El pasado 15 de febrero se cumplieron 27 años del secuestro en Kenia de Abdullah Öcalan, líder del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Su captura fue fruto de la colaboración con Turquía de la CIA y el Mossad. Una unidad de acción que se mantiene en el tiempo pues sus intereses continúan ligados, a pesar de que Erdogan, presionado por la opinión pública turca, a veces critique a Israel por su genocidio contra los palestinos [1].
El Kurdistán es la patria del pueblo kurdo, repartido entre Turquía, Siria, Irak e Irán, que aglutina a casi 30 millones de personas (más otros 5 millones en Europa), herederas de una cultura milenaria asentada en la península de Anatolia, mucho antes de la llegada de los otomanos. En 1919, en los tratados de paz de París que dieron fin a la Primera Guerra Mundial, se reconocía por primera vez la autodeterminación de los pueblos. Este principio se aplicó en Europa con la creación de Checoslovaquia, Yugoslavia, Hungría y Austria sobre las ruinas del antiguo Imperio Austro-húngaro, pero no se aplicó en los territorios perdidos por el también derrotado Imperio Otomano. Los Jóvenes Turcos, liderados por Ataturk se hicieron con el poder creando la nueva república de Turquía laica y occidentalizada, no permitiendo la creación del estado kurdo previsto en el tratado de Sevres, firmado por Francia, Gran Bretaña y el imperio turco.
El resto del imperio fuera de la península de Anatolia fue repartido entre las potencias coloniales victoriosas: Gran Bretaña (actuales Irak, Kuwait, Jordania e Israel) y Francia (actuales Líbano y Siria). Desde entonces se han producido distintos levantamientos kurdos en cada estado, coincidentes con periodos de represión hacia su cultura en Turquía, Siria, Irak e Irán. El PKK fundado por Abdullah Öcalan en 1978 inició un levantamiento guerrillero en el Kurdistán turco para liberar a su pueblo, lo que provocó su persecución por Turquía y posterior exilio, que culminó con su detención en 1999 en Nairobi. Trasladado a Turquía, desde entonces permanece aislado en una prisión en la isla de Imrali en el mar de Mármara, donde durante muchos años fue el único preso. Tampoco el Estado turco ha cumplido con su obligación como miembro del Consejo de Europa de implementar el derecho a la esperanza, que tienen todos los presos después de 25 años de encarcelamiento.
A pesar del aislamiento, Öcalan ha realizado una gran labor intelectual con el planteamiento del confederalismo democrático como alternativa al capitalismo, que promueve el desarrollo de los pueblos y una solución a los conflictos de Oriente Medio donde conviven distintas etnias, culturas y religiones. Estas ideas fueron puestas en práctica en Rojava, la franja norte de Siria, fronteriza con Turquía e Irak, en la que predomina la población kurda, junto a árabes, asirios, armenios, yazidíes… Allí se estableció en 2012 la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria, en el marco del levantamiento de la población siria contra el gobierno de Al Asad, iniciado en 2011. Los principios ideológicos de esta revolución democrática son el ecologismo y el feminismo, junto a la convivencia y respeto mutuo de todas las etnias y culturas que habitan el territorio. Organizaron su autodefensa con milicias cívicas, entre las que destacó la creación de las YPJ, milicias específicas de mujeres, que nos recuerdan a nuestras milicianas de 1936.
En 2015 el crecimiento y expansión del Estado Islámico (EI) desde el norte de Irak hacia Siria puso el foco internacional en Rojava porque allí fue frenado el Daesh en Kobane por las milicias kurdas —YPJ e YPG—, apoyadas por la coalición internacional. Lo que significa que los kurdos fueron fundamentales en el freno y posterior derrota del Estado Islámico. Pero los intereses de Turquía (integrante de la OTAN y aliado estratégico de USA en la zona, junto con Israel), siempre han sido contrarios a todo protagonismo kurdo. Por tanto, la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria, ejemplo democrático de convivencia multiétnica, liderado por los kurdos nunca ha sido bien vista por Erdogan. En 2025, ante el abandono de Rusia a Al Asad, los intereses de Turquía, Israel y Estados Unidos (con la aprobación de la Unión Europea) llevaron al poder al antiguo líder yihadista en busca y captura por USA, Al Shaara. El gobierno interino de Siria, inicialmente respetó la autonomía de Rojava, pero a partir de enero de 2026 comenzó el ataque militar al territorio autónomo para Liquidar una experiencia democrática de convivencia que corría el peligro de extenderse a otros países. Pero además ha liberado a gran parte de los militantes del EI que estaban presos, custodiados por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS, integradas por las YPJ e YPG kurdas y unidades árabes y de otros pueblos).
Este nuevo resurgimiento del islamismo que ellos mismos ayudaron a crecer, quieren utilizarlo contra las fuerzas socialistas en la región, principalmente el Movimiento de Liberación del Kurdistán. El próximo 27 de febrero hará un año del «Llamamiento por la Paz y la Sociedad Democrática» lanzado por Öcalan desde la cárcel, por el que el movimiento de liberación de Kurdistán entró en una nueva fase estratégica: la «Guerra Revolucionaria del Pueblo» fue reemplazada por la «Política Democrática». El objetivo de esta estrategia es hallar soluciones políticas y pacíficas en las cuatro partes del Kurdistán, principalmente en Turquía y Siria. Durante el último año, hemos sido testigos de la determinación del Movimiento de Liberación de poner fin a 40 años de lucha armada (disolución del PKK, destrucción de armas y retirada de los frentes de combate) y a centrarse en la lucha política, que siempre ha estado presente desde los primeros diálogos entre el gobierno de Turgut Özal y el PKK en 1992. Que no se haya llegado a un acuerdo hasta la fecha debe ser responsabilidad de las distintas fuerzas, dentro y fuera del Estado turco, que se han beneficiado de este conflicto.
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