La España excluyente: del catolicismo nacional de Menéndez Pelayo a los neopogromos del siglo XXI

Islamofobia disfrazada de tecnocracia. Lo que se ataca no es solo la presencia del otro: se ataca su derecho a existir como parte de un proyecto común de país
Musulmanes rezando durante la oración de los viernes | Fuente: Levi Clancy / CC0 1.0
Musulmanes rezando durante la oración de los viernes | Fuente: Levi Clancy / CC0 1.0

¿Quién teme a la diversidad?

En un tiempo donde los discursos de odio crecen al amparo de gobiernos, plataformas mediáticas y partidos institucionalizados, urge recordar que la pluralidad no es una amenaza, sino una potencia transformadora. Frente a quienes agitan los fantasmas de la “España pura” y ven en la diversidad cultural, religiosa o identitaria un peligro, hay que afirmar con firmeza que la riqueza de una sociedad reside precisamente en su mestizaje, en su entrecruzamiento de memorias, voces y rostros. La historia misma de la Península Ibérica —marcada por el diálogo entre culturas, pero también por episodios de persecución— nos ofrece un espejo incómodo: quienes proclamaron la unidad desde la exclusión, sembraron siempre el germen del autoritarismo, la violencia y el empobrecimiento colectivo.

Menéndez Pelayo y la mitología de la España única

Marcelino Menéndez Pelayo, erigido por muchos como uno de los pilares de la tradición cultural española, fue también uno de los arquitectos intelectuales del proyecto de una España homogénea, católica y cerrada. Su obra Historia de los heterodoxos españoles no solo fue un ejercicio de censura enciclopédica: fue un proyecto político-cultural para reescribir la historia desde una visión teológica excluyente. En sus páginas, el judaísmo, el islam, el protestantismo o incluso el liberalismo ilustrado no eran vistos como expresiones legítimas de pensamiento, sino como desviaciones, traiciones o enfermedades del cuerpo nacional.

En esa arquitectura ideológica, España no era una comunidad diversa, sino una fortaleza espiritual donde la unidad se lograba mediante la purga. Menéndez Pelayo no proponía simplemente una lectura del pasado: ofrecía un modelo de futuro, uno donde la diferencia debía ser erradicada para garantizar el orden. Ese modelo ha dejado una huella profunda en el alma reaccionaria de la derecha española, que a lo largo del siglo XX y XXI ha seguido viendo en la diversidad un enemigo interno.

Nacionalcatolicismo: la herencia peligrosa

La influencia de Menéndez Pelayo sobre el franquismo es evidente. Como señala Pedro Carlos González Cuevas, su obra impidió la consolidación de un nacionalismo secular, democrático o moderno en España. Franco no tuvo que inventar un imaginario: lo heredó. El nacionalcatolicismo fue la cristalización política de esa “España Una, Grande y Libre” definida contra lo extranjero, lo rojo, lo árabe, lo vasco, lo catalán, lo obrero y lo laico.

Esta lógica excluyente no terminó con la muerte del dictador. Durante la Transición, grupos fascistas como el Batallón Vasco Español o los Guerrilleros de Cristo Rey prolongaron por la vía armada la idea de que la violencia era legítima para proteger la “identidad nacional”. Más de 95 personas fueron asesinadas entre 1975 y 1983 en atentados de claro carácter ideológico. Y mientras tanto, desde los púlpitos, editoriales y tribunas de poder, se seguía afirmando que solo hay una España verdadera, y todo lo que se aparte de ella es sospechoso.

Torre Pacheco: cuando el odio baja al campo

Julio de 2025 ha vuelto a revelar la crudeza de este proyecto excluyente. En Torre Pacheco, una agresión a un pensionista fue instrumentalizada por la ultraderecha para lanzar una ofensiva violenta contra la comunidad migrante magrebí, convertida en chivo expiatorio de las frustraciones sociales. No fue un estallido espontáneo. Fue una movilización organizada, con “escuadristas” llegados desde fuera del municipio, con apoyo mediático y cobertura política implícita.

