Contrapunteo entre el fascismo nazi y el fascismo yanqui-sionista (3 final)

El artículo analiza las similitudes entre Trump y el fascismo histórico, cuestiona la pasividad global y alerta sobre riesgos geopolíticos.
Trump, Netanyahu, Hitler, fascismo | Fuente: almaplus.tv
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Tomando como base sus necesidades de hegemonismo en política interna ante la difícil tarea de enfrentar un electorado que ya está en contra suya por muy amplio margen, Trump aplica una política exterior directamente proporcional con el objetivo de confirmarse en la Casa Blanca y fortalecer un imperialismo militar expansionista mediante la invasión de otros países, la injerencia política y militar, en especial en América Latina y el Caribe, y el Pacífico, y la guerra total, como ya se conoce. Es decir, un paralelismo fascista entre política interna y externa.

Está consciente que la política de «Estados Unidos Primero» (America First) es fascista como la de Hitler y repudiada incluso entre sus aliados europeos, y que lo conduce al aislamiento nacionalista.

Pero se cree que está tan por encima de todos que no le hace falta alianza alguna, y rechaza a antiguos subordinados, como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y se retira de decenas de tratados internacionales para marcar su independencia y dar el mensaje de que no está atado a ningún compromiso universal, incluido en ello la Organización de Naciones Unidas.

Trump es conscientemente fascista

Por todas estas razones, y otras muchas más, los especialistas, en su gran mayoría, lo califican de fascista, tanto por su asalto al Capitolio, como hizo Mussolini en su momento, como por su retórica ideológica, política, militar y económica, que han consolidado consensos muy específicos de expertos en autoritarismo, de que toda su actuación responde a un pensamiento y una acción neofascista.

Así piensa, por ejemplo, Robert Paxton, profesor emérito de la Universidad de Columbia quien, tras el 6 de enero de 2021 cambió de opinión públicamente y afirmó que el uso descarado y la incitación a la violencia civil para intentar revertir una elección democrática cruzaron una línea roja institucional, y dijo que la etiqueta fascista es un término descriptivo «necesario».

El historiador de la Universidad de Yale Timothy Snyder, autor de Sobre la tiranía, sostiene que Trump posee una deuda discursiva directa con el fascismo, y destaca que el uso de la «Gran Mentira» es una herramienta puramente fascista para disolver la realidad fáctica. En sus análisis sobre el segundo mandato de Trump, Snyder apunta a que el trumpismo se sostiene en «atmósferas fascistas» y ficciones de masas.

¿Por qué EEUU y el mundo toleran el retorno del fascismo?

Parece que hay múltiples explicaciones o apreciaciones de la tolerancia del mundo a este nuevo monstruo que ha aparecido para diezmar a la especie humana y convertir en un infierno lo que debería de ser un paraíso, pues hay todas las condiciones para que así sea. El planeta da recursos para vivir en felicidad y bienestar a una población cientos o miles de veces superior a la actual.

La tolerancia de un dictador criminal como Trump, o la inercia para detenerlo, parece tener numerosas causas las cuales son de conocimiento de los multimillonarios que lo patrocinan y lo mantienen en la Casa Blanca al margen de lo que en su caso dicta la constitución para que no continúe en la Oficina Oval y esté en la cárcel de por vida.

Hay cuestiones graves, como mezquinos intereses geopolíticos estratégicos, que se valoran por encima de la seguridad internacional y el bienestar de la persona humana, signadas por asimetrías de poder económico que fragmentan el orden internacional actual, lo debilita y lo convierte en algo inocuo. En cambio, priorizan el pragmatismo nacional sobre el derecho global, y eso puede hundir en un marasmo al mundo.

El oportunismo trumpiano

Trump aprovecha, por ejemplo, la polarización política, económica e ideológica, del pueblo de Estados Unidos, y ello hace —reforzado por su política de miedo— que el rechazo a su gestión o su nivel de simpatías se relativice y que, a pesar del consenso en su contra, no surta el efecto deseado para un impeachment que lo saque de la Casa Blanca. Lejos de debilitarlo, él considera que esa situación fortalece la relación de respeto y de obediencia hacia él.

A ello se añade el sector internacional, cuyo fraccionamiento, contradicciones antagónicas e incluso irreconciliables, impiden la creación de un frente aliado para detener su fascismo y sus guerras, contrariamente a lo que sucedió con el fascismo nazista que provocó la creación de una resistencia aliada la cual desempeñó un papel muy importante en la derrota de Hitler. Trump no corre ese peligro, al menos por ahora.

