1.-¿Cuántas veces ha visitado China? Durante este viaje, ¿qué cambios le han impresionado más? ¿Hubo alguna ciudad, empresa, comunidad o detalle cotidiano de la gente común que le hiciera percibir la velocidad del desarrollo de China en estos años? ¿Cómo interpreta la sensación de estabilidad y confianza en el futuro que transmite actualmente la sociedad china?
Esta ha sido mi primera visita a China y, sinceramente, ha supuesto una experiencia extraordinariamente enriquecedora. Me ha brindado la oportunidad de observar de primera mano la realidad de tres ciudades muy emblemáticas de la China actual, cada una de ellas representativa de dimensiones distintas pero complementarias del proceso de desarrollo del país.
Beijing, como capital de la República Popular China, es el gran centro político donde se articulan las decisiones estratégicas que orientan el desarrollo nacional. Allí me impresionó especialmente la visita al Museo de la Historia del Partido Comunista de China. Se trata de un espacio que, de una forma muy pedagógica, accesible y también emocionante, explica más de cien años de historia de un partido que ha desempeñado un papel decisivo en la transformación de China. Para cualquier persona interesada en comprender la China contemporánea, es una visita de enorme valor.
Shenzhen representa otra dimensión fundamental. Es un ejemplo extraordinario de cómo la innovación, la planificación y el desarrollo tecnológico pueden transformar una región en apenas unas décadas. Lo que allí se observa no es únicamente crecimiento económico, sino la construcción de una capacidad científica, industrial y tecnológica que ha situado a China entre los grandes referentes mundiales de la innovación. Shenzhen muestra con claridad cómo se define la modernidad en el proceso de construcción del socialismo con características chinas.
Por su parte, la visita a Jieyang me permitió conocer una realidad diferente pero igualmente importante. Allí pude apreciar cómo el desarrollo económico convive con la preservación de las tradiciones culturales, la identidad local y los valores comunitarios. Me pareció un ejemplo muy interesante de cómo China está siendo capaz de avanzar hacia la modernización sin renunciar a su rica herencia histórica y cultural.
Como es mi primera visita, no puedo realizar una comparación directa con experiencias anteriores. Sin embargo, sí puedo afirmar que llegué a China con unas expectativas muy elevadas, construidas a partir de años de estudio, de seguimiento de su evolución y de diálogo con personas que conocían bien el país. La realidad no solo ha confirmado esas expectativas, sino que las ha superado ampliamente.
Si tuviera que destacar una impresión general de este viaje, señalaría la capacidad de China para integrar modernidad y tradición, desarrollo económico y cohesión social, innovación tecnológica y bienestar colectivo. También ha sido muy valioso el contacto directo con ciudadanos y con cuadros del Partido Comunista de China, porque me ha permitido comprender mejor la lógica de un modelo de desarrollo que concede una gran importancia a la estabilidad, la justicia social y la mejora constante de las condiciones de vida de la población.
Precisamente ahí encuentro una de las claves para entender la sensación de confianza en el futuro que transmite la sociedad china. Esa confianza se fundamenta en transformaciones reales y visibles que cientos de millones de personas han experimentado en sus propias vidas y en las de sus familias. Cuando una sociedad observa que cada generación vive mejor que la anterior, que existen proyectos de largo plazo y que el desarrollo se traduce en beneficios tangibles para la población, se genera una percepción de estabilidad y de optimismo que resulta muy significativa. Esa ha sido, sin duda, una de las impresiones más profundas que me llevo de China.
2.- A lo largo de esta visita, ¿hubo algún momento que le emocionara especialmente a nivel personal? ¿O, por ejemplo, conversaciones con ciudadanos, la actitud de los jóvenes, escenas relacionadas con la tecnología o experiencias de gestión comunitaria y gobernanza local?
Ha habido varios momentos a lo largo de esta visita que me han resultado especialmente emotivos y satisfactorios a nivel personal. Si tuviera que destacar algunos, comenzaría sin duda por la visita al Museo de la Historia del Partido Comunista de China.
Fue una experiencia verdaderamente impresionante. A lo largo de un recorrido de varios kilómetros y durante varias horas, uno tiene la sensación de recorrer y, en cierto modo, vivir en primera persona algunos de los momentos más importantes de la historia contemporánea de China. Allí se puede comprender la enorme magnitud de los desafíos que afrontó el pueblo chino, la lucha por la soberanía nacional, la resistencia frente a la agresión extranjera, la lucha contra el fascismo y la ocupación japonesa, así como el largo proceso de construcción de la República Popular China.
