Dos personas sentadas en el poyete de la farmacia de la calle Jerez.
—Buenos días.
—Buenas tardes.
—¿Me puede usted decir qué está pasando?
—Yo solo sé que cuando se habla de guerra o de recuperar la esencias de la vieja Europa, los pobres se echan a temblar.
—Sólo los pobres van a la guerra.
—Los pobres serán más pobres con el dineral que se anuncia para comprar armas.
—¿Darán ejemplo los ricos?
—¿Cómo?
—Por ejemplo, que Felipe mande a la guerra a su hija la del barco.
—No creo.
—Pues está haciendo, según dicen, una buena carrera militar.
—¿Irán los hijos del ministro de Exteriores?
—Si tiene hijos, no irán.
—¿Y a quién le van a comprar las armas? Sólo algunos países las fabrican.
—Pues eso es… Trump se retira de la guerra y quiere que le compramos armas a él y hagamos la guerra en su lugar.
—Y Europa tan ufana, recuperando su ardor guerrero.
—La vieja y estúpida Europa. Siempre que infla de aire su pecho, baja pensiones, retrasa jubilaciones y empeora sanidad y enseñanza.
—A eso vamos, sí.
—Pero resulta que vamos a comprar armas por 800.000 millones a quienes nos suben los aranceles del vino, de las aceitunas…
—Es la trampa. Si les compramos armas, moderarán los aranceles.
—Hay que reconocer que era una OTAN sin armas.
—Claro, ahora nos armamos hasta los dientes y ya somos europeos de verdad. Es otra trampa: una OTAN buena, ahora, frente a otra mala, dominada por los EE.UU.
—Y resulta también que Trump se entiende con Putin.
—Esa es otra: ellos se entienden y nosotros montamos nuestro amor propio declarándole la guerra a Putin. Todos contra Putin.
—Repiten que Ukrania somos todos.
—Quieren decir que es una buena excusa para armarnos hasta los dientes.
—No entiendo nada.
—No se preocupe, que casi nadie lo entiende. Un político pedía que se lo explicaran despacito y con detalles, a ser posible.
—Rufián.
—He dicho un político.
—Se llama Rufián.
—La gallega ha dicho que Putin ha tratado mal a Zelenski.
—¿Y eso?
—Pues parece que lo explica todo.
—¿25.000 millones al año durante cuatro años en bombas?
—¿Tanto?
—Piensan que ha llegado el momento de darle descabello a lo que queda de estado del bienestar. Y en eso están, engordando la OTAN y armando Europa hasta los dientes.
—¿Habrá guerra?
—¿Habrá paz?
—O sea, que usted cree que la subida de aranceles es una estrategia para que nos armemos hasta los dientes engordando el bolsillo de los norteamericanos.
—Puede.
—¿Y después?
—Después eso: gobernarán los que han conseguido, capitalizando el malestar popular, sobre todo el de los jóvenes, un capitalismo de excepción.
—¿Qué capitalismo es ese?
—Todo es mercado: espacio, tiempo, carne y obra. Se llama también neofascismo.
—Ya.
—Y hemos perdido tantas batalla ideológicas que hay mucha gente resignada a lo peor.
—¿Usted cree?
—Dígame si no. Usted ha entrado preguntándome por lo que pasaba.
—¿Qué es lo que pasa?
—De eso estamos hablando, ¿no?
—O sea, Trump con Putin, no con los europeos. Los europeos comprándole las armas a Trump para ocupar las trincheras que abandonan en Ukrania los EE.UU. Europa y EE.UU. en una guerra comercial que terminará con el empleo de millones de personas. Se cerrarán a porrillo las empresas. Los pobres irán a la guerra capitaneada por Europa, pero los hijos del ministro de Exteriores no son pobres ni la carrera militar de doña Leonor tiene que ver con el barro y el frío de los páramos ukranianos…
—O sea, que perderemos los de siempre: mala sanidad, peor educación, sin dinero para dependencia, rebaja de gastos sociales, peor vida, mayor esperanza de muerte…
—Algo así.
—Pues estamos aviados.
—Eso es. Y a nosotros nadie nos explica nada de verdad, y despacito.
—Esto es la hostia.
—Otro día me habla usted de la batalla ideológica que hemos perdido.
—Lo intentaré.
—Hoy está usted algo espeso.
—Buenas tardes.
—Buenos días.