El daño de los nacionalismos económicos

Los nacionalismos económicos lo están destruyendo todo; actúan a favor de Trump, y no solamente en referencia a la población —en especial la de EEUU que debería estar ya en las calles manifestándose contra el mandatario— la cual prioriza factores domésticos como el control de la inflación, el empleo industrial y la seguridad fronteriza, minimizando las implicaciones éticas o legales de la política exterior agresiva y belicista, sino también a los gobiernos, en particular los de Europa, que están muy desenfocados apuntando hacia Rusia como el enemigo a derrotar y no a Estados Unidos que es a quien deberían disparar para beneficio propio.

En el caso de Europa, esa actitud es una confirmación de su vulnerabilidad estratégica y la profunda asimetría de poder ante Trump que los hace temblar con sus amenazas y aferrarse a un falso pragmatismo de supervivencia, al considerar que más allá del respaldo de Washington no hay más mundo para ellos, y que, de perderlo, todos caerán al vacío como se decía antes cuando se pensaba que la tierra era plana. Pero no es cierto.

Temen más a las represalias económicas, comerciales y financieras o a una guerra de aranceles masivos contra sus industrias, que a los daños que la propia UE se inflige a sí misma al aceptar el vasallaje, la ignominia, el insulto, la burla y la falta de respeto de Trump, como ha hecho frecuentemente con líderes franceses, británicos, alemanes e incluso de la dirigencia de la Unión Europea, y la respuesta ha sido poner la otra mejilla.

Parálisis favorable a Trump

Todas estas cosas explican que haya una dolorosa parálisis favorable a Trump de lo que podría calificarse oposición institucional abierta contra el fascismo yanqui-sionista, y se permita tanto escarnio para la humanidad como los brutales crímenes en Gaza, las atrocidades por guerras injustas y expansionistas en Irán, Líbano y otros países.

Además, otras acciones que retan y violan todos los principios, como el secuestro de un presidente constitucional o un bloqueo desmedido, inhumano y de crueldad atroz, como el que tiene contra el pueblo de Cuba consciente de que es un crimen de lesa humanidad y que están muriendo niños, mujeres y ancianos al negarles el derecho a vivir simplemente por ser leales a su patria y a su bandera.

La gran pregunta

De esa inercia no escapan tampoco Moscú ni Beijing, que priorizan sus asuntos internos inmediatos por encima de lo estratégico a corto, mediano y largo plazos, como es la seguridad del planeta. Al menos, no se advierte que actúen en favor de la detención de un fascismo que combatieron con tanta valentía durante la Segunda Guerra Mundial.

Puede que estén haciendo algo, pero tan en secreto que nadie se da cuenta, ni con resultados tangibles porque Trump continúa escalando sus crímenes a nivel global. Y mientras llegan a algún entendimiento, el orden mundial se desbarata, la sangre sigue chorreando, el sufrimiento afectando cada día a millones de personas víctimas tan iguales o peores que las del holocausto, y la impunidad para matar, castigar, avasallar, se hace más global.

Es como si el concepto tradicional de la Destrucción Mutua Asegurada de la Guerra Fría no haya desaparecido, sino simplemente se ha transformado y juega el triste papel del detente de acciones realistas, necesarias y urgentes que hacen falta para atar las manos ensangrentadas de Trump y Benjamín Netanyahu, y se pare ya, definitivamente, el fascismo yanqui-sionista.

Precisamente una de las motivaciones de la guerra en Ucrania es el renacimiento del nazismo en esa región, que fue la peor quinta columna que tuvo el Ejército Rojo en su batalla contra Hitler.

La gran y angustiante pregunta es clara: si una guerra nuclear entre potencias es poco probable, y el fascismo yanqui redefine el reparto territorial mediante el chantaje militar, económico, financiero y de inteligencia artificial, ¿qué impide que las potencias simétricas actúen?

Los países poderosos del mundo deberían usar su capacidad disuasoria para arrancar de raíz la impunidad yanqui-sionista, que hoy ejecuta guerras abusivas bajo la premisa de que puede ganarlas con los ojos cerrados. Lamentablemente no hay unanimidad entre ellos, aunque sean, por igual, blancos de una misma flecha.

(Algunos datos de este trabajo se obtuvieron con ayuda de la IA).

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