La ciudadanía contempla con preocupación una serie de hechos que surgen de la realidad mundial y local, con poco margen para impedir su deriva violenta. Todas las miradas acuden a Palestina, donde el destino de un pueblo, amenazado de exterminio, está en juego. Nadie era capaz de imaginar la desalmada crueldad de quienes ordenan a artilleros y aviadores israelíes bombardear a mansalva escuelas infantiles y hospitales palestinos repletos de enfermos o campamentos de refugiados hambrientos y sin agua, cuya única protección ante el fuego artillero es la mera tela de sus tiendas de campaña.
Buena parte del pueblo de Madrid se echó ayer a la calle para exigir el fin del martirio aplicado por el hoy ominoso ejército de Israel contra el pueblo de Gaza: 20.000 niños asesinados bajo bombas de fósforo y misiles de cientos de kilos, dos millones de palestinos acosados por el fuego y el hambre premeditadamente impuesto, sin otra alternativa que huir hacia ninguna parte o la muerte. La protesta de los y las madrileñas consiguió su propósito de difundir mundialmente su gesta colectiva, al impedir la culminación de la Vuelta Ciclista a España a su llegada a Madrid. La arrogancia del sponsor multimillonario del equipo ciclista de Israel, un tal Adams, que se jacta de ser amigo del genocida Benjamín Nethanyahu, halló este domingo en Madrid la respuesta a su estúpida arrogancia.
No se trató de una irrupción de la política en el deporte, como los cortos de miras aventan al respecto, sino que se trata de una cuestión de Derechos Humanos: el infanticidio genocida es un crimen de lesa humanidad. Muchos madrileños se sintieron este domingo indignados por tanto crimen y tras echarse a las calles para manifestarlo, al caer la tarde se mostraron orgullosos de haber cumplido con su deber de conciencia, al igual que días atrás lo hicieron vallisoletanos, bilbaínos, asturianos o gallegos al paso de la prueba ciclista. Aún queda humanidad en la fría Europa y España la ha demostrado sin arrogancia y con creces. El “máximo respeto a los manifestantes” demandado por el Gobierno constituyó un insólito y significativo gesto de atención política hacia un sentimiento generalizado entre la ciudadanía.
Mas la espiral de odio y de irresponsabilidad tiene aquí la contrapartida con sus propios émulos. Debería existir un código que impidiera a portavoces de determinados partidos políticos decir más de un tope fijo de estupideces, melonadas y botaratadas; y ello amén de multar a quienes incurran en llamadas a la violencia, también desde presuntos medios de comunicación, por cierto, generosamente financiados con dinero público procedente de determinados Comunidades Autónomas. Los ciudadanos sensatos de este país, los demócratas, están hartos de tanto generador de odio. Resulta difícil, pero necesario, admitir la evidencia de que Ayuso, Almeida y Aguirre, presidenta regional, alcalde y expresidenta, representantes políticos electos del pueblo de Madrid, el mismo pueblo que ayer se echó a la calle para denunciar y tratar de detener el genocidio en Gaza, ellos tres sean capaces de justificarlo o de no condenar el asesinato masivo allí perpetrado contra miles de seres indefensos, señaladamente niños.
Peligro de confrontación civil en Estados Unidos
A un nivel distinto, pero potencialmente muy peligroso, el reciente asesinato en Estados Unidos de Charlie Kirk, un estrecho aliado de Donald Trump, ha desquiciado, más aún, al presidente norteamericano, que amaga con emprenderla contra “la izquierda radical” (pero ¿existe eso en Estados Unidos?) y, por extensión, contra todo aquel que no piense y actúe como los suyos. Ese presidente «justiciero» es el mismo que, si bien condena en el Consejo de Seguridad de la ONU el ataque israelí del pasado 11 de septiembre contra Doha, capital catarí, envía sin embargo a su Secretario de Estado, Marcos Rubio, a Israel para reiterar que Estados Unidos «garantiza la seguridad del Gobierno de Nethanyahu». Y ello pese al bombardeo de la aviación israelí contra Qatar, país aliado de Washington y mediador en la negociación entre Israel y Hamás sobre la suerte de los rehenes judíos capturados el 7 de octubre de 2023 por la rama armada de la oganización política y militar palestina, tildada de terrorista por Washington y Tel Aviv.
El Gobierno catarí ha convocado en Doha una cumbre árabo-islámica, más de 50 países, para adoptar una política conjunta de rechazo contra la agresividad irrefrenada de Israel. La arrogancia de Nethanyahu ha dinamitado la viabilidad de sus cacareados pactos de Abraham con algunos países árabes como Emiratos Árabes, Marruecos y Sudán. A la cumbre catarí asiste también Irán, donde crece el temor a un inminente asesinato del Sayed Alí Jamenei, Guía de la República islámica, a manos de agentes, mentores o militares israelíes.
