“Nosotros teníamos algo que no tenía nadie: la fe en el Partido, más fuerte que la fe en Dios. Creíamos que la historia estaba de nuestra parte. Y además siempre confiamos en nuestros amigos de la Estrella Polar”. (Raúl del Pozo, de su novela “El Reclamo”)
Cuando aparecí por Mundo Obrero, hacía 1986, el bullicio de los jueves por la tarde (día de cierre) era importante, los colaboradores pasaban por la redacción a entregar sus materiales y, aún siendo un semanario con problemas, hoy quisieran muchos medios una tirada de aquellos 60.000 ejemplares. Tardé algún tiempo en saber que la columna firmada por un tal Raúl Júcar, en realidad la escribía mayormente Raúl del Pozo, y lo explico así porque el periodista y escritor que se glosa en esta columna, ya entonces era una firma muy reclamada y su disposición de tiempo a veces se veía muy limitada, lo que llevaba a que otro compañero de confianza acercase sus escritos. Sobra decir que la presencia de Raúl en la mancheta de la revista era un orgullo para todos quienes formábamos la amplia familia de Mundo Obrero.
Bien, como sabemos, Raúl del Pozo ha fallecido y con él se va una firma de referencia que ha transitado por las páginas del periodismo español en las últimas décadas. Curioso que la anterior columna de “El tren de la memoria” fuese la dedicada a Gregorio Morán, otro autor célebre (igualmente discutido) que dejó en las páginas de nuestra publicación el recuerdo de su presencia; no todas las cabeceras han dispuesto a lo largo de su historia con nombres de esa categoría. Acerca de Raúl del Pozo se han dicho muchas cosas, de entre las cuales probablemente la más valiosa para nosotros, para estas páginas, han salido de la pluma de Felipe Alcaraz, otro clásico “inevitable” (con poemario nuevo, por cierto).
A Felipe recurro, quizás buscando el amparo de los intocables: “Muere Raúl del Pozo y en el obituario de su periódico [El Mundo] no dice que fue afiliado del Partido Comunista y colaborador de Mundo Obrero bajo la firma de Raúl Júcar. Deslumbrante como amigo, alegre y vividor. Regular como camarada, ya que la vida de un militante era para él en blanco y negro. Llevó su escepticismo con una gran elegancia y un día que le pedí la firma en nombre del PCE me cantó un bolero: ‘Si tú me dices ven, lo dejo todo’“. Me atrevo a añadir, sabido es que la democracia de este “país de países” llamado España no premió a los valientes, que eran Suárez y Carrillo, sino a los que lograron convertir su cuerpo a tierra de aquel 23F en un episodio dopado de épica y, a la postre, de práctica posibilista. “Bueno —dijo Raúl en algún momento posterior—, el primero que se tiró al suelo fui yo”. Por todo lo que ha vivido desde entonces, podemos colegir que no estaba de Dios que fuera aquel lance su última timba periodística…
Prescindiendo de otros datos biográficos harto expuestos en gacetillas y cajas tontas, el tipo al que cierto día en la barra del café Gijón, un Umbral tan hambriento como él, le dio el queo con el que ganar cuatro perras gordas haciendo pies de fotos; a fuerza de mezclar vida y obra fue construyendo la encarnadura de un personaje que bien podría haber sido fecundado en la imaginación de un cantor a lo Rubén Blades: “Mientras camina, pasa la vista de esquina a esquina”. Ahora, finalizado el recorrido de nuestro hombre de Cuenca (1936/2026), hombre de letras y de vicios, confidente del emérito y comunista, amigo de sus amigos y otro tanto de sus enemigos, quizás lo mejor, lo más objetivo, que pueda concluirse de ese trasiego feraz por el submundo del hampa y los borbones, sea la verdad emotiva de las buenas propinas que daba Raúl a los camareros y limpiabotas, incluso en sus peores noches de casino. De alguna forma, a pesar de los devaneos, un instinto primordial le impedía romper con el vínculo amniótico que le unía a los subalternos del Gran Café, pues en el fondo no eran sino el vivo recuerdo de aquellos maquis con los que a veces topaba, en el camino de su casa a la escuela de Mariana (Cuenca).
Lo anterior, en palabras de Alcaraz escritas en Mundo Obrero allá por 2020: “Es como una música de fondo, el pentimento de realidades de otro tiempo que no terminan de desvanecerse, de las que no termina de arrepentirse…” Buen viaje, Raúl, si le ves por ahí saluda a Plutarco, ya sabes que es de los tuyos: “Disfrutar de todos los placeres es insensato; evitarlos, insensible”.