Lo que más me impresionó fue comprobar cómo toda esa historia se presenta vinculada a un objetivo constante: mejorar las condiciones de vida de las grandes mayorías populares, de los trabajadores, de los campesinos y de las capas más humildes de la sociedad. La historia deja de ser una sucesión de fechas o acontecimientos para convertirse en la historia concreta de millones de personas que, generación tras generación, han ido conquistando mayores niveles de bienestar, dignidad y oportunidades. Fue una visita que me emocionó profundamente.
También tuvo para mí una gran importancia la visita a la Universidad del Pueblo de China. Como institución académica de referencia, desempeña un papel fundamental en la formación de cuadros y en el estudio del marxismo y del socialismo con características chinas. Poder conocer de cerca ese trabajo intelectual y formativo, intercambiar impresiones y observar cómo se reflexiona sobre los retos presentes y futuros del país fue una experiencia de enorme interés. Allí se percibe con claridad la importancia que China concede a la formación, al estudio y al desarrollo teórico como herramientas para afrontar los desafíos de una sociedad en permanente transformación.
Pero probablemente los momentos más significativos fueron los que surgieron en el contacto directo con la ciudadanía. A lo largo de estos días he mantenido numerosas conversaciones con personas de distintas generaciones y procedencias, y hubo un elemento que aparecía una y otra vez: la percepción de que la mejora de las condiciones de vida no es una idea abstracta, sino una realidad tangible que forma parte de la experiencia de millones de familias.
Muchas personas explicaban cómo sus abuelos vivieron en condiciones muy difíciles, marcadas por la pobreza y la inseguridad; cómo sus padres conocieron una etapa de mejora y progreso; y cómo su propia generación disfruta hoy de niveles de bienestar, educación, oportunidades y calidad de vida que habrían sido difíciles de imaginar hace apenas unas décadas. Escuchar esos testimonios resulta especialmente revelador porque permiten comprender el impacto real de las políticas públicas sobre la vida cotidiana de la gente.
Esa es quizá una de las lecciones más importantes que me llevo de China. La política no puede ser únicamente un debate teórico o un conjunto de buenas intenciones. La política debe medirse por su capacidad para mejorar de forma concreta la vida de las personas. Cuando los ciudadanos perciben que los esfuerzos colectivos se traducen en mejores viviendas, mejor educación, mejores infraestructuras, más oportunidades y una mayor seguridad para el futuro, se fortalece la confianza social y se consolida un proyecto compartido.
Por eso me ha emocionado especialmente comprobar que, más allá de los impresionantes avances tecnológicos, económicos o industriales, existe una percepción ampliamente extendida de que el desarrollo del país ha estado orientado a elevar las condiciones de vida de la población. Esa convicción, expresada por la propia ciudadanía, constituye probablemente una de las impresiones más profundas y valiosas que me llevo de esta visita.
3.-Actualmente, la modernización china despierta gran interés en la comunidad internacional. Desde su punto de vista, ¿qué enseñanzas puede aportar el camino de desarrollo de China al mundo actual, especialmente a la izquierda europea? Por otra parte, ¿cómo valora los logros alcanzados por China en ámbitos como la reducción de la pobreza, el desarrollo industrial o las infraestructuras? Asimismo, Europa afronta hoy desafíos como el estancamiento económico, la fragmentación social o la ansiedad entre los jóvenes. ¿Qué aspectos de la experiencia china considera que merecen una reflexión más profunda en Europa?
Lo primero que me gustaría señalar es que la experiencia china y el proceso de construcción del socialismo con características chinas para una nueva era no son exportables mecánicamente a otros países. Cada pueblo tiene su propia historia, sus condiciones concretas, su cultura y sus propios desafíos. Sin embargo, precisamente por los extraordinarios resultados alcanzados por China, esta experiencia debe ser objeto de estudio y reflexión para todas las personas que aspiramos a construir sociedades más justas, más desarrolladas y más igualitarias.
Nadie puede ignorar que estamos ante uno de los procesos de transformación económica y social más importantes de la historia de la humanidad. Los avances logrados en el desarrollo productivo, la industrialización, la innovación tecnológica, las infraestructuras, la educación, la salud y la mejora de las condiciones de vida de la población constituyen una realidad objetiva que merece ser estudiada con rigor y sin prejuicios.
