Reseña de «La gran guerra de clases 1914-1918» (Kinkilimarro Liburuak, 2024), de Jacques R. Pauwels

1914: cuando la burguesía apostó por la guerra

La Primera Guerra Mundial fue un conflicto largamente preparado (y deseado) por las elites europeas para frenar la democratización de las sociedades como consecuencia del avance del socialismo, del feminismo y de los nacionalismos.
Fase de la guerra de trincheras durante el conflicto mundial | Btb.jo / CC BY-SA 4.0
Fase de la guerra de trincheras durante el conflicto mundial | Btb.jo / CC BY-SA 4.0

La historia que nos cuentan afirma que el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austro húngaro, junto con su esposa Sofía en la ciudad de Sarajevo el 28 de junio de 1914 fue el incidente que causó la gran guerra que se prolongaría hasta 1918. No obstante, ése fue el detonante de la guerra, no la causa, ya que la Primera Guerra Mundial fue un conflicto largamente preparado (y deseado) por las elites europeas para frenar la democratización de las sociedades como consecuencia del avance del socialismo, del feminismo y de los nacionalismos de las minorías étnicas de los grandes Estados multiétnicos de Europa. La razón es evidente: aunque la burguesía fue originariamente una fuerza moderadamente revolucionaria, a medida que las clases subalternas fueron tomando conciencia de que sus intereses no se correspondían con los de la burguesía y a medida que se consolidaban los diferentes Estados nacionales europeos (Francia, Reino Unido, Alemania…), en los que los intereses económicos de la burguesía dictaban la política económica de los gobiernos, la burguesía se transformó en una fuerza contrarrevolucionaria que encontró en la aristocracia y en el clero unos nuevos aliados de clase y las clases subalternas que luchaban por la democracia se convirtieron en sus enemigas.

Ahora bien, aunque es cierto que a la burguesía conservadora de los años de la “Paz Armada” le aterraba el avance de los movimientos sociales como el socialismo, el feminismo y los nacionalismos periféricos, que parecía que estaban preparando un”‘verano caliente”, que preludiaba un “otoño revolucionario”, ¿cómo es posible que el 4 de agosto de 1914 los hombres de las clases populares desfilasen entusiastas hacia la muerte? ¿Qué es lo que hizo que un incidente en Sarajevo provocase la “bancarrota” de la II Internacional y el abandono del pacifismo asumido como irrenunciable en el Congreso de Basilea de 1912? Responder a estas y otras muchas preguntas semejantes, es la tarea que acomete Jacques R. Pauwels en el libro La gran guerra de clases 1914-1918 (Kinkilimarro Liburuak, 2024).

LA GRAN GUERRA DE CLASES 1914-1918
Jacques R. Pauwels
Kinkilimarro Liburuak, 2024

¿Se estaba preparando un “verano caliente” en 1914 o era una fantasía burguesa alejada de la realidad? Efectivamente en Reino Unido, Francia y Alemania y en menor medida en otros países europeos, el movimiento obrero tenía una fuerza considerable en las calles; no obstante, también es cierto que la socialdemocracia había dejado de ser una fuerza revolucionaria para convertirse en una fuerza reformista. En este sentido, la socialdemocracia era un peligro más aparente que real, por lo que el descontento social y las demandas obreras podían resolverse con la tradicional política del palo y la zanahoria.

Otra cuestión. Si bien es cierto que la socialdemocracia había dejado de ser revolucionaria, eso no significa que tuviese que abandonar el internacionalismo. Entonces, ¿qué hizo que la socialdemocracia apostase por el nacionalismo burgués en unos momentos tan decisivos? De nuevo Pauwels nos ofrece una buena respuesta. En rigor fue el reformismo lo que llevó a la socialdemocracia al nacionalismo y la vía usada fue el estatalismo, ya que la defensa de las reformas conquistadas implicaba la defensa del Estado que las convertía en ley y una vez que se llega a la defensa del Estado-nación se da el paso al nacionalismo, que estaba asociado a una serie de discursos supremacistas que acabaron siendo aceptados por algunos dirigentes socialdemócratas. De este modo, en pocos meses los obreros de los países beligerantes pasaron de entonar la Internacional a acudir al frente a defender la patria.

Otro interrogante que despeja Pauwels en su libro es cómo fue posible que miles de trabajadores se convirtiesen en soldados de un ejército dominado por aristócratas que les despreciaban. La respuesta es sencilla: las elites sociales desplegaron una serie de estrategias que fueron desde el sencillo reclutamiento obligatorio hasta la coacción, pasando por los discursos que idealizaban la guerra, la más viril de todas las actividades, y los mensajes de las iglesias que hablaban de “sagrada cruzada”.

Con todos esos ingredientes la tan deseada guerra comenzó en el momento apropiado.

