Cuba será el muro de resistencia donde se estrelle el nazifascismo del siglo XXI

La Unidad en la lucha nos lleva a la Victoria
Imagen de Cuba vía satélite. – Fuente: Wikimedia Commons CC 2.0

En la Historia, la que se escribe con mayúsculas, hay metáforas que iluminan el presente con una fuerza que ningún discurso diplomático puede igualar. Numancia y Leningrado son dos de ellas. Dos ciudades sitiadas, dos símbolos, dos finales diferentes, que hoy pueden resonar en el mapa político del siglo XXI.

La historia ofrece dos imágenes poderosas para pensar el presente. Por una parte tenemos, en la Antigüedad, a Numancia, que quedó grabada como el símbolo extremo de un pueblo cercado con la pretensión de que la resistencia se derrumbe no por la fuerza de las armas, sino por la imposibilidad de vivir. En el siglo XX, Leningrado encarnó lo contrario, una ciudad sometida a un cerco brutal que, lejos de rendirse, se convirtió en el punto donde se quebró la maquinaria de guerra que pretendía aplastarla.

Desde 1959, las administraciones de los Estados Unidos han impuesto un bloqueo económico, financiero y político cuyo objetivo era, según sus propios documentos, debilitar el apoyo del pueblo cubano a la Revolución. Donald Trump, consciente de la incapacidad de los Estados Unidos para conseguir ese objetivo de doblegar la voluntad del pueblo cubano en la defensa de su dignidad y su capacidad para decidir su futuro sin imposiciones externas, ha decidido pasar del duro bloqueo al cerco total de la isla para asfixiar a Cuba hasta forzar su rendición.

No se trata de una disputa ideológica abstracta, sino de una estrategia de exterminio: cortar suministros, bloquear ingresos, perseguir transacciones, castigar a terceros países que cooperaran con la isla, hasta convertir a Cuba en una Numancia moderna, aislada, empujada al límite, obligada a elegir entre la capitulación o un colapso total que impida la vida.

Pero la historia también nos enseña que los cercos no siempre cumplen el destino que sus sitiadores imaginan, y frente a quienes han querido hacer de Cuba la Numancia del siglo XXI, somos millones quienes desde dentro y fuera de la isla proclamamos que Cuba no está llamada a repetir la tragedia numantina, sino que, por el contrario, va a convertirse en la Leningrado del siglo XXI, una ciudad sitiada que no solo resistió, sino que transformó el cerco en un punto de inflexión, en el lugar donde se estrelló la maquinaria que pretendía aniquilarla.

Porque Leningrado no cayó, resistió con creatividad, dignidad y convencimiento en la posibilidad de victoria, y esa resistencia no solo cambió el curso de la guerra, cambió el curso de la Historia, transformando un acto heroico en un acto de trascendencia histórica.

Hoy, en un momento en el que frente al cerco que pretende hacer de Cuba una nueva Numancia, la solidaridad internacional se activa desde la acción de gobiernos amigos, redes de cooperación Sur-Sur, redes culturales, alianzas políticas, sindicales, de movimientos sociales que rechazan los castigos colectivos como herramienta de presión, demostrando que ningún cerco es absoluto cuando existe voluntad de romperlo, que ningún bloqueo es invencible cuando desde dentro se resiste y desde fuera otros pueblos deciden no mirar hacia otro lado.

Desde esta determinación, lo que Trump quiso convertir en una Numancia destinada a caer, se convierte en un Leningrado donde se frustre la ofensiva geopolítica nazifascista, autoritaria, coercitiva y profundamente inhumana que pretende condenar a muerte a quienes no se someten a los intereses del imperio.

Cuba aparece en este momento como víctima, pero también como frontera de resistencia, como territorio donde se demuestra que un pueblo puede resistir la presión criminal del nazifascismo internacional sin renunciar a su soberanía y a su dignidad.

El Convoy de la Solidaridad que arriba a la isla estos días está dejando claro que Cuba no enfrenta el cerco sola, demostrando que cuando un pueblo sitiado recibe apoyo, cuando la solidaridad rompe el aislamiento, cuando la dignidad se convierte en política de Estado y en elemento que une desde dentro y fuera de la isla a quienes defienden un mundo más justo y solidario, la historia se inclina hacia el lado de quienes tienen la razón histórica.

El siglo XXI está escribiendo sus propias referencias históricas, y Cuba se convierte en un lugar donde se demuestra que ningún imperio, por poderoso que sea, puede cercar la voluntad de un pueblo decidido a no rendirse, ni puede detener una solidaridad internacional dispuesta a compartir la lucha con esos pueblos heroicos que siguen haciendo historia en defensa de su propia soberanía.

Hoy más que nunca, la solidaridad es la ternura de los pueblos y la demostración de que la unidad en la lucha nos lleva a la victoria.

(*) Presidente Partido Comunista de España; vicepresidente Partido Izquierda Europea

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