Ahora bien, sería un error tratar de explicar estos resultados a través de una única causa. El éxito de China responde a una combinación de factores que han sabido integrarse de manera creativa a lo largo de décadas. Por supuesto, existe un núcleo, una columna vertebral fundamental del marxismo y del leninismo, pero no desde una visión dogmática, rígida o cerrada, sino desde una aplicación dinámica y creadora de estas herramientas para comprender la realidad y transformarla.
Al mismo tiempo, resulta imposible entender la China contemporánea sin tener en cuenta la profunda influencia de las grandes tradiciones del pensamiento chino. Figuras como Confucio, las enseñanzas estratégicas de Sun Tzu y otras corrientes históricas del pensamiento tradicional chino forman parte de una herencia intelectual que ha contribuido a configurar una visión de largo plazo, una cultura de la planificación y una concepción de la armonía social que siguen teniendo relevancia en la actualidad.
A ello hay que añadir las aportaciones realizadas por sucesivas generaciones de dirigentes. La contribución de Mao Zedong a la liberación nacional y a la fundación de la República Popular China, las reformas y la apertura impulsadas por Deng Xiaoping, los avances promovidos durante las etapas de Jiang Zemin y Hu Jintao, y el importante impulso que está representando el liderazgo y el pensamiento del secretario general Xi Jinping forman parte de un proceso histórico acumulativo que ha permitido a China alcanzar niveles de desarrollo sin precedentes.
Los resultados están a la vista. En 2021 China anunció la erradicación de la pobreza extrema, culminando un proceso que permitió sacar de la pobreza a cerca de 800 millones de personas. Se trata de una de las mayores conquistas sociales de la historia contemporánea. Del mismo modo, China ha dejado de ser únicamente una gran plataforma manufacturera para convertirse en una potencia de primer nivel en investigación, desarrollo e innovación, en ciencia y tecnología, en infraestructuras avanzadas y en sectores estratégicos de la economía mundial.
Todo ello ha sido posible gracias a una característica que considero especialmente relevante: la capacidad de planificación estratégica. En China nada importante se deja a la improvisación. Existe una visión de país articulada mediante objetivos a largo plazo, planes quinquenales y metas concretas que permiten coordinar recursos, evaluar resultados y corregir desviaciones. La culminación de la construcción de una sociedad modestamente acomodada en todos los aspectos en 2020, los objetivos fijados para 2035 y las metas proyectadas para mediados de siglo reflejan una forma de gobernanza basada en la anticipación y la planificación.
Pero la experiencia china no ofrece enseñanzas únicamente en el terreno económico. También resulta especialmente relevante su apuesta por el multilateralismo, por el respeto al derecho internacional, por la cooperación mutuamente beneficiosa entre los Estados, por la defensa de la soberanía nacional y por la búsqueda de soluciones políticas y diplomáticas a los conflictos internacionales. Son principios que adquieren una importancia creciente en un mundo marcado por las tensiones geopolíticas y la incertidumbre.
Desde la perspectiva europea, creo que hay numerosas cuestiones que merecen una reflexión profunda. Europa atraviesa una etapa caracterizada por dificultades económicas, fragmentación social, pérdida de confianza en las instituciones y una creciente incertidumbre entre las nuevas generaciones respecto a su futuro. Cada vez más jóvenes son conscientes de que vivirán peor que sus padres, algo que durante décadas parecía impensable.
Frente a esa realidad, la experiencia china invita a reflexionar sobre la importancia de la planificación estratégica, de la inversión productiva, del desarrollo científico y tecnológico, de la defensa de la soberanía económica y de la necesidad de que la política recupere su capacidad para orientar el desarrollo en beneficio de las grandes mayorías sociales.
A mi juicio, una de las diferencias fundamentales entre la situación de China y la de la Unión Europea es que en China el desarrollo económico aparece estrechamente vinculado a objetivos sociales concretos, mientras que en Europa observamos con demasiada frecuencia políticas subordinadas a intereses financieros o a estrategias geopolíticas ajenas a los intereses de sus propios pueblos.
Por eso considero que la experiencia china constituye hoy una referencia de enorme valor para quienes creemos que el desarrollo económico debe estar al servicio del bienestar colectivo, que la soberanía nacional es un elemento esencial para el progreso de los pueblos y que la cooperación, la paz y el beneficio mutuo deben ser los principios que orienten las relaciones internacionales en el siglo XXI.
