El silencio de una mujer

Volví a ver a Carmen el otro día, en la muerte de Antonio. No quiero verlo, le dije: quiero recordar a Antonio tal como era
Campiña de Antequera | J. Iturbe-Ormaetxe / CC BY-SA 2.0
Campiña de Antequera | J. Iturbe-Ormaetxe / CC BY-SA 2.0

La historia no está completa si no se cuentan los 20 años de silencio de esta mujer. Pero reconozco que no sé contarlos, aunque sé que es necesario, sin caer en malos equilibrios y equidistancias decorosas, y no quiero hablar con ella (no voy a llamarla), por tanto, de su largo aprendizaje del silencio, precisamente por lo que dijo el poema: esta mujer ha contado su historia y ya nunca la conoceremos. Conste en todo caso que no hablo de ellos y de su relación (nunca un amor tan grande), sino del estado de las cosas, es decir, de un sistema, es decir, contra un sistema.

Por lo que se ve, esta podría ser una historia triste, o todo lo contrario, como todas las historias de verdad y de silencio, y esta lo es, aunque no se trata de contarla. Decir en todo caso que no había alternativa a ese silencio de los cuidados, pero siempre en el seno de esa gran alternativa que nos sostiene y procura que nos tiremos todos los días de la cama: la de no rendirse. Hay, sí, un empujón de voluntarismo, pero también la conciencia de esa lucha contra el antiguo dominio.

El caso es que han sido veinte años (y una canción desesperada) de dedicación al empeño. El médico les había dicho: Quince años; cinco buenos, cinco regulares y cinco malos. Y regresaron a Humilladero superando un primer silencio en las tinieblas de la casa para empezar a hablar de nuevo de las cosas de siempre, aunque ya alguien había puesto un plazo desde la ciencia, y eso contaba.

No han sido quince, sino diecinueve, en declive suave, bien llevado, y quizás se ha ido cuando empezaba la liguilla final contra la muerte, ese tiempo peor. Esto me lo dijo alguien como si susurrara un secreto, una cierta confesión de debilidad.

Estamos hechos de la materia de los héroes, de otra pasta, se solía decir, pero a veces es preciso reconocer que siendo débiles, a veces, llegamos a comprender más cosas. Ahora estoy hablando de los dirigentes comunistas, y del silencio de una mujer. No se puede ser un héroe necesario sin esa mujer.

Aquí se tendría que acabar un texto que no es una historia, quizás algo menos, quizás algo más. Ha ocurrido y es preciso referirlo, denostando a un Estado que se dedica a ese tormento del trabajo no pagado de las mujeres. Quizás por esto compongo este texto, para hablar de los cuidados y para hablar de diecinueve años, compatibles, eso sí, con una historia permanente de lucha y de contubernio contra el poder. Cada uno pensando a su manera mientras velaban los instrumentos de la lucha.

Yo creo que ella, que tanto ha estudiado el silencio, ha llegado a pensar en algún momento que el optimismo, que no la alegría, es el opio de los pueblos. No la alegría, no la esperanza. La esperanza es esa emoción que se renueva a diario y por eso te tiras con fuerza de la cama pisando de nuevo el campo de batalla. Pero, ay, la esperanza contiene su otro lado. La esperanza es lo último que nos hiere. Pero no todo termina ahí: después hay que contar la historia, y volverla a contar, y aprovechar cualquier circunstancia para, con motivo o sin él, repetirla. Es nuestra Siberia particular, que no es un sitio ni un país, sino un estado de ánimo. Pero no dejamos de saber las condiciones y la necesidad de seguir luchando contra la explotación y el dominio: lo sabemos, y sabemos que al final, aunque nosotros no lo veamos, vamos a ganar, y ya no habrá más penas ni olvidos. Aunque siempre seguirá vigente la necesidad de seguir contando historias.

Volví a ver a Carmen el otro día, en la muerte de Antonio. A pesar de todo me sentía alegre, de volver a verla y de saber que estaba bien. No quiero verlo, le dije: quiero recordar a Antonio tal como era. Fuera se oía el silencio, ese silencio especial de la comarca de Antequera, que tantas veces hemos oído en días de trabajo o de descanso.

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