Metrópolis

La libertad cotiza en bolsa y la justicia social es un producto del mercado. En la metrópolis, en los tentáculos que el imperio extiende por el mundo, solo existe esa verdad

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Reverso de billetes de dolar con el lema “In God we trust” | Dominio público
Reverso de billetes de dolar con el lema “In God we trust” | Dominio público

Para que una mentira largamente repetida, se convierta en verdad, tienen que cumplirse dos requisitos. El primero es que tenga un objetivo tan claro como bien definido. El segundo, elegir el momento adecuado para su propagación. Si coincide con tiempos de cambio, con la incertidumbre y la debilidad que la novedad provoca, el éxito está asegurado. El miedo hará su trabajo y el mentiroso será aclamado como salvador.

Pasó con el cristianismo cuando el declive del Imperio Romano. Pasó con el nazismo tras la Primera Guerra Mundial. Y ahora pasa con esa pandilla de multimillonarios, aparentemente liderados por Trump, que se han autoproclamado emperadores del planeta. El objetivo no podía ser más específico, la obtención de un poder superlativo y, por supuesto, mucho más dinero para sus ya abultados bolsillos. El momento, lo han provocado ellos mismos difundiendo calumnias y barbaridades sin la más mínima decencia, rigor o respeto, a través de los canales de comunicación que previamente han acaparado.

Pero, además, el terreno ya estaba abonado, porque no hay nada más falso que la arquitectura de ese país que dicen querer hacer grande de nuevo. Lo primero es que no tiene ni nombre propio. Estados Unidos también es México y América es infinitamente más grande. Afirman, y los mamporreros de turno les siguen el juego, que es la cuna de la libertad, pero, ¿cómo va a serlo si sus cimientos se han construido sobre el exterminio indígena y la esclavitud africana? Lo mismo cuando se la nombra como la Democracia en mayúsculas a pesar que, tanto su moneda como sus leyes, implican creencia y vasallaje a dios, el invento menos democrático de la historia.

No hay espacio para la duda en su cultura. Dios, aunque no exista, es suyo y está de su parte. Aunque no exista, su ideario, la Biblia, es omnipresente, en escuelas, hospitales e incluso en el cajón de la mesilla de noche de hoteles testigos de adulterios y encuentros prohibidos.

También creen que el mundo es suyo. De ahí la larga lista de golpes de Estado, invasiones y crímenes cometidos por las distintas administraciones. Y digo administraciones, porque tampoco tienen gobierno. Son una empresa y como tal se comportan. Su credo es una máquina registradora. La felicidad, una cuenta corriente.

Hay que reconocer, eso sí, que son expertos en el arte de la manipulación y la mentira. Saben cómo expandirla cual mancha de aceite en el océano. Gracias al cine nos convencieron de la maldad de apaches, sioux, cheyenes y comanches, a pesar que eran ellos los agredidos. Supuestamente liberaron París del nazismo, borrando de la historia a los auténticos héroes, los combatientes españoles agrupados en la División Leclerc, la Nueve, exiliados, perdedores de una batalla contra el fascismo, entre otras cosas, porque la administración Roosevelt, aconsejada por el padre de los Kennedy, se negó a apoyar a la República española. También, tomaron Berlín, aunque solo en las películas.

Con la recurrente amenaza oriental justificaron las masacres de Hiroshima, Nagasaki y el napalm abrasando cuerpecillos inocentes en Vietnam. Con el cliché de latino narcotraficante, avalaron la intervención en Haití, Granada, Nicaragua, Chile y una larga lista de países del continente. Con el de árabe terrorista, provocaron el aplauso a la invasión de Iraq, la destrucción de Libia, el desastre en Afganistán y lo peor de todo, al genocidio palestino. 

No hay más buenos que los rubios de ojos azules o morenos musculosos y cutis níveo. Superman y demás superhéroes son los nuevos Jesucristos que salvarán a la humanidad del peligro de la diversidad y la empatía.

El imaginario colectivo, ha acabado por asumir que los malos siempre son los otros. La libertad cotiza en bolsa y la justicia social es un producto del mercado. En la metrópolis, en los tentáculos que el imperio extiende por el mundo, solo existe esa verdad.

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