Los primeros días de la guerra satisficieron todas las expectativas de las clases dominantes: acabaron con las huelgas, la oposición interna en los Parlamentos y las elecciones… El ejército asumió poderes excepcionales

Los primeros días de la guerra satisficieron todas las expectativas de las clases dominantes: el número de huelgas se redujo a cero, en los parlamentos se eliminó la oposición interna, dejaron de convocarse elecciones, la censura y las restricciones a la libertad de expresión evitaron manifestaciones de oposición a la guerra, el ejército asumió poderes excepcionales, las condiciones laborales pasaron a ser reguladas por decreto y se gestionaban en cada empresa por medio de comités tripartitos —patronal, Estado y trabajadores— en los que el Estado siempre se ponía a favor de los patronos. Sin embargo, las clases dominantes no tardaron mucho en comprobar que su estrategia belicista dejaba de dar los frutos deseados. Efectivamente, en el momento en que, a pesar de la censura, los horrores de la guerra empezaron a ser conocidos por todo el mundo: Ypres, Gallipoli, Tanneberg, Lemberg, Somme, Verdún, etc., la paz social que las elites lograron en el verano-otoño de 1914, empezó a resquebrajarse. A lo largo del año 1915 y 1916 las voces del internacionalismo proletario y del pacifismo volvieron a oírse con claridad, ahí están la Conferencia Internacional de Mujeres celebrada en Berna bajo los auspicios de Clara Zetkin; la Conferencia Internacional Socialista celebrada en Zimmerwald, en cuyo Manifiesto final se abogaba por el “restablecimiento de la paz entre los pueblos”; el texto Socialismo y guerra (septiembre de 1915), en el que Lenin sostiene que “quien desee una paz firme y democrática, debe pronunciarse en favor de la guerra civil contra los gobiernos y la burguesía”; o, finalmente, la II Conferencia Internacional Socialista celebrada en Kienthal, en cuyo manifiesto final se afirma lo siguiente: “Si no hemos sabido impedir la guerra, tenemos que hacer todo lo posible para imponerles a los beligerantes nuestra paz” y termina con un llamamiento a la revolución. Los horrores de la guerra habían puesto fin a la paz social y el fantasma del comunismo volvía a recorrer Europa. Efectivamente, a lo largo del año 1917 se suceden las huelgas en toda Europa, los motines de soldados, etc., y, más allá de la entrada de EE.UU., Brasil o China en la guerra, el hecho que lo va a cambiar todo fue el triunfo de la revolución en octubre de 1917 en la que había sido la Rusia de los zares. En apenas 10 días, como escribió Reed en 1919, los bolcheviques sentaron las bases de un nuevo mundo: decreto sobre la paz, proposición de armisticio y de paz inmediata, decreto sobre la tierra, decreto sobre la transferencia del poder a los soviets, decreto sobre la jornada de trabajo, decreto sobre el control obrero, decreto sobre la prensa, declaración de los derechos de los pueblos de Rusia… Inmediatamente, el ejemplo cundió y las huelgas masivas se sucedieron por toda Europa a lo largo del año 1918 hasta llegar a la revolución alemana de noviembre.

Los horrores de la guerra acabaron con la paz social y el fantasma del comunismo volvió a recorrer Europa. En 1917 se suceden las huelgas en toda Europa, los motines de soldados, etc.

Llegados a ese extremo, las clases dominantes prefirieron poner fin a la guerra y entregar el poder a un socialdemócrata como Erfurt, antes de que triunfase una revolución como la que lideraron Rosa Luxemburg y los espartaquistas en enero de 1919 o los comunistas bávaros entre el 6 de abril y el 7 de mayo de 1919. Además, los viejos enemigos se aliaron en su apoyo a los “blancos” rusos frente a los rojos que habían conquistado el poder en octubre de 1917.

No obstante, pese al fin de la guerra, los plebeyos continuaron las movilizaciones por toda Europa: revolución húngara, bienio rosso italiano, trienio bolchevique en España, etc., y, en ese claroscuro en el que el viejo mundo aún no ha muerto y el nuevo mundo aún no ha llegado a nacer, surgió un nuevo monstruo: el fascismo. En este sentido, lo que no lograron con la guerra van a intentarlo con el fascismo.

En Alemania, las clases dominantes prefirieron poner fin a la guerra y entregar el poder al socialdemócrata como Erfurt, antes de que triunfase la revolución de Rosa Luxemburg y los espartaquistas

En definitiva, la tesis que Pauwels defiende en este gran libro se puede resumir de la siguiente forma: la primera opción de las clases dominantes para mantener sus privilegios fue disciplinar a la clase trabajadora mediante una guerra, pero como en el contexto de la guerra surgieron experiencias como la revolución rusa y en la inmediata posguerra movilizaciones obreras por toda Europa, la segunda opción de la burguesía, cuando no fue capaz de controlar el movimiento obrero y feminista dentro de los márgenes de la democracia liberal, fue el fascismo.

¡Un libro imprescindible, léanlo!

(*) Profesor de historia y antropólogo