4.- ¿Cómo entiende la diferencia entre la capacidad de planificación a largo plazo del Partido Comunista de China y la lógica política de ciclos cortos predominante en Occidente? ¿O cree que existe todavía una brecha de percepción o comprensión sobre China dentro de las sociedades europeas?
Creo que una de las características más importantes y fructíferas del socialismo con características chinas es precisamente su extraordinaria capacidad de planificación estratégica. Durante esta visita he podido comprobar que detrás de cada gran avance existe una visión de largo plazo, una definición clara de objetivos y una enorme capacidad para coordinar esfuerzos en torno a metas compartidas.
En China nada importante se deja a la improvisación. Por supuesto, existe la flexibilidad necesaria para adaptarse a circunstancias cambiantes, corregir errores o responder a nuevos desafíos, pero esa flexibilidad se desarrolla siempre dentro de una estrategia general claramente definida. Esa combinación entre planificación y capacidad de adaptación constituye, a mi juicio, una de las grandes fortalezas del modelo chino.
Un ejemplo muy ilustrativo es Shenzhen. Hace apenas unas décadas era una pequeña localidad de pescadores y hoy es una de las ciudades tecnológicas más avanzadas del mundo, un referente internacional en innovación, investigación y desarrollo industrial. Transformaciones de esta magnitud no son fruto de la casualidad. Son el resultado de décadas de planificación, de inversión sostenida, de formación de talento, de construcción de infraestructuras y de una visión estratégica mantenida en el tiempo.
Cuando observo la realidad europea encuentro una situación muy diferente. Con demasiada frecuencia predominan los ciclos políticos cortos, vinculados a calendarios electorales inmediatos. Se ponen en marcha proyectos que son modificados, paralizados o incluso eliminados cuando cambia un gobierno. En muchas ocasiones no existe una visión compartida de país a veinte o treinta años vista, y eso dificulta enormemente afrontar los grandes desafíos económicos, tecnológicos y sociales de nuestro tiempo.
Pero existe otro aspecto que considero incluso más importante. En China, los procesos de evaluación de los planes, programas y políticas públicas se encuentran estrechamente vinculados a los resultados obtenidos en la vida de la población. La cuestión fundamental es si las medidas adoptadas han contribuido a mejorar las condiciones de vida del pueblo, si han ampliado las oportunidades, reducido las desigualdades o fortalecido el bienestar colectivo.
Esa forma de evaluar los resultados me parece especialmente relevante. Al final, la legitimidad de cualquier proyecto político debe medirse por su capacidad para mejorar la vida de las personas. La política no puede convertirse en un fin en sí mismo; debe ser una herramienta al servicio del desarrollo humano, de la justicia social y del bienestar colectivo.
En Europa, por el contrario, con frecuencia observamos que los principales indicadores utilizados para valorar el éxito de las políticas son indicadores macroeconómicos o financieros que no siempre reflejan la realidad cotidiana de la ciudadanía. Puede haber crecimiento económico y, al mismo tiempo, aumentar la precariedad, la incertidumbre o las dificultades para acceder a una vivienda, a un empleo estable o a servicios públicos de calidad. Esa desconexión entre los indicadores y la experiencia real de la población constituye uno de los grandes problemas que afrontan actualmente muchas sociedades occidentales.
Respecto a la percepción de China en Europa, creo que todavía existe una importante brecha de conocimiento. Durante años se ha desarrollado una intensa campaña mediática y propagandística que ha tratado de presentar una imagen simplificada y distorsionada de China, reduciendo una realidad extraordinariamente compleja a una serie de estereotipos que no permiten comprender lo que realmente está ocurriendo en el país.
Sin embargo, tengo la impresión de que esa brecha se está reduciendo progresivamente. La realidad es siempre más fuerte que los prejuicios. Cada vez más ciudadanos europeos observan los avances tecnológicos, industriales, científicos y sociales alcanzados por China y se preguntan qué elementos explican esos resultados.
También perciben que China ha conseguido mantener niveles de estabilidad, crecimiento y mejora de las condiciones de vida que contrastan con algunas de las dificultades que atraviesan actualmente muchas sociedades occidentales. Eso está generando un interés creciente por conocer mejor la experiencia china y por comprender las claves de su desarrollo.
