Tras la crisis financiera el sistema bancario español es el que más ha reducido su dimensión, junto con Grecia y Chipre.
Es el sistema que más ha reducido su red de oficinas, sus plantillas y el número de operadores, quedando más del 75% del negocio en las cuatro entidades más grandes, Caixabank, Banco Santander, BBVA y Banc Sabadell, todo un oligopolio.
Digamos que en términos gráficos, esas tres dimensiones podrían representarse como una esfera; y la superficie de esa esfera se ha reducido drásticamente desde 2008 a nuestros días. Dicha superficie representaría las posibilidades de contacto del sistema financiero con los agentes económicos de nuestro país.
Sin retrotraernos a las causas de dicha crisis en España, sí hay que señalar que la reducción operada se desencadenó tras una tardía intervención del sector —recapitalización con retirada de los gestores responsables— lo cual conllevó una posterior e ingente capitalización con recursos públicos, mayor en proporción a nuestra economía de la que realizaron tempranamente EE.UU., Gran Bretaña, Francia o Alemania, a través del “rescate bancario” y la desaparición del sistema de cajas de ahorros como tales. Dicha capitalización pública, a diferencia de esos países, no ha sido recuperada en su mayor parte y ahora forma parte del fondo de comercio de las entidades supervivientes y beneficiarias de la reestructuración bancaria.
El 75% del negocio bancario se concentra en las cuatro entidades más grandes, Caixabank, Banco Santander, BBVA y Banc Sabadell. Así refuerzan su capacidad de fijar precios
En términos de coste social, dicha tardía intervención ha costado más de 117.000 empleos netos (-42,3%), cierre de 28.500 oficinas (-62%), 8 de cada 10 entidades han desaparecido entre quiebras y/o fusiones y no se han recuperado en torno a los 60.000 millones de euros.
El proceso casi continuo de reestructuración tras el estallido de las hipotecas subprime en EE.UU., la burbuja inmobiliara en España y la transmutación posterior en crisis de deuda pública fue acompañada de políticas de austeridad que prolongaron el sufrimiento económico y, sobre todo, social. La única política paliativa fue la del salvamento del euro que llevó a cabo el Banco Central Europeo (BCE), con Draghi al frente, tras el famoso “whatever it takes” (lo que sea necesario). El efecto más directo que tuvo esa política sobre los bancos fue el mantenimiento de tipos de interés tan bajos que en términos bancarios eran negativos. Los bancos prácticamente sólo ganaban dinero con operaciones del BCE y no tenían márgenes positivos de negocio clásico, con lo que la variable que más podían controlar eran la de los costes. De ahí que siguiera el proceso de concentración bancaria, cierre de sucursales y pérdida de empleo.
Pero todo eso cambió tras la pandemia. Primero porque se constató, una vez más, aquello que decían los clásicos, “de la nada, nada sale”. Fueron las políticas europeas, impulsadas también por el gobierno de coalición progresista de España, que mutualizaban riesgos y asumían emisión de deuda conjunta con las que se hizo frente a una crisis de carácter “civilizatorio”, frente al esquema anterior del “austericidio”. Y en segundo término, porque para no profundizar la crisis que abría la inflación generalizada tras la ruptura de la cadena de aprovisionamientos, la guerra de Ucrania y —todo hay que decirlo pues lo acaba de reconocer el BCE— la avaricia empresarial, el Banco Central Europeo ha tenido que cambiar sus política de tipos de interés y con ello ha abierto la posibilidad de que los bancos retomen la senda de los beneficios —y de qué manera— por el lado “natural”, los márgenes financieros.
Sin embargo, en España esa ganancia ha tenido un plus. Sobre todo al principio de ese “repunte” de resultados: la falta de competencia. La práctica situación de oligopolio ha permitido que esa subida de tipos no se haya trasladado a la remuneración del ahorro, pero sí al precio de los préstamos, sobre todo de consumo y crédito a empresas.
La OPA del BBVA al Sabadell
Y es en esta nueva situación en la que el BBVA desencadena su OPA hostil sobre el Banc Sabadell, tras una negociación frustrada. Es una operación sólo pensada para que el banco incremente sus resultados reduciendo costes y aumentando su cuota de mercado en un mercado cada vez más concentrado. Es una operación en clave, no de los accionistas, sino de los directivos que están a cargo del banco y ligan sus remuneraciones corrientes y futuras al tamaño de su balance.
La concentración reduce el empleo, incremente la carga de trabajo de quienes se quedan y deteriora aún más la atención al cliente. Reduce la red comercial aumentando los riesgos de exclusión financiera
Es una operación que es indeseable porque aumenta la capacidad de fijar precios del oligopolio, que se refuerza. Que reduce aún más esa “superficie de fricción” antes aludida de los bancos con sus clientes. Que reduce el empleo y aumenta la carga de trabajo a las personas que permanezcan, deteriorándose aún más la atención al cliente. Reduce la red comercial aumentando los riesgos de exclusión financiera, en la España llamada vaciada pero también en los barrios de las ciudades, sobre todo los más humildes. Porque además se está produciendo una segmentación de la clientela hacia canales digitales y/o telefónicos con criterios de renta, además del problema que supone para las personas, no sólo mayores, que no tienen fácil acceso a las nuevas tecnologías.
Pero también hay otras razones de interés general, que el propio Gobierno ha recogido de las múltiples aportaciones que diversos agentes —también CC.OO. y UGT— hemos trasladado. Uno de los cuellos de botella de la economía española es la inversión. La reducción de entidades financieras dificulta la intermediación incluso para la gestión y aplicación de los fondos prestados a través del sistema Next Generation. Pero otro elemento distintivo de nuestra economía es la estructura de pymes y micropymes que la sustentan.
El tamaño medio menor de nuestras pymes condiciona que no tengan un fuerte componente de capital propio y, por lo tanto, tienen que recurrir a la financiación ajena, los bancos. La reducción de operadores bancarios deja sin muchas alternativas a dichas empresas. Cuando antes de la crisis financiera podían tener cuenta con hasta 3 ó 4 entidades, ahora en muchos casos se reduce a una única entidad. Antes el riesgo total de una empresa se “repartía” entre varios bancos o cajas, ahora se concentraría en uno. La tendencia natural del banco es no asumir todo el riesgo de crédito de la empresa y, por lo tanto, restringir su capacidad de inversión. Justo uno de los problemas macro que tiene el país.
Además hay otro componente negativo desde el punto de vista de la estabilidad del sistema financiero (el objetivo primordial de los reguladores y supervisores): la OPA es hostil.
Qué consecuencias tiene ello. Ambas entidades se defienden o atacan con los recursos propios de la entidad y están dispuestos a repartir más dividendo del que aconseja la situación económica y geopolítica.
No sabemos aún qué consecuencias finalmente van a tener para el dólar las políticas de Trump. Las primeras reacciones a la política arancelaria empezaron por amenazar la consideración de la deuda pública norteamericana hasta que Trump “reculó”. Acaba de aprobarse un paquete, no solo injusto, sino también grosero de traslado de rentas de los pobres a los ricos, que además aumenta el agujero de la deuda de Estados Unidos. Ya vemos cómo lo acogen los mercados. Cualquiera puede imaginar cual sería el efecto sobre las finanzas globales, y los bancos en particular, si el dólar entrara en “crisis de fiabilidad”. No sería tiempo de repartir beneficios, sino de reforzar el capital.
El gobierno ha hecho un trabajo encomiable enmarcado en el uso de sus competencias, no dejándose llevar por presiones o un malentendido respeto al «libre mercado», aunque le ha faltado mejorar la defensa del empleo
Así y todo, tanto BBVA como Banc Sabadell, están dispuestos a sacrificar solvencia, es decir, gastar parte de los beneficios y no reforzar el capital del banco, para así “persuadir” a los accionistas. Y en este terreno acabamos de asistir a lo que es su muestra más extrema. Banc Sabadell, más allá de intentar envolverse en el interés general y los argumentos que múltiples agentes hemos expuesto para que esta operación no se llevara a efecto, acaba de realizar, con la participación del Banco de Santander (¡?), la venta de su banco en Reino Unido, el TSB, en una operación que se podría resumir como “vender el coche para comprar gasolina”.
Ello no sólo supone una despatrimonialización de la entidad, pues piensa repartir como dividendo extraordinario el 85% del precio obtenido; sino que a las claras muestra que la operación, su hostilidad o no, era una cuestión de precio.
El gobierno ha hecho un trabajo encomiable enmarcado en el uso de sus competencias, no dejándose llevar por presiones, alarmas o un mal entendido respeto al «libre mercado», si bien nos hubiera gustado un mayor marco temporal en defensa del empleo en el sector, en el volumen y la calidad del mismo. En ese eje, el empleo, la densidad sindical del sector financiero deberá ser la base de estabilidad y construcción de soluciones ante los desafíos, con la responsabilidad social que históricamente se ha propiciado sindicalmente en la banca española.







