Desde hace décadas, Haití, la nación más pobre del hemisferio occidental, ha sido víctima de un profundo colapso institucional, exacerbado por la violencia criminal, el abandono estructural y la injerencia imperial. Basta recordar que entre principios de 2024 y junio de 2025, se han registrado aproximadamente 8.700 muertes y pérdidas económicas por más de 9.000 millones de dólares, sumadas a una inflación del 26,9% y una contracción del PIB durante cinco años consecutivos .
La capital, Puerto Príncipe, se encuentra en manos de extremadamente violentas pandillas que controlan hasta el 90 % del territorio y cerca de la mitad de sus miembros son menores de edad, algunos de apenas ocho años. Esta situación es el resultado lógico de un Estado colapsado, atrapado en una guerra de pandillas sin tregua, donde entre octubre de 2024 y junio de 2025 se han registrado en las regiones agrícolas del país más de 239.000 personas desplazadas, más de 1.000 asesinatos, y más de 600 secuestros.
La infancia es quien paga el precio más alto: 1,2 millones de niños y niñas viven amenazados por la violencia armada, y se calcula que 3 millones necesitarán ayuda humanitaria en 2025.
Frente a este deplorable escenario, surge una pregunta clave para cualquier proyecto emancipatorio: ¿cómo evitar el devenir haitiano y construir una sociedad fuerte, soberana y solidaria?
Cuba: resistencia como camino contra el bloqueo y su lección antiimperialista
Desde febrero de 1962, cuando John F. Kennedy aprobó formalmente el criminal bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba, esa política ha sido el más largo y más severo castigo jamás sufrido por un país moderno. Este cerco no solo busca sancionar, sino aislar, estrangular y doblegar a una Revolución que se niega a claudicar.
A pesar de las tentativas imperialistas para subvertir el orden constitucional cubano mediante medidas coercitivas unilaterales e ilegales, terrorismo mediático, campañas de desinformación y presión constante, el pueblo cubano ha respondido con una resistencia digna, loable y continuada.
Esta resistencia no se limita a una heroica supervivencia, sino que ha tejido una historia de solidaridad: una nación insurrecta que pese a los “livings” de la pandemia (bloqueo exacerbado que impidió donaciones, acceso a insumos, vacunas, y afectó directamente a las vidas de pueblo cubano) demostró que un pueblo con causa e historia no se rinde.
No es una mera supervivencia, sino una valentía política: resistir es continuar defendiendo la Revolución «como se defiende lo propio», visibilizar el bloqueo “en cada tribuna” y multiplicar la solidaridad internacional .
Lecciones antiimperialistas y desafíos comunes
1. Solidaridad consciente: mientras Haití es abandonado a su suerte, su crisis refuerza la necesidad de un sistema solidario, antiimperialista, que promueva la cooperación regional y la recuperación real, no el condicionamiento externo.
2. No repetir el ciclo autoritario/desmantelado: si el someter a un Estado a una guerra interna lo lleva al colapso —como ocurrió en Haití—, la fortaleza cubana radica no solo en resistir, sino en no caer en la tentación autoritaria: las bases de la revolución deben mantener unidad, participación y dirección popular.
3. La educación y la infancia como prioridad: en Haití miles de niños son víctimas de secuestros, desplazamientos y reclutamiento forzado. En Cuba, en cambio, haber mantenido logros sociales (educación, salud…) en condiciones extremas significa proteger el futuro y forjar generaciones libres y conscientes.
4. Soberanía como horizonte político y moral: Haití, atrapado por pandillas, carteles y por intereses imperialistas, sufre una decadencia del Estado. Cuba, por el contrario, aunque atacada, persiste en la construcción de un modelo soberano, inspirado en su historia antiimperialista, que aún hoy resiste.
La situación de Haití es una advertencia desgarradora: un país empobrecido, sin institucionalidad, sometido al crimen y a la violencia, y abandonado por el sistema internacional, se convierte en un territorio de horror humano. Frente a ello, Cuba encarna la alternativa posible: una pequeña isla bajo constante presión imperial, que no solo sobrevive, sino que se reinventa y reivindica día tras día su derecho a ser soberana y justa.
El antiimperialismo no es una abstracción: es una práctica de resistencia, solidaridad y dignidad. Haití exige una respuesta antiimperialista clara, coordinada y solidaria; mientras Cuba nos da la lección de que resistir no es solo soportar, sino construir.