No creo que el futuro pase por copiar modelos ajenos, pero sí por estudiar con honestidad aquellas experiencias que han demostrado su capacidad para generar prosperidad, estabilidad y bienestar para amplias mayorías sociales. Y en ese sentido, considero que la experiencia del socialismo con características chinas para una nueva era constituye una referencia de enorme interés para cualquier persona que quiera reflexionar seriamente sobre los desafíos del siglo XXI.
5.- En un contexto internacional cada vez más complejo e incierto, ¿cómo valora el papel que desempeña China en los asuntos internacionales, en particular, en cuestiones como el multilateralismo, la oposición a las sanciones unilaterales y la defensa del desarrollo pacífico? ¿Cómo cree que Europa debería construir una relación más independiente, equilibrada y racional con China?
En un contexto internacional caracterizado por crecientes tensiones geopolíticas, conflictos armados, incertidumbre económica y desafíos globales de enorme magnitud, considero que China está desempeñando un papel cada vez más relevante como factor de estabilidad, cooperación y desarrollo.
Uno de los aspectos que más valoro es su firme defensa del multilateralismo y del sistema internacional basado en la Carta de las Naciones Unidas. Frente a tendencias unilaterales que han tratado de imponer soluciones mediante la presión económica, las sanciones extraterritoriales o incluso la fuerza militar, China ha defendido de manera consistente la necesidad de resolver las diferencias a través del diálogo, la negociación y el respeto al derecho internacional.
También considero especialmente importante su oposición a las sanciones unilaterales y a las medidas coercitivas que se aplican al margen de los mecanismos multilaterales reconocidos internacionalmente. La experiencia demuestra que este tipo de políticas suelen generar sufrimiento entre las poblaciones civiles, dificultan el desarrollo de los países afectados y contribuyen a aumentar las tensiones internacionales. Por el contrario, la cooperación, el diálogo y el beneficio mutuo ofrecen caminos mucho más eficaces para construir relaciones estables y duraderas entre los pueblos.
Asimismo, resulta especialmente significativa la defensa que China realiza del desarrollo pacífico. En un mundo donde todavía existen quienes consideran la confrontación como un instrumento legítimo para preservar posiciones de poder, China ha apostado por una visión basada en la cooperación económica, la conectividad, el intercambio tecnológico y el desarrollo compartido. Esa orientación constituye una aportación muy valiosa para la construcción de un orden internacional más equilibrado y más justo.
En este sentido, considero muy positivas las recientes visitas de diversos líderes europeos a China. Estas iniciativas reflejan una comprensión cada vez más extendida de que Europa necesita desarrollar relaciones internacionales más equilibradas, diversificadas y basadas en sus propios intereses estratégicos. El fortalecimiento de las relaciones entre Europa y China puede contribuir de manera decisiva a afrontar desafíos globales como el cambio climático, la seguridad energética, la transformación digital, la transición ecológica o la reforma de las instituciones internacionales.
Desde la posición que defendemos en el Partido Comunista de España, y también desde nuestra responsabilidad como parte del Gobierno de España, creemos que el diálogo y la cooperación constituyen herramientas esenciales para avanzar hacia un mundo multipolar, más equilibrado y más justo. Consideramos que Europa debe apostar por una relación constructiva con China, basada en el respeto mutuo, la igualdad soberana de los Estados y la búsqueda de soluciones compartidas a los grandes problemas que afectan a la humanidad. Además, desde dentro del propio Gobierno estamos trabajando para impulsar políticas y espacios de entendimiento que contribuyan a fortalecer esa cooperación y a consolidar una agenda internacional basada en la paz y el beneficio mutuo.
La reciente visita del presidente Pedro Sánchez a la República Popular China puso de manifiesto importantes espacios de entendimiento entre ambos países. España y China comparten la defensa del multilateralismo, el fortalecimiento del papel de las Naciones Unidas y la necesidad de impulsar una gobernanza global más representativa, inclusiva y equitativa. Son coincidencias especialmente relevantes en un momento histórico en el que resulta imprescindible reforzar los mecanismos de cooperación internacional.
Por nuestra parte, defendemos una política exterior basada en la paz, la solidaridad, el respeto a la soberanía de los pueblos y la no injerencia en los asuntos internos de otros Estados. Consideramos que las relaciones internacionales deben orientarse al beneficio mutuo, al desarrollo compartido y a la búsqueda de soluciones que favorezcan el bienestar de las grandes mayorías.
