Edgar Morin y sus límites para un proyecto transformador

Su legado, más allá de sus aportaciones, ha sido instrumentalizado con frecuencia para desarmar ideológicamente a las clases populares.
Edgar Morin. Filósofo | Fuente: CC0 1.0
Edgar Morin | Fuente: CC0 1.0

El fallecimiento de Edgar Morin a los 103 años ha provocado una ola de reconocimientos, comprensible, en medios de comunicación, instituciones académicas y espacios progresistas. Es de destacar su participación en la Resistencia francesa, su longevidad intelectual y su vasta obra ensayística si bien, desde el marxismo, no podemos renunciar a la reflexión crítica sobre un legado que, más allá de sus aportaciones, ha sido instrumentalizado con frecuencia para desarmar ideológicamente a las clases populares.

Es bueno recordar que Morin comenzó su carrera como militante del Partido Comunista Francés, del que fue expulsado en 1951. Esa ruptura, que con frecuencia se ha interpretado como un gesto de liberación intelectual ante el dogmatismo, marcó, además, el comienzo de un progresivo alejamiento del marxismo como instrumento de análisis y transformación.

Lo que ha demostrado la historia del movimiento obrero es que la crítica de los errores y las rigideces es necesaria y saludable; pero otra cosa muy distinta es abandonar las categorías centrales que permiten comprender y combatir la explotación capitalista. Y Morin, en ese tránsito, se alejó de elementos que para nosotros son irrenunciables.

El núcleo de su propuesta, el “pensamiento complejo”, fue una contribución estimulante en contra del reduccionismo y de las visiones lineales del proceso histórico. La realidad es multidimensional y nadie discute que la cultura, la subjetividad y las interacciones no pueden reducirse mecánicamente a la economía. Pero el problema es que esta necesaria complejidad se convierte en una disolución de toda determinación estructural cuando la centralidad del trabajo, la naturaleza de clase del Estado y la lógica de acumulación capitalista se diluyen conceptualmente en una crisis de civilización sin agentes históricos definidos. De este modo, la complejidad bien entendida puede mutar en una ideología de la impotencia que desalienta la organización colectiva y la lucha por la hegemonía.

No se trata de reivindicar un marxismo escolástico, pero el proyecto de la izquierda transformadora necesita de un sujeto político que sea capaz de articular un amplio bloque popular y ese sujeto no puede construirse si renunciamos a analizar las relaciones de producción, la explotación asalariada, el papel del Estado como garante de los intereses oligárquicos.

Esa renuncia es la que aparece ya en la obra tardía de Morin y que explica la entusiasta canonización que hacen de él hoy ciertos poderes mediáticos y académicos. No es casual que se celebre con tanto fervor al pensador que “deconstruye” la idea misma de clase social, al tiempo que se silencia o se ridiculiza a quienes insisten en que el conflicto capital-trabajo sigue vertebrando nuestras sociedades. En esta operación el legado moriniano ha sido instrumentalizado para insinuar que la única evolución legítima de un comunista es dejar de serlo, una narrativa que refuerza la hegemonía cultural del bloque de poder.

Dicho esto, sería injusto y estéril dejar a Morin como simple «intelectual orgánico del capital». Su obra teórica ofrece valiosas intuiciones sobre la incertidumbre, la transdisciplinariedad y la necesidad de un humanismo crítico que el marxismo puede y debe asumir de forma crítica. La cuestión no es rechazar la complejidad sino politizarla: preguntarnos en beneficio de quién se moviliza el concepto de un mundo sin clases, carente de sujetos colectivos, sin proyecto de cambio estructural.

Frente a los desafíos actuales (desastre ecosocial, ofensiva reaccionaria, precarización constante de la vida…) la respuesta no puede ser un escepticismo sofisticado. Sí, es necesario un pensamiento riguroso, pero también una estrategia precisa que logre mayorías sociales a favor de un proyecto de democratización integral de la economía, de extensión de lo público y de transición ecológica justa. Un proyecto que, desde la diversidad del bloque popular, se oriente hacia un horizonte socialista interpretado como radicalización de la democracia.

Los comunistas debemos rendir tributo a la persona de Edgar Morin y su contribución a la cultura europea pero creemos que el futuro de los pueblos no pasa por reconciliarse con una complejidad despolitizada sino por organizar la esperanza, acumular fuerzas desde abajo y construir con paciencia y convicción una alternativa de país que ponga la economía al servicio de la mayoría trabajadora. A nuestro juicio, éste sigue siendo el núcleo vivo de la tradición marxista que merece la pena defender.

(*) Militante de base del núcleo Diego Almodóvar del Partido Comunista de Andalucía