“…El mejor cerebro del socialismo italiano fue aquella dulce y fiera mujer, ante la cual no había quien se quedara indiferente, sino admirado, Mussolini incluido”.
Carlo Silvestri, 1947
Si había algo a lo que se temía en un parto durante muchos años en Europa, y especialmente documentado y notorio en el siglo XIX, fue la fiebre o sepsis puerperal (también conocida como fiebre del parto). No solo porque era muy común, con tasas que alcanzaban el 20% en algunos hospitales, sino también el nivel de mortalidad, que llegó al 96% en algunos momentos, convirtiéndose en una de las principales causas de muerte en parturientas.
La causa, en gran medida, era la falta generalizada de higiene y, por supuesto, el desconocimiento de qué son, cuál es el origen y cómo cursan las enfermedades infecciosas. Es bien conocido el papel del médico húngaro Semmelweis, quien luchó por la higiene entre los médicos que asistían a los partos (con poco éxito, hay que reconocer) y de los hallazgos de Pasteur y Lister respecto a la naturaleza de las enfermedades infecciosas.
Sin embargo, y como suele ocurrir, también hubo una mujer que estudió y se implicó en entender el origen de estas fiebres para intentar dar una respuesta que mejorara (y salvara) la vida de miles de mujeres; especialmente, las mujeres de la clase trabajadora.
Anja Rosenstein, nacida en 1855 en Crimea en el seno de una familia acaudalada y con interés en fomentar el estudio, acabó siendo conocida como Anna Kulishova, la revolucionaria anarquista y la doctora de los pobres.
Kulishova destacó pronto por sus buenas dotes para el estudio, lo que llevó a sus padres a potenciar su vida académica tanto a través de tutores como llevándola a estudiar Filosofía a Suiza, a donde se fueron a vivir después de que el Zar de Rusia les expulsara del país. Bien porque la Filosofía no era lo suyo, bien porque la entrada en los círculos y la lucha anarquista acabó absorbiendo todo su tiempo, Anna dejó los estudios, se casó con el también anarquista Macarevich y juntos volvieron a Rusia a formar parte de los grupos revolucionarios anarquistas. Desde este momento y durante varios años la vida de Anna pasó a ser una lucha por evitar la cárcel y difundir sus ideas entre las clases más oprimidas, además de tener momentos duros como la muerte de Macarevich en la cárcel. Vivió en la clandestinidad entre distintas ciudades y países, se unió a grupos revolucionarios de acción directa, vivió con campesinos a los que animaban a unirse a la rebelión, fue arrestada y liberada gracias al escritor Turgenev, fue arrestada de nuevo un par de veces (y en ambas, sí, encarcelada) y, a veces, cantaba en parques para ganarse la vida.
De este intenso periodo le quedó como “recuerdo” del paso por la cárcel, tuberculosis y una grave enfermedad ósea que le acompañaría de por vida. También, una hija, Andreína. Y una fallida relación con su pareja de entonces que era muy progresista, sí, pero machista como el que más.
Así que Anna cogió puerta y se fue a estudiar Medicina: primero en Berna (Suiza) y luego en Nápoles. En 1885 se licenció en la especialidad de ginecología y obstetricia, dispuesta a responder qué mataba a las parturientas.
Si bien es cierto que hacía años ya que se había descubierto el origen infeccioso de la enfermedad, aún estaba en plena investigación descubrir el (o los) agente patógeno. Louis Pasteur apostaba por el estreptococo y nuestra protagonista, una vez aislado y descritas las características de patógenos que causaban las fiebres, proponía que era otro tipo de bacteria. Y ambos tenían razón: son algunos estreptococos y la archiconocida Escherichia coli (a quien ya dedicamos un número) los patógenos más habituales en el origen de la sepsis puerperal.
Es su tesis el único texto científico pero de un indudable interés para que, en unos años, se instauraran las medidas oportunas para evitar esta masacre de mujeres en el posparto.
Anna, quien después de doctorarse, fue a Milán a dedicarse a atender a personas, especialmente mujeres, sin recursos. Y de ahí, el nombre con que fue conocida en la ciudad: la doctora de los pobres.
Para Ana no bastaba garantizar los derechos de las mujeres a estudiar o votar; debían garantizarse los derechos económicos como la igualdad salarial. Planteó un salario para las mujeres por su trabajo en los cuidados
Pero desde luego no fue lo único que escribió y merece la pena detenerse en su carrera política marcada no solo por su compromiso con las clases oprimidas, primero desde el anarquismo y posteriormente desde el marxismo, sino y sobre todo, por su compromiso firme con el feminismo de clase, que la llevó incluso a enfrentarse con compañeras sufragistas por su visión, en demasiadas ocasiones, conservadora en lo político: no bastaba garantizar los derechos de las mujeres a estudiar o votar sino que debían garantizarse los derechos económicos como el derecho a la igualdad salarial, por ejemplo. Todo esto, sin dejar de señalar la doble explotación a la que estaban sometidas las mujeres, en el trabajo y en el hogar. Ojo que llegó a plantear, incluso, la necesidad de garantizar un salario para las mujeres por su trabajo en los cuidados.
¿Y hasta dónde llegó Kulishova?
Llevó al congreso de la Segunda Internacional de 1891, junto con otras compañeras, la inclusión de la lucha por la plena igualdad de hombres y mujeres en todos los programas de los partidos socialistas. Y lo ganaron.
Fue líder indiscutible y miembro fundador del Partido Socialista Italiano junto a su entonces pareja. A quien, por cierto, criticó abiertamente, al igual que al Partido, por no comprometerse realmente con la lucha feminista.
Fundó la revista “La defensa de las Mujeres Trabajadoras” y dirigió, poniendo incluso como redacción su propia casa, “Crítica Social”, la revista del socialismo italiano.
Elaboró una ley de tutela del trabajo infantil y del femenino que llegó a ser aprobada en 1902.
Se implicó activamente en la lucha por el derecho al voto de las mujeres, junto a la sindicalista Maria Goia, promoviendo en 1911 el Comité Socialista por el sufragio femenino. A pesar de conseguir que su Partido incluyera esta propuesta, fue rechazada en la Cámara de los Diputados. Anna no llegó a ver cumplido su objetivo del sufragio universal: las mujeres italianas no pudieron votar hasta el año 1946.
Murió a finales de diciembre de 1925. Los fascistas, en pleno ascenso en aquellos momentos, no perdieron la oportunidad de generar ruido y bronca en su funeral.