España puede desempeñar un papel positivo en este proceso. Por su tradición de diálogo, por sus relaciones históricas con distintas regiones del mundo y por la calidad de sus relaciones con China, nuestro país puede contribuir a fortalecer los vínculos entre China y la Unión Europea, favoreciendo espacios de cooperación en ámbitos tan importantes como la innovación tecnológica, la transición ecológica, el desarrollo sostenible, los intercambios culturales y la investigación científica.
Creo que el futuro exige más diálogo y menos confrontación, más cooperación y menos bloques enfrentados, más respeto mutuo y menos imposiciones. Y en ese escenario, China está llamada a desempeñar un papel cada vez más importante en la construcción de un orden internacional basado en la paz, el desarrollo y el beneficio compartido.
6.- Usted ha seguido durante años los temas relacionados con el Sur Global. ¿Cómo interpreta el papel de China en la promoción de la cooperación entre los países del Sur Global?
Nos encontramos en un momento histórico marcado por la coexistencia de dos grandes visiones sobre el orden internacional. Por un lado, persiste una concepción del mundo en la que Occidente, liderado por Estados Unidos, mantiene una posición hegemónica y ejerce un papel de gendarme global, definiendo en gran medida las reglas políticas, económicas y de seguridad internacionales. En este esquema, los países del Sur Global han ocupado tradicionalmente una posición subordinada, con una capacidad limitada para influir en la gobernanza mundial y en la toma de decisiones sobre cuestiones que afectan directamente a su desarrollo.
Por otro lado, emerge con creciente fuerza una visión alternativa que tiene en China a uno de sus principales impulsores. Esta perspectiva apuesta por un orden internacional multipolar basado en el multilateralismo, las relaciones más horizontales entre los Estados, el respeto a la soberanía nacional y la no injerencia en los asuntos internos. Desde esta óptica, los países del Sur Global no son actores secundarios, sino protagonistas de una nueva etapa de las relaciones internacionales en la que se busca una distribución más equilibrada del poder y una mayor representatividad en las instituciones globales.
En este contexto, resulta especialmente trascendental el papel que está desempeñando la República Popular China en el fortalecimiento y la coordinación de los mecanismos de cooperación del Sur Global. A través de iniciativas políticas, económicas y diplomáticas, China ha contribuido a consolidar espacios de diálogo y cooperación entre países en desarrollo, promoviendo una mayor articulación de intereses comunes y favoreciendo la construcción de plataformas capaces de defender posiciones compartidas en los principales debates internacionales.
En un contexto internacional caracterizado por profundas transformaciones, desigualdades históricas y una creciente demanda de un orden mundial más equilibrado, considero que el papel de China en la cooperación con los países del Sur Global es cada vez más relevante y estructurante.
Uno de los elementos más significativos es su participación activa en espacios multilaterales como los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái o el propio G77, entre otros foros de articulación del Sur Global. Estos espacios no solo representan plataformas de cooperación económica y política, sino también intentos de construir una arquitectura internacional más plural, en la que los países en desarrollo tengan una voz más fuerte en la definición de las reglas globales.
En este sentido, China ha contribuido de manera importante a impulsar una lógica de cooperación basada en el desarrollo compartido, la no injerencia y el respeto a las trayectorias soberanas de cada país. Su propuesta de construir una comunidad de futuro compartido para la humanidad sintetiza una visión de las relaciones internacionales orientada a la interdependencia positiva, el beneficio mutuo y la búsqueda de soluciones comunes a problemas globales que afectan especialmente a los países del Sur, como la financiación del desarrollo, la industrialización, la transferencia tecnológica o la lucha contra el cambio climático.
Más allá de los marcos institucionales, lo relevante es que China ha favorecido en las últimas décadas un reequilibrio progresivo de las relaciones económicas internacionales, generando espacios de cooperación en infraestructuras, comercio, inversión productiva y desarrollo tecnológico en múltiples regiones de Asia, África y América Latina. Esta dinámica ha contribuido a ampliar las capacidades de desarrollo de numerosos países que históricamente habían ocupado posiciones periféricas en el sistema económico internacional.
Desde esta perspectiva, la cooperación entre los países del Sur Global no se concibe únicamente como una suma de intereses nacionales, sino como la posibilidad de articular nuevas formas de relación internacional más horizontales, menos jerárquicas y más orientadas al desarrollo común. En ese proceso, el papel de China ha sido y sigue siendo un factor de enorme relevancia.