Lo que allí ocurrió no fue un simple brote de xenofobia: fue un neopogromo. Una repetición moderna de los linchamientos identitarios del pasado. Y como en otras épocas, la violencia simbólica precedió a la física: años de discursos sobre “invasiones”, “desbordes” y “colonizaciones” crearon el clima donde el golpe, el incendio y la agresión se volvieron posibles.

Jumilla: apartheid bajo apariencia legal

Pocas semanas después, el Ayuntamiento de Jumilla, gobernado por el PP con apoyo de Vox, ha aprobado una enmienda que prohíbe el uso de instalaciones deportivas para actividades “ajenas al Ayuntamiento”. Tras esa fórmula vaga se oculta un objetivo preciso: impedir que la comunidad musulmana celebre públicamente sus festividades religiosas, como el Eid al-Fitr o el Eid al-Adha.

Lo que se presenta como “neutralidad administrativa” es, en realidad, una forma de segregación legalizada. La islamofobia se disfraza de tecnocracia. La persecución se maquilla de reglamento. Es una estrategia clara de la extrema derecha 2.0: no mostrar el saludo fascista, sino gobernar con corbata mientras se niegan derechos básicos. El mensaje es rotundo: “Puedes vivir aquí, pero solo si lo haces en silencio. Puedes trabajar en nuestros campos, pero no celebrar tus fiestas. Puedes pagar impuestos, pero no participar plenamente en la vida social”.

El relato excluyente como herramienta de dominación

En Torre Pacheco y en Jumilla se actualizan las viejas estrategias de la exclusión:
• Se criminaliza la diferencia: la religión, el origen, la lengua o la ropa se vuelven motivos de sospecha.
• Se institucionaliza el racismo: las administraciones locales actúan como laboratorios de políticas discriminatorias.
• Se reescribe la historia: se niega la herencia andalusí, el mestizaje cultural y las contribuciones de otras tradiciones al alma de España.
• Se profundiza la fractura de clase: se promueve una alianza de clases medias empobrecidas con las élites, construyendo el odio hacia el pobre migrante como cortina de humo ante la injusticia estructural.

La diversidad no se persigue porque sea un problema real, sino porque cuestiona los privilegios construidos sobre la exclusión. Lo que molesta a la reacción no es que una mujer rece en árabe o que un joven lleve chilaba: lo que les aterra es que esas personas reclamen su derecho a ser parte de un país en pie de igualdad.

España no es catedral: es laberinto

Menéndez Pelayo imaginó España como una catedral: elevada, cerrada, unitaria, sagrada. Pero la verdadera historia de este país se parece más a un laberinto, con pasadizos, bifurcaciones y muros llenos de inscripciones en múltiples lenguas. En el Siglo de Oro convivieron místicos conversos y poetas árabes, médicos judíos y filósofos renacentistas. El legado cultural que hoy llamamos “español” está hecho de mil fragmentos que nunca encajaron en el molde monocolor del nacionalcatolicismo.

Frente a la España de la pureza, defendamos la España de la mezcla. Frente a los pogromos, defendamos el encuentro entre iguales. Frente al odio identitario, la solidaridad de clase entre explotados. Frente a la exclusión, el derecho a existir, a celebrar y a transformar.

Como afirma la activista Sabah Yacoubi, negar el islam en España es negar ocho siglos de su historia. Y como dice Ana Lozano, “yo soy española y no he perdido mi identidad por ser musulmana”. Esas voces no son excepción: son el futuro que nos negamos si seguimos abrazando los fantasmas del pasado.

La trinchera está clara

Hoy, como ayer, se nos plantea una disyuntiva política y moral. O aceptamos que la identidad nacional es una construcción viva, plural y en disputa, o seguiremos alimentando las condiciones que hacen posibles los pogromos, la exclusión y el apartheid social. No hay neutralidad posible ante el racismo. O lo combatimos, o lo consentimos.

Y combatirlo implica construir otra idea de España: no como fortaleza, sino como campo de encuentro; no como uniforme, sino como tapiz; no como herencia inmutable, sino como proyecto común, mestizo y liberador.