El estribillo se repite como un mantra tóxico en plazas, tertulias y redes sociales: “Los inmigrantes son el problema”. Se les culpa de saturar los servicios públicos, de abaratar los salarios, de encarecer la vivienda o de “alterar nuestra identidad”. Pero si desplegamos el mantel de los hechos y observamos con mirada crítica lo que de verdad hay sobre la mesa, surge una pregunta incómoda: ¿Y si todo esto no fuera más que una narrativa cocinada desde los áticos del poder para distraernos del verdadero festín de la desigualdad y la explotación?
Preguntémonos con sinceridad: ¿Quién de nosotros ha sufrido un problema real y significativo causado por una persona inmigrante? ¿Más que con el turista borracho que vandaliza el barrio, el especulador que acapara viviendas o el empresario “de éxito” cuya fortuna se levanta sobre la precariedad de los demás? La respuesta sincera es casi siempre la misma: no, los inmigrantes no son el problema.
¿Quién encarece la vivienda? ¿El joven senegalés que duerme en una habitación compartida tras doce horas repartiendo comida en bicicleta, o el fondo buitre que compra edificios enteros, los mantiene vacíos o los alquila a precios abusivos, convirtiendo un derecho en mercancía de casino financiero? La balanza, sin duda, se inclina hacia los segundos.
La máquina del miedo: fabricar al enemigo perfecto
Desde las derechas que se disfrazan de moderadas hasta las que enarbolan sin complejos el racismo, la xenofobia y el clasismo, se ha perfeccionado una maquinaria narrativa que funciona a la perfección en España, Europa y Estados Unidos: la de crear un enemigo débil, vulnerable y visible al que culpar de todo.
El objetivo es claro: desviar la rabia social hacia abajo. Señalar al migrante que:
• Trabaja en condiciones de semi-explotación, sosteniendo sectores clave como la agricultura, los cuidados, la hostelería o el reparto.
• Madruga más que nadie, garantizando con su esfuerzo el funcionamiento diario de nuestras ciudades.
• Paga impuestos, incluso si su situación es irregular, contribuyendo al sostenimiento de lo público.
• Aporta a sistemas sociales (como pensiones o sanidad) que muchas veces no puede disfrutar plenamente.
• Arriesgó su vida para escapar de la miseria, la violencia o la guerra, muchas veces provocadas o alimentadas por las políticas económicas, comerciales o militares de las potencias occidentales.
Se nos invita a ver como amenaza a quien llega con una maleta cargada de sueños y necesidades, mientras los verdaderos causantes del empobrecimiento colectivo operan con total impunidad desde sus áticos de privilegio.
Los moradores del ático: Isabel, Santiago y sus amos
Los verdaderos responsables de nuestra precariedad no viven en los barrios obreros ni llegan en patera. Son los que defienden figuras como Isabel y Santiago, símbolos de una élite política y económica que se perpetúa en el poder gracias al miedo, la mentira y la división.
Son:
• Los explotadores globales, que precarizan al trabajador autóctono y al migrante por igual, violando derechos y esquivando convenios.
• Los evasores profesionales, que ocultan fortunas en paraísos fiscales mientras recortan en servicios públicos.
• Los corruptores de la democracia, que compran voluntades políticas, financian campañas con dinero opaco y cosechan favores institucionales a medida.
• Los especuladores del bienestar, que convierten la vivienda, la educación y la salud en activos financieros, provocando desahucios, expulsiones y pobreza.
La trampa perfecta: enfrentar al sótano con la planta baja
La estrategia es tan vieja como eficaz: hacer que los de la planta baja (trabajadores autóctonos, autónomos, clase media precarizada) se enfrenten a los del sótano (inmigrantes, excluidos, desposeídos). Mientras tanto, los de arriba siguen robando en paz.
- Que el trabajador precario culpe al inmigrante de “quitarle el trabajo”, y no al empresario que externaliza, despide o incumple convenios.
- Que el joven sin acceso a vivienda vea una amenaza en quien mendiga un techo, y no en el fondo buitre que retiene pisos vacíos.
- Que nos enfrentemos entre iguales, consumidos por el miedo, el odio o el resentimiento, para no mirar hacia arriba, hacia el ático.
Y en ese ático, los verdaderos depredadores observan satisfechos, blindados por sus leyes, sus medios y sus cómplices políticos. Mientras nos peleamos abajo, ellos acumulan riqueza, impunidad y poder.
No miremos al sótano: alcemos la vista al ático
La conclusión es clara y urgente: no podemos permitir que nos dividan ni que nos engañen más. No podemos culpar al que huye del hambre o de la guerra —provocadas muchas veces por el mismo sistema que nos empobrece a nosotros—. El enemigo no tiene acento magrebí, subsahariano o latinoamericano: habla desde consejos de administración, despachos de lobby y juntas de accionistas. Sus decisiones, tomadas en nombre del “mercado” y el “beneficio”, provocan guerras, migraciones forzadas, desahucios, exclusión y crisis climáticas.
Ese enemigo suele tener apellidos compuestos, raíces familiares en la aristocracia del capital y cuentas corrientes en paraísos fiscales. Es el capitalismo depredador, globalizado y sin patria. El que vive en áticos pagados con favores institucionales y relaciones de poder. El que se disfraza de modernidad mientras reproduce desigualdad.
Isabel (la Católica, figura del colonialismo y la exclusión) y Santiago (Matamoros, símbolo de la violencia religiosa y supremacista) no fueron jamás patrones de los humildes, sino de quienes los explotan y marginan. Sus herederos hoy continúan esa tradición de dominación: protegen a los poderosos, dividen a los de abajo, y señalan siempre al más débil como chivo expiatorio.
Solidaridad horizontal, mirada vertical
Frente a esta estrategia de división, solo hay un camino posible: la solidaridad internacionalista de clase. Porque el trabajador autóctono y el migrante comparten el mismo suelo inestable de precariedad y abuso. Y es el mismo poder el que los oprime a ambos.
La lucha debe ir dirigida hacia quienes concentran la riqueza, privatizan derechos y secuestran la democracia. Solo cuando dejemos de mirar con recelo al vecino del sótano y alcemos, unidos, la mirada hacia el ático, podremos empezar a cambiar las reglas del juego.
El problema nunca estuvo en la maleta del recién llegado, sino en las cuentas opacas, los privilegios blindados y las decisiones impunes de quienes se benefician de nuestra división.