Asimismo, esta evolución se inscribe en un marco más amplio de transformación del orden internacional hacia una mayor multipolaridad. En este escenario, el fortalecimiento del Sur Global no implica confrontación, sino reequilibrio; no implica exclusión, sino mayor diversidad de actores y modelos de desarrollo; y no implica ruptura del sistema internacional, sino su adaptación a una realidad mundial más compleja y plural.
En definitiva, la experiencia reciente muestra que la cooperación Sur-Sur, con China desempeñando un papel central, se ha convertido en uno de los ejes más dinámicos de la política y la economía internacional contemporánea, y constituye un elemento clave para comprender la evolución del mundo en las próximas décadas.
7.- En los últimos años, las relaciones entre China y España han mantenido un desarrollo estable. ¿En qué ámbitos considera que existe mayor potencial de cooperación entre ambos países?, ¿qué cambios de China despiertan hoy mayor interés en la sociedad española? o, cuando regrese a España, ¿qué “historia de China” le gustaría transmitir especialmente al público español?
Las relaciones entre China y España han mostrado en los últimos años una evolución estable y con un potencial creciente en múltiples ámbitos. Desde mi punto de vista, existen varias dimensiones especialmente relevantes donde esa cooperación puede seguir desarrollándose de forma significativa.
En primer lugar, creo que hay un elemento importante en la percepción social. El pueblo español muestra un interés cada vez mayor por China y una valoración creciente de los avances alcanzados en distintos ámbitos. En este sentido, el desarrollo económico, la modernización tecnológica y científica, así como la capacidad de planificación y respuesta ante grandes desafíos globales, han contribuido a generar una imagen cada vez más positiva y compleja de la realidad china.
Un ejemplo significativo fue la gestión de la pandemia de la COVID-19, que en amplios sectores de la sociedad española fue percibida como una demostración de capacidad organizativa, movilización de recursos y eficacia en la protección de la población. Más allá de debates políticos concretos, ese episodio supuso un punto de inflexión en la manera en que muchas personas en España comenzaron a observar la realidad china.
A ello se suma el creciente reconocimiento de los avances tecnológicos, industriales y científicos de China, que ya no es percibida únicamente como un gran centro manufacturero, sino como una potencia de innovación en múltiples sectores estratégicos.
En un plano más político y de reflexión, considero especialmente relevante el hecho de que el desarrollo económico chino haya ido acompañado de mejoras sociales de enorme magnitud, así como de una concepción del desarrollo orientada al bienestar colectivo. Del mismo modo, la defensa del multilateralismo, el respeto al derecho internacional y la apuesta por relaciones basadas en la cooperación y el beneficio mutuo generan un interés creciente en amplios sectores sociales y políticos en Europa.
Las relaciones institucionales entre España y China, incluidas las visitas de alto nivel que se han producido en los últimos años, reflejan precisamente esa voluntad de profundizar en el diálogo político, económico y cultural. Estos encuentros fortalecen los vínculos bilaterales a la vez que envían un mensaje claro de apertura, respeto mutuo y búsqueda de espacios comunes de entendimiento.
Desde la perspectiva del Partido Comunista de España, consideramos fundamental seguir trabajando, tanto desde el ámbito institucional como desde el trabajo político y social, para construir puentes sólidos entre ambos países. El objetivo debe ser siempre el beneficio mutuo, la cooperación en ámbitos estratégicos como la transición ecológica, la innovación tecnológica, el desarrollo sostenible o los intercambios culturales, y la contribución conjunta a un orden internacional más justo y equilibrado.
Desde mi regreso a España, la “historia de China” que continúo transmitiendo es, sobre todo, la de un país que ha sido capaz de llevar a cabo una transformación histórica de enorme profundidad en un periodo relativamente breve de tiempo, situando la mejora de las condiciones de vida de su población en el centro del proceso de desarrollo.
También me gustaría transmitir la importancia de comprender China desde su propia realidad, sin simplificaciones ni esquemas preconcebidos, y de reconocer el valor de una experiencia que ha combinado planificación, innovación, estabilidad y objetivos sociales de gran alcance. Finalmente, considero esencial subrayar que la relación entre España y China, y en un sentido más amplio entre Europa y China, debe construirse sobre bases de respeto, diálogo y cooperación, en un mundo que necesita más entendimiento y menos confrontación.
Entrevista extraída de Diario de Pueblo.







