Conocí a Armando en el otoño de 1956, en el Café Pelayo, una cafetería cercana al Retiro, donde los martes se celebraba una tertulia literaria. No hay que decir que antifranquista.
En aquellos lejanos años, la literatura social, tanto la novela como la poesía, vivían sus mejores días. Armando, para los más jóvenes, era el glorioso autor de una novela que empezaba a ser mítica, “La mina” (1960) que se ocupa de la vida de los campesinos forzados a convertirse en obreros.
“Nací en Madrid,—escribió—, el 31 de octubre de 1925. A los 20 años, asistí, durante tres, a la Escuela de Ingenieros Industriales, donde cursé estudios para delineante proyectista. Esta es realmente mi profesión de la que he vivido durante tiempo. Mis padres son trabajadores de izquierdas”. (A. Núñez, “Encuentro con A. López Salinas”, “Ínsula”, nº 230, enero 1966).
Yo recuerdo su novela “La mina”, como unas páginas emocionantes. El proletariado de las novelas de Armando lucha por el progreso, pero no de forma general, sino en forma material, para conseguir mejores condiciones de trabajo y vida.
Con su gran bigote, que llevó durante toda su vida, y sus grandes e interrogantes ojos, el autor de “La mina” es uno de los hombres más buenos que he conocido en mi vida. Tanto que algunas señoras le llamaban Jesús o “El Cristo”. Pronto nos hicimos muy amigos y desde aquella lejana fecha hasta su muerte nos vimos mucho y siempre contentos (ambos) de vernos. A lo largo de mi vida política el “dirigente” Armando tomó decisiones sobre mis actividades que, ciertamente, cambiaron mi vida. Él y Tere formaban una pareja que siempre, en cualquier situación, resultaba encantadora.
Armando, con el tiempo, se dedicó mucho más a la política que a la literatura. Siempre luché, en vano, porque volviera a escribir. Durante años mantuvo la idea de escribir una especie de “Primera imagen de…”, tal y como hizo Rafael Alberti con su libro respecto a los escritores que había conocido y tratado, pero en su caso presentando a los líderes del comunismo mundial, pues, algo increíble, como Armando formó parte de la Comisión Internacional del PCE durante muchos años, los había conocido a todos.
Pero como otras cosas, todo quedó en buenas intenciones. El Partido Comunista consiguió un camarada ejemplar, pero la literatura perdió a un gran escritor.
Lo que mucha gente no sabe es que Armando vio de niño, vivió y también escribió, la entrada de las Brigadas Internacionales en Madrid. “Fue entonces, el día 8, cuando llegaron los combatientes de la primera Brigada Internacional”. “Están en Vallecas, van a pasar por la Gran Vía, —dijo alguien en el barrio. Y allí, en la calle Fuencarral, esquina a la Telefónica, fuimos a verles. Eran tres batallones los que desfilaban solemnes, marciales, impecables en sus uniformes, bien armados, franceses y belgas del Batallón Comuna de París, polacos y húngaros, del Dombrowski, alemanes, austríacos, holandeses y escandinavos del Edgar André formaban un todo compacto, disciplinado. Llena de entusiasmo, la vecindad de Madrid rompía en aplausos, en vivas y lloros. Puño en alto se canta la Marsellesa, la Internaciona”. (“La llamada española”. Toledo, 1996).







