95 años Raúl Castro: la coherencia de un revolucionario que continúa con el pie en el estribo

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Manu Pineda y Raúl Castro. – Fuente: Manu Pineda

Hay figuras históricas que pertenecen al tiempo grande de los pueblos y, al mismo tiempo, a la biografía íntima de quienes crecimos aprendiendo a mirar el mundo con ojos de militancia. Para mi generación, la Revolución cubana fue mucho más que un acontecimiento político de alcance continental. Fue una escuela moral, una fuente de conciencia, una experiencia fundacional. Cuba nos enseñó que la dignidad nacional puede sostenerse frente al cerco, que la justicia social puede convertirse en realidad concreta, que el socialismo puede arraigarse en la historia de un pueblo pequeño y heroico sin pedir permiso al imperio. Y en ese universo de aprendizaje, Fidel Castro apareció para muchísimos de nosotros como una referencia inmensa, como un faro intelectual, político y moral, como la prueba viviente de que la historia también puede ser empujada por la voluntad, la inteligencia, la audacia y la fidelidad a los humildes.

Yo no tuve la oportunidad de conocer personalmente a Fidel. Esa ausencia forma parte de mi memoria política con una intensidad especial, porque hay figuras que uno siente cercanas incluso antes de haberlas visto, figuras que han dejado una huella profunda en la conciencia de toda una generación. Lo estudié, lo escuché, lo leí, lo admiré. Y junto a Fidel, en esa misma constelación de hombres que hicieron posible la victoria de enero de 1959, hubo otra presencia esencial, muchas veces más discretamente tratada por la propaganda del enemigo, pero absolutamente decisiva para la historia de Cuba y de América Latina: Raúl Castro. Y hoy, al acercarnos a su 95º aniversario, siento la necesidad de decir con claridad y con afecto que Raúl es mucho más que el hermano de Fidel. Raúl es uno de los comandantes fundadores de la Revolución victoriosa, uno de sus arquitectos políticos y militares, uno de sus custodios más firmes, uno de los grandes referentes de la historia revolucionaria contemporánea.

Raúl pertenece a esa estirpe de revolucionarios que llegaron a la política por la experiencia viva de la injusticia, por la conciencia temprana del crimen social, por la rebeldía frente a la dominación. Su vida quedó vinculada desde muy joven a la lucha contra la dictadura de Batista, a la militancia clandestina, al asalto al cuartel Moncada, a la prisión, al exilio, al desembarco del Granma, a la Sierra Maestra, a la organización militar y política de la lucha insurreccional. Esa trayectoria tiene una fuerza épica inmensa, porque condensa en una sola vida la transición entre la resistencia inicial, la guerra revolucionaria y la construcción de un nuevo Estado.

Participó en el asalto al Moncada en 1953, fue encarcelado durante casi dos años y, cuando regresó al combate revolucionario, se incorporó a la expedición del Granma en 1956, formando parte de ese grupo extraordinario de hombres que lograron llegar a la Sierra Maestra y abrir el camino de la guerra de guerrillas. Esa experiencia dejó en él una madurez política y humana que se fue expresando después en cada etapa de su vida. A los 26 años ya llevaba sobre sus hombros la memoria del Moncada, del Presidio Modelo, del Granma y de los primeros combates de la guerra revolucionaria. Y en 1958, cuando Fidel lo ascendió a comandante y le confió la creación del Segundo Frente Oriental Frank País, Raúl demostró que un revolucionario verdadero no solo combate: también organiza, estructura, forma cuadros, construye disciplina, levanta retaguardia, garantiza continuidad. El Segundo Frente fue una pieza estratégica del triunfo y un ejemplo de inteligencia militar y política al servicio de la liberación nacional.

Por eso, cuando hablo de Raúl Castro, no pienso únicamente en el combatiente audaz, sino en el constructor paciente, en el hombre de método, en el dirigente austero que supo convertir la energía de la insurrección en estructura revolucionaria duradera. En él admiro especialmente esa combinación extraordinaria de firmeza y sobriedad, de decisión y prudencia, de energía y sentido del orden. Hay dirigentes que encarnan el momento de la insurrección; Raúl encarna también el momento de la consolidación, el momento de la defensa, el momento de la continuidad histórica. Y esa continuidad ha sido decisiva para Cuba, porque la Revolución cubana sobrevivió porque hubo dirección política, conciencia histórica, lealtad colectiva y una voluntad inquebrantable de no entregar la soberanía conquistada.

La defensa de la soberanía cubana atraviesa toda la trayectoria de Raúl como una columna vertebral. En él esa defensa nunca se redujo a retórica. Fue principio de vida, criterio de gobierno y horizonte de futuro. En la proclamación de la Constitución de 2019, subrayó la continuidad de la Revolución, la irreversibilidad del socialismo, la unidad nacional, la independencia y la soberