La primera expedición científica argentina a la Antártida liderada por mujeres

Las cuatro de Melchior, el deseo de toda una vida

Pioneras argentinas Antártida | Foto: macnconicet.gob.ar
Las cuatro de Melchior | Foto: macnconicet.gob.ar

¿Mujeres en 1968 en la Antártida? Es más, ¿mujeres mayores en la Antártida?

Pues sí, hay un maravilloso hito que tuvo lugar en 1968 protagonizado por Irene María Bernasconi, María Adela Caría, Elena Dolores Martínez Fontes y Carmen Pujals, todas ellas mujeres de más de 50 años, y que cambió no solo la ciencia de su país, Argentina, sino la concepción de los límites de la ciencia y facilitaron el camino a muchas otras científicas.

Vamos a presentar a nuestras pioneras:

Irene María Bernasconi. Profesora de ciencias naturales y de la que se dice que fue la primera y más brillante especialista en equinodermos en Argentina, descubriendo numerosas especies nuevas. Dedicó 55 años de su vida a explorar la fauna marina de los mares de su país teniendo que enfrentar los roles de género de la época que le impedían, por ejemplo, participar en expediciones marítimas oficiales y, por tanto, había de hacerlo de manera privada. Empezó a trabajar en el Museo Argentino de Ciencias Naturales (MACN) poco después de convertirse en profesora, adscrita al Laboratorio de Equinodermos. Cuando embarcó en la expedición a las Antártida tenía 72.

María Adela Caría. Argentina de familia italiana, regresó de Italia, donde había realizado el bachillerato, durante la dictadura de Mussolini. Ingresó en el Instituto Nacional de la Nutrición y formó parte del equipo fundador del Laboratorio de Bacteriología en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Bacterióloga, formó parte del MACN investigando enterobacterias y llegó a jefa de sección en microbiología marina. Recibió numerosos premios por su notable trabajo en distintas disciplinas. Tenía 56 años cuando embarcó.  

Elena Dolores (Lola) Martínez Fontes. Profesora de ciencias naturales y especialista en invertebrados marinos. Lola era una enamorada de la educación donde destacó tanto como en la carrera investigadora. Entró en el MACN casi inmediatamente después de graduarse donde llegó a jefa de la sección de invertebrados. En 1964 se celebró la Primera Conferencia Interamericana Sobre la Enseñanza de la Biología con la participación activa de Lola, que formó parte de la Comisión Nacional para la Enseñanza de la Biología. Edad cuando embarcó: 53 años.

Por último pero no menos importante, como suele decirse: Carmen Pujals. La única de las cuatro científicas que cursó carrera universitaria. Empezó biología en la Universidad de Barcelona en 1935 pero a causa de la guerra en España la familia volvió a Buenos Aires, en cuya universidad terminó sus estudios. Brillante ficóloga (esto es, especialista en el estudio de las algas), se incorporó en el Laboratorio de Ficología Marina del MACN donde estuvo desarrollando una intensa labor investigadora durante 43 años. Además de su intenso trabajo como investigadora, Carmen fue una de las cofundadoras de la Asociación Argentina de Ficología, excelente docente y una de las personas más importantes en la conservación de los archivos del MACN para uso y disfrute de generaciones de científicos. Fue pionera en la expedición a la Antártida y repitió hazaña en 1971, convirtiéndose en la primera científica argentina en realizar trabajo de campo en las Islas Malvinas. Cumplió sus 53 años en la Antártida.

Y una vez presentadas a las protagonistas, vayamos a la aventura en sí que no solo revolucionó la investigación en la Antártida sino, y sobre todo, que removió los prejuicios de la época. Cuatro señoras estupendas, cuatro científicas de raza embarcan en Buenos Aires en el carguero de la Marina de Guerra Bahía Aguirre e inician una expedición que duraría alrededor de dos meses y medio, entre el 7 de noviembre de 1968 y el 2 de febrero de 1969. “Lo hemos deseado toda la vida”, dijeron al periódico La Nación antes de partir para convertirse en las primeras mujeres argentinas al frente de una expedición científica en la Antártida con el objetivo de recolectar muestras de biota del lugar (esto es, fauna y flora).

A mí, que me da hasta miedo bajar a por el pan cuando llueve un poco más fuerte de la cuenta, me da vértigo imaginar su periplo al llegar a la base científica Melchior (y de donde toma el nombre con el que serán conocidas): hablamos de que llegaron al continente más frío y seco del planeta, con temperaturas invernales que alcanzan los -60°C y donde los vientos catabáticos, que superan los 100km/h y pueden duplicar esa velocidad, la hacen un lugar aún más inhóspito del que se podría imaginar.

Cuando llegaron a la base, y como bienvenida, se encontraron nuestras protagonistas y el equipo que las acompañaba, compuesto por 17 miembros que cargaban con cinco laboratorios móviles, que la base estaba enterrada bajo la nieve (no es una forma de hablar, estaba literalmente enterrada en la nieve). Además, llevaba cinco años cerrada, por lo que lo primero fue desenterrar y reparar las instalaciones para poder ponerla en uso.

Realizaron un trabajo brillante, intenso y apasionante durante todo el verano austral: las científicas recorrieron casi 1000 km en bote, trabajando sin descanso para aprovechar al máximo aquella excepcional oportunidad. Y haciéndolo, sin duda, con enorme acierto para alcanzar una buena representación en cantidad y variedad de especies recolectadas. Instalaron 25 redes de malla en distintas profundidades para atrapar peces, llegando incluso a los 180 metros, veintiséis espineles, que son larguísimas y gruesas cuerdas con alrededor de cien anzuelos cada una, e hicieron rastreos de fondo para conseguir muestras de organismos bentónicos. Tomaron para su investigación más de 100 muestras de agua y sedimentos, además de recuentos bacterianos y distintos cultivos. El equipo de buceo que las acompañaba estableció un nuevo récord para la época por la duración de sus inmersiones en las condiciones de temperatura y profundidad en que se encontraban.

La colección de organismos antárticos que llevaron de vuelta al MACN, que incluían nuevos equinodermos o la identificación de un alga parda no descritos antes en la región, fue de un valor incalculable y todavía hoy es una de las más preciadas colecciones en dicho museo.

En honor a ellas, el 8 de marzo de 2018 sus nombres forman parte de la geografía que habitaron: La Ensenada Bernasconi, el Cabo Caría, el Cabo Fontes y la Ensenada Pujals forman desde entonces parte de la cartografía antártica.

La importancia de estas mujeres va mucho más allá de su contribución científica a lo largo de sus vidas o de la importancia de constituir la primera expedición científica argentina a la Antártida liderada por mujeres. Representan el esfuerzo y la determinación en romper los prejuicios para alcanzar los objetivos deseados. Sean de género, de edad o de cualquier otra índole.

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