Páter Armando

Armando junto a su nieta Alba y la actriz Pilar Bardem | Familia López Balduque
Armando junto a su nieta Alba y la actriz Pilar Bardem | Familia López Balduque

Cómo el personaje del Gatopardo «Hay que cambiar todo para que nada cambie».

No eran ni las 8 cuando el señor Juanito, vigilante de obra se presentaba en casa a comentar con mi padre las noticias que había oído durante la noche, culpando de todo al imperialismo yanqui y qué razón tenía.

Tanta lucha, tantos sueños, para volver al punto de partida. Ahora les toca a otros, pero están adormecidos con las redes sociales, creen que todo de lo que disfrutan ha venido por ciencia infusa, los tienen donde siempre han querido, no piensan que todo se puede perder.

Los mismos de siempre, los que siempre han estado manejando los hilos a lo largo de la historia.

¡Madre mía! Qué dirían ahora los que tanto lucharon y estafaron con la Transición modélica que les y nos vendieron.

Mi padre cumpliría 100 años, novelista, comunista y libertario, luchador de fondo con la palabra, tranquilo, amable, buen conversador, con esa tierna mirada, pero firme, mesándose el bigote mientras explica pausadamente las urdimbres del pasado con el presente, contundente en sus ideas, luchador incansable.

En una palabra, mi padre un hombre digno, ese es mi recuerdo y le añoro.

Victoria (Mavi) López Balduque (hija)

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Han pasado ya más de once años desde el fallecimiento de mi padre, Armando López Salinas.

Transcurridos estos años, él sigue presente en mí como el primer día, pues su recuerdo es imborrable y mis sentimientos hacia su memoria también lo son.

Muchas de las cosas que él decía, anticipaba el turbulento futuro que vendría después y que estamos viviendo ya.

Él hablaba de la posibilidad de la llegada del fascismo por vía parlamentaria como una posibilidad real e inmediata, amparada su llegada en el mal uso de las nuevas tecnologías que se han extendido en los últimos años. Sin duda, esta premonición se está cumpliendo, por desgracia, en numerosos lugares del mundo y también nos acecha aquí.

Mi padre que me decía que él era un soldado de la izquierda, me decía también que la lucha continua es el único camino para hacer frente a ese futuro tan negro. Decía que la batalla que seguro se pierde es la que no se da, es decir que debemos hacer frente a las situaciones adversas y no jugar al avestruz porque, en ese caso, nos comen las bestias pardas, a buen seguro.

También me recordaba que, aunque suene muy duro, la violencia es y ha sido partera de la historia y que este hecho desgraciado, pero evidente, no puede obviarse y que debemos estar preparados y en alerta para esa eventualidad como nos enseña la historia y como lo ven hoy en día nuestros propios ojos al ver o escuchar cualquier informativo diario sobre la actualidad.

En fin, yo no quisiera recordar tan solo a mi padre por su capacidad analítica y premonitoria. Querría recordarle en su faceta humana, como persona y era un ser humano bueno en toda la extensión de esa palabra. Siempre recordaré su cariño y atención hacia su entorno, y hacia mí y los suyos en particular.

Carlos López Balduque (hijo)

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Hace unos años escribí que la figura de Armando López Salinas representaba para muchos de nosotros lo que significó el oráculo de Delfos; una persona que se adelantaba a los acontecimientos sociopolíticos que “padeceríamos” con un extraordinario rigor y acierto.

Fue un grandísimo analista, que ayudó en buena medida a abrir los ojos, a despertar conciencia de clase y también valores éticos desde su estética filosófica, de la que le gustaba hablar al profundizar en los temas de relevante importancia.

Parafraseando a G. Michael Hopf, qué tan viral se ha vuelto en esta era digital, y que a su vez se basa en el fundador de la sociología de Ibn Jaldùn: “Tiempos difíciles, crean hombres fuertes; hombres fuertes, crean tiempos fáciles; tiempos fáciles, crean hombres, débiles; y hombres débiles, crean tiempos difíciles”.

Es una rueda, que me lleva de nuevo a la ineludible cita que nos dábamos la familia en torno a la mesa que a la hora de comer presidía mi abuelo Armando y en la que se hablaba de muchas cosas nada baladíes (por cierto), cómo no de esos hombres y mujeres fuertes que tuvieron que dejarse la piel, y en muchos casos la vida, para conseguir mejores tiempos para que pudiésemos disfrutar de las bondades del estado de bienestar.

Esas conquistas sociales conseguirían que, en no poca medida, nos relajásemos y bajásemos la guardia, dando por sentado, como indiscutibles los derechos conseguidos, especialmente para los colectivos más vulnerables por el sistema capitalista.

Ahora nos encontramos en ese punto en el que gentes relajadas, con las pantallas, móviles y redes sociales y, por ende, desunidas y desinformadas por la que yo llamo “bulología” imperante, puedan traer de vuelta tiempos difíciles.

Es el caldo de cultivo perfecto al que aludían López Salinas y Julio Anguita hablando, por ejemplo, del informe Petras y de la desaparición progresiva de la capacidad de lucha de la juventud, que no está acostumbrada a pelear por sus derechos y libertades (que recordemos no fueron gratis).

Estamos en el punto de no volver al inicio, de releer a nuestros clásicos de cada familia y aprender de ello, de ganar la batalla, desde la educación y la concienciación.

Todo empieza desde casa.

Mi historia personal empezó allí, en la casa de mis abuelos, con Armando como paterfamilias, al que le debo gran parte de lo que soy.

Ahora toca lo de siempre: “no se retrocede, te quedas dónde estás y peleas”.

Alba Perelló Lopez (nieta)

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El centenario del nacimiento de mi abuelo coincide con un tiempo en el que se han perdido gran parte de los valores e ideas que defendió durante toda su vida. Un tiempo el que se retransmite el genocidio en directo, en el que la libertad viene dada por tomar unas cañas o por qué «te guste la fruta»; el fascismo rebrota con fuerza a lo largo y ancho del planeta, y su mensaje de odio cala en sector significativo de la población. Es entonces cuando se vuelve necesario recordar el trabajo que Armando llevó a cabo, con su forma sencilla de explicar las cosas para que el mensaje no se perdiera en un discurso engolado.

Para mí, fue un privilegio aprender de él, recibir sus lecciones, las cuales hoy en día procuro transmitir a mis hijos, ya que ellos son el futuro.

Como dice en las últimas frases de La mina «la vida y el porvenir había que ganarlos día a día, pues los hijos esperaban.

Y ella tenía que ser un huerto de esperanza»

Iván Perelló López (nieto)

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