Hay una palabra que resuena con fuerza inquietante en el debate público actual: «negacionismo». No hablamos de hechos históricos lejanos, sino de una realidad tangible que miles de mujeres viven a diario. Se trata de un movimiento sutil y a la vez brutal promovido por la extrema derecha que pretende, mediante la ridiculización y la minimización, despojar de legitimidad la lucha contra el patriarcado y sus mil violencias.
Este discurso no emerge de la nada. Es una ofensiva estratégica cuyo objetivo último es vaciar de contenido conceptos que costó décadas instalar en la agenda social. Frente al grito desgarrador del feminicidio, la crueldad calculada de la violencia vicaria, la frialdad de la violencia institucional o la humillación de la obstétrica, se alza una voz que nos llama «exageradas». Quieren que el acoso, la trata, la feminización de la pobreza o el ciberacoso dejen de verse como eslabones de una misma cadena opresora. Su meta es silenciar nuestra verdad, convertir nuestro dolor en anécdota y nuestra opresión en una fantasía ideológica.
Las consecuencias de esta narrativa son tan concretas como letales. Lejos de ser un debate académico, el negacionismo desprotege a las víctimas. Cada vez que se cuestiona la raíz machista de la violencia, se envía un mensaje de impunidad a los agresores y se desprotege a las mujeres que buscan ayuda.
Pero quizás el efecto más peligroso es la erosión de la conciencia colectiva, especialmente entre los más jóvenes. Los datos son preocupantes: más del 20% de los jóvenes en España considera ya que la violencia de género «es un invento». Esta cifra, que se ha duplicado desde 2017, no es una casualidad. Es fruto de una campaña negacionista de la desigualdad y de las violencias machistas que está logrando intoxicar el futuro, sembrando escepticismo donde debería crecer una repulsa unánime.
Necesitamos implementar una educación feminista en todas las etapas formativas, la única vacuna capaz de generar una generación inmune al veneno del machismo
Ante este panorama, la respuesta no puede ser solo la indignación, sino la propuesta firme. Es imperativo avanzar en la erradicación de todas las violencias machistas con herramientas concretas. Urge una Ley Integral contra la Trata que ofrezca rutas de escape reales a las mujeres explotadas. Es fundamental garantizar que ninguna mujer, sin importar su situación administrativa, encuentre barreras para acceder a un aborto seguro. Debemos vigilar que los fondos del Pacto de Estado Contra la Violencia de Género se apliquen con rigor y lleguen a donde son necesarios. Y, sobre todo, necesitamos implementar una educación feminista en todas las etapas formativas, la única vacuna capaz de generar una generación inmune al veneno del machismo.
Por eso, este 25 de noviembre trasciende la simbología. No es solo un día para visibilizar el problema, sino para desenmascarar una agenda misógina que se viste de sentido común. Salir a la calle es un acto de defensa propia colectiva. Es la respuesta contundente de una sociedad que se niega a dar marcha atrás, que levanta la voz para exigir, una vez más, lo que nunca debería haber sido cuestionado: vidas libres, dignas y seguras para todas las mujeres. La movilización no es solo una opción; es, en estos tiempos de amenaza de retrocesos, una necesidad.