Los mimbres de una contienda civil en el país transatlántico se van estrechando en un siniestro cesto. El reciente asesinato del activista Kirk, tan ligado a Donald Trump, ejecutado en un campus universitario de Orem, en el Estado mormón de Utah, por Tyler Robinson, un francotirador de familia republicana, acelera un proceso hacia la confrontación armada interna que algunos pensamos difícilmente reversible. Y lo pensamos porque ya hubo un gravísimo precedente en el asalto al Capitolio de Washington por 10.000 seguidores de Donald Trump en enero de 2021. Hay, además, una base objetiva para ello, habida cuenta de que la población civil estadounidense está armada. Demasiado armada: adquirir un fusil automático por un puñado de dólares es algo tan sencillo como recibir un disparo en la cabeza mientras cualquier niño o adolescente asiste a una clase en cualquier aula colegial o de instituto a lo largo del país norteamericano. Si a ello le añadimos el tremendo ultraindividualismo dolarizado que segrega la subcultura de far west allí dominante, espoleada por Hollywood, más la irresponsabilidad de líderes políticos, como el propio presidente, que han convertido el odio al diferente en la motivación central de su discurso -con la correspondiente discriminación económica y social de importantes mayorías trabajadoras y minorías étnicas, respectivamente-, el cóctel de la violencia potencial está servido.
Para colmo de males, la irrupción de la Guardia Nacional desplegada por Trump en numerosos feudos del Partido Demócrata “supuestamente para atajar la violencia”, es considerada como la gota que colma el vaso de la paciencia cívica estadounidense. La sociedad civil del país norteamericano no está en absoluto acostumbrada a la militarización de las calles de sus principales ciudades, avatar que solo concebía posible en ciudades del mundo subdesarrollado o en los filmes de ciencia ficción, hoy tan siniestramente precursores, en los distópicos textos de los guionistas de La Meca del Cine. Su mensaje es el mismo que tanto daño ha hecho y hace a la vida social y moral allí y en los países que adquieren sus películas.
Fronda local en germen
En otro orden de cosas, más cercano y de distinta entidad, en el inmediato horizonte patrio se perfila otra bronca ideopolítica de alcance inusitado a propósito de una película de Alejandro Amenábar sobre Miguel de Cervantes; en ella muestra una insólita, por inesperada, hipótesis sobre la supuesta adscripción homosexual del universal genio alcalaíno. Antes de que la marea de indignación escale desde los ánimos de sedicentes “patriotas culturales” y bocazas parlamentarios conviene recordar que se trata de una ficción, no un documento histórico. En él plantea una teoría que, mientras no se demuestre lo contrario, sigue siendo una lucubración hipotética. Y parece probado que el excelso novelista estuvo casado con Catalina Salazar y tuvo amoríos en Italia, amén de una hija fruto de su coyunda con Ana de Villafranca, esposa de un tabernero; lo cual, por cierto, no cierra en modo alguno las demás opciones de conducta posibles.
En todo caso, si fuera cierto que Cervantes hubiera sido homosexual, en nada alteraría ni su condición moral ni su ascendiente como culmen supremo de la Literatura universal. Faltaría más que a estas alturas de la historia execrásemos vivencias de gentes como el propio Cervantes, para el cual “la libertad es el bien más preciado que tienen los hombres”.
Yendo más allá de lo polémico e inmediato cabría una reflexión sobre cómo los presos, como lo fue Cervantes en Argel durante cinco años, gestionan su mundo afectivo y su sexualidad cuando los barrotes de sus cárceles les impedían entonces -no existía vis a vis de ningún tipo- el despliegue natural de sus afecciones y tendencias sexuales.
En fin. Pese al irresponsable parloteo de algunos portavoces parlamentarios y sus llamadas a la violencia, encubiertas o explícitas, (uno de ellos, entre los más desnortados, ha hablado de «cavar las fosas») y las de seudoperiodistas expertos en propalar el odio, confirmamos que la sangre no llega al río. Y ello pese a los intentos reiterados de que llegue, por parte de los cobardes de siempre. Con todo, cabe recordar la frase evangélica de Cristo, aplicable a lo sucedido allende y a lo sucedible aquende: “el que a hierro mata, a hierro muere”. Desgraciadamente, eso suele ser un axioma, una certeza reiterada por los hechos.
Artículo original de El Obrero.







