizadas fuera del cementerio, la última hace pocos días, en lugares donde un análisis de la topografía y de las fotografías aéreas parecían indicar que el terreno en esos lugares había sido alterado y que podía ser debido a la fosa. Dos ensayos promovidos por la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales, apoyados por el Gobierno de España y su secretaría de Memoria Democrática. También por la asociación de vecinos de la zona, que, al interés por el descubrimiento de la fosa suma la lucha contra el proyecto que maneja el consistorio de construir en ese lugar un cantón de limpieza, lo que hipotecaría muchísimo la posible búsqueda futura. Una búsqueda dificultada por el ayuntamiento, que ha permitido las dos excavaciones dando poco tiempo para realizarlas y ceñidas a una pequeña zona. Una búsqueda difícil, pues se sabe que el terreno se ha modificado mucho desde aquel 1941, y algunas vaguadas en las que pudieron arrojar a los brigadistas, fueron cubiertas por grandes capas de relleno, encontrándose, en muchos casos, el firme a 20 metros de profundidad del suelo actual. La nieta del enterrador de aquellos brigadistas, y que fuera también el desenterrador por órdenes falangistas, cuenta que su abuelo le dijo que los servicios de las Brigadas Internacionales tomaban una foto de cada muerto. Encontrarlas, y encontrarles, sería un bombazo, y significaría un acto de justicia del que no debemos claudicar, sino seguir buscándoles, porque como señaló Mate Zalka, es la última morada para aquellos voluntarios muertos heroicamente por la libertad del pueblo español, el bienestar y el progreso de la humanidad.








