En el último comentario publicado en esta sección, hablando de las escasas ocasiones en que el espacio laboral protagoniza una novela, trazamos la historia de Bartleby el escribiente de Herman Melville para, desde la condición de trabajador de su protagonista, reflejar en lo posible el conflicto estructural que de manera inevitable se establece entre la lógica del patrón y la del trabajador, entre el Capital y el Trabajo. Al fin y al cabo, y como buen capitalista que es, el jefe se relaciona con su empleado no por lo que este es sino por lo que obtiene y extrae de él, ya como trabajador (plusvalía) ya como objeto de su relato (motivación para escribir) lo que lo convierte en el escritor, narrador y verdadero protagonista de la historia que nos cuenta. El dato de que el jefe de Bartleby, más allá de su condición de conmiserativo aunque severo empresario, acabe deleitándose con la rentable tarea de escribir su historia —“sería una pérdida irreparable para la literatura”— , sin duda nos permitiría abordar la cuestión del compromiso y responsabilidad de la literatura en general y de los escritores o editoriales en concreto. Valga, al respecto, recordar cómo, desde el cinismo connatural a los “buenos sentimientos del capitalismo”, el narrador del relato reconoce, satisfecho, que esos sentimientos de lástima y conmiseración no dejan de ser una inversión muy positiva y rentable para la construcción de su noble imagen de buen emprendedor humanista: “al final acabará siendo un dulce bocado para mi conciencia”. La buena conciencia como plusvalía; algo usual en el espacio económico contemporáneo donde “la caridad”, amén de rebajar impuestos, forma parte del marketing empresarial. Que se lo pregunten sino a Amancio Ortega y sus publicitadas “donaciones” a distintos hospitales.
Pero no es ese el camino sobre el que quisiéramos desarrollar hoy esta andadura por el mundo de los libros. Es a partir de la figura de ese empresario, sin nombre, que se erige en narrador, que nos parece conveniente realizar algunos considerandos teóricos sobre lo que en términos generales llamaríamos la autoría, es decir, las instancias conceptuales que conviven dentro y alrededor de eso que denominamos el autor o la autora.
Quizá lo mejor será empezar aclarando que los autores no escriben libros sino textos y que son los editores —una figura empresarial—, los que hacen los libros por más que el lenguaje cotidiano —ese que tantas veces solo refleja apariencias— les conceda a los escritores esa facultad. Dicho de otra forma: los autores producen textos que, a cambio de unos emolumentos determinados, en algunas ocasiones, el mundo editorial, que los utiliza como materia prima para la fabricación de la mercancía libros, les compra los derechos de reproducción. Los escritores y escritoras, por tanto, como figuras comparables a lo que hoy conocemos como “proveedores de contendidos”, una condición que ni siquiera la aparición de Internet habría variado sustancialmente dado que, incluso los textos que se vuelcan en plataformas o en tiendas on line, no dejan de ser material semántico que las economías digitales ponen en circulación.
Llegados a este punto parece necesario detenernos con más detalle en dos conceptos que a veces se utilizan como homólogos: escritor y autor. Hablamos aquí de “el escritor” como aquella persona que, en su tiempo disponible, elabora, con intención de hacer literatura, textos que, en principio y sin entrar en juicios de valor, pretenden corresponder con tal categoría. Si aceptamos tal entendimiento del concepto, es bien seguro que el número de escritores, —gentes que tienen la escritura como actividad persona—-, sería muy amplio. Ahora bien ¿qué acción se requiere para convertir al escritor en autor? Creo que en el propio término de autor encontramos la respuesta: la autoridad, concepto entendido aquí según la tercera acepción presente en el diccionario de María Moliner: “Conocimiento o dominio de cierta materia que tiene alguien, por el cual su opinión es tenida en cuenta por otros”. Es decir, el paso de escritor a autor necesita un reconocimiento público que es el que le otorga y le inviste de autoridad. La pregunta consecuente sería por tanto: ¿quiénes son esos otros que aceptan su autoridad y le tienen en cuenta? Y la repuesta lógica es casi evidente: el público. Ahora bien, para que ese encuentro feliz con el público que los transformará en autor se produzca el escritor necesita un espacio en el que esa convergencia sea posible. Necesita “publicar”. Es ahí donde surge el elemento fundamental para que la autoría se haga posible: la industria editorial cuya actividad consiste, precisamente, en hacer públicos los escritos privados que quienes escriben, escritoras y escritores, realizan por su cuenta. Porque es el espacio editorial el que, al menos en un primer pero necesario momento, al darlo a conocer, legitima y homologa un texto como texto literario. Una editorial, es decir, un medio de producción dotado de los medios económicos necesarios para llevar a cabo la tarea de imprimir, maquetar y distribuir aquel texto cuyos derechos de reproducción el, ahora autor, le cede a cambio de los honorarios que se acuerden a la hora de la firma del contrato. Una editorial, es decir, un Capital que, al convertir el texto en mercancía, reconvierte al “escritor” en “autor”, al que escribe en aquel cuyo renombre aparece en la portada de los libros. Ese Herman Melville, por ejemplo, que por mucho que lo parezca nunca será realmente el dueño de su escritura, de su trabajo. Confío que estas reflexiones quizá nos sirvan a los comunistas para leer mejor el siguiente titular recientemente publicado en la prensa nacional: “La editorial Anagrama ha decidido finalmente cancelar de forma indefinida la publicación del libro El Odio de Luisgé Martín sobre José Bretón”. La editorial: la dueña de la escritura.








