El recuerdo del pasado es promesa de futuro, de porvenir. La estrategia de desestructuración de la memoria colectiva por la extrema derecha es una divisoria abismal de la guerra ideológica contra la justicia, la democracia y toda pedagogía política de la esperanza. Pero no es una cuestión exclusiva del modo trumpista. La velocidad digital del presentismo es lo que tiene. Opera con los jóvenes aspirantes a famosos de la isla de las tentaciones y es recurrente para las llamadas operaciones de paz. Si piensan que la columna de este mes era dedicada al suplemento por todos conocido, lamento desilusionarles. Más bien corresponde escribir a propósito de la pulsión golpista, la vocación contrarrevolucionaria que el diario de referencia viene desplegando, al menos desde 2002, cuando en editorial justificó el golpe de Estado contra Chávez, porque Polanco lo dijo o porque los intereses del Grupo Santillana lo exigían. Y aquí seguimos viendo a diarios y grupos periodísticos supuestamente serios y liberales, justificando la guerra contra Rusia y de nuevo el golpe de Estado en Venezuela. En los últimos años, el objetivo, como ya hiciera con motivo del giro contorsionista de Felipe González, no es solo justificar el terrorismo internacional de la OTAN y la agenda de la Casa Blanca, sino sutilmente asumir el marco discursivo del capital especulativo que, no en vano, forma parte del accionariado de PRISA. Parecen no ser conscientes de la crisis reputacional ni de las lógicas sesgadas de tematización de la agenda pública que amenaza la propia pervivencia de la cabecera en medio del colapso tecnológico y la infodemia. La batalla por la atención debe haber despistado a los editores de El País, acosados por los propietarios rentistas, la competencia de la publicidad en línea y las serias dificultades de sostenibilidad en la era de la Generación Z. El caso es que los adalides del escudo contra la desinformación en la UE son hoy una triste plataforma desfigurada e inconsistente al servicio de los intereses del protectorado que la colonización gringa nos impone.
Critican a Trump pero, como los magnates de las Big Tech, terminan alineándose con la fuerza corporativa de movimientos tipo NRx en su apuesta por la necropolítica y el movimiento ultramontano de restauración o ultratumba para garantizar la imposible recuperación de la tasa de ganancia. Se han dejado seducir por la política de la muerte en forma de licuefacción siliconizada de la nuda vida. La ingeniería de la cosificación, el viejo topo de la historia que alimenta un movimiento soterrado de odio de la cultura plebeya contra las promesas incumplidas de la democracia, vuelve hoy a primar con los señores tecnofeudales de la guerra. No es solo iliberalismo, o un mero programa liberticida, modo Vox, se trata más bien de una transformación sistémica cuyos efectos tectónicos apenas comenzamos a percibir y que Gramsci ya describió magistralmente en los Cuadernos de la cárcel como Estado Corporativo.
Para los plutócratas de Wall Street y Silicon Valley la gestión pública es una cuestión de empresa, el Estado un negocio y los ciudadanos simples accionistas minoritarios
Para los plutócratas de Wall Street y Silicon Valley, tanto monta, monta tanto, la gestión pública es una cuestión de empresa, el Estado un negocio y los ciudadanos simples accionistas minoritarios. Deduzca el lector qué se puede elegir en este marco, si se puede, como presidente. En este juego, la banca siempre gana y, si hubiera dudas de lo contrario, como en la alcaldía de Nueva York, para ello están los medios de adoctrinamiento desinformativo.
El movimiento ideológico contra la ilustración y los valores republicanos de la soberanía popular tiene numerosos voceros que amplifican el marco instalado como sentido común: de Fox News a los GAFAM, de la Casa Blanca a Heritage Foundation, y de Reuters a los medios subalternos del protectorado que, por acción u omisión, no han hecho otra cosa en todo este tiempo que reforzar la deriva restauradora del populismo de derecha, facilitando la instalación de la matriz cognitiva de comprensión de la operación lingüística y performativa por la que nombrar y cambiar la realidad, sea el Golfo de México o la propia idea de paz, es lo mismo. La mutación antropológica que estamos observando es la repetición de la historia como farsa. Así, El País recupera el eslogan del gulag centroamericano, de un presidente condenado por el Irangate y la guerra sucia contra el gobierno sandinista para justificar la campaña de relaciones públicas, que incluye una cobertura maliciosa en línea con lo que el jefe de la diplomacia estadounidense, describe como el sendero autoritario, para atacar al gobierno de Daniel Ortega. Lo mismo podemos decir para el caso de Venezuela. El medio de cabecera de Moncloa incluye a diario noticias que reproducen punto por punto los comunicados de la Casa Blanca sobre el chavismo. Y asume como propios neologismos de los ochenta como narcoguerrilla. Y si el reforzamiento de la propaganda no ha sido suficiente, se utiliza incluso Babelia para dedicar un monográfico en defensa de La Prensa, periódico opositor al sandinismo con entrevistas a Sergio Ramírez, o reseñas sobre América Latina abundando en el relato colonial que no cesa para descalificar a los gobiernos de progreso. Llama en este sentido poderosamente la atención que nunca aparece en las notas referencia alguna a la financiación de la NED y la USAID que impulsan las campañas de desestabilización contra gobiernos soberanistas en la región. Ciertamente, Daniel Ortega no es el heroico combatiente que hizo posible la revolución en los años ochenta, pero lo que sí parece invariable de aquel tiempo a nuestro presente es la estrategia de acoso y derribo del sandinismo de los medios al servicio de los intereses imperialistas así como las operaciones encubiertas contra la revolución bolivariana desplegadas por el Departamento de Estado. En este punto, con independencia de la línea editorial, la consonancia entre El País y ABC es reveladora de la producción del consentimiento, que diría Chomsky. Comparten el régimen del IBEX35 tanto como el aprecio por la democracia inversamente proporcional a la dependencia del oligopolio eléctrico, la banca y los fondos buitre. Ello explica que Babelia y ABC Cultural coincidan sistemáticamente en justificar la guerra ideológica contra Venezuela o Nicaragua. Los mismos que censuraron el 15M, antes cercaron a la Izquierda Unida de Anguita y hoy amparan procesos irregulares contra el Fiscal General del Estado comulgan en la misma procesión de la Santa Alianza. En palabras de Sergio Ramírez, valga la cita como inversión semiótica, informan silenciando la guerra oculta en Colombia contra Petro y el genocidio de los paracos en defensa de la democracia, como les gusta a los editorialistas de El País a propósito de golpistas como Guaidó, nos venden la moto de una premio nobel de saldo y ocasión, y a diario tratan de amedrentarnos con el peligro del oso de Moscú para justificar la escalada militar. En el mundo al revés, la censura aplicada en la Feria del Libro de Madrid es literatura y la cobertura de la noticia de Sergio Ramírez un trabajo cultural. Un relato que sigue punto por punto, las directrices de Washington y la Casa Blanca, se trate de Caracas, el Sáhara, Siria o Iraq. Así que no se extrañen que uno abandone la lectura de diarios y apueste por la poesía dedicando la mañana a leer a Jorge Riechman, El día que dejé de leer “El País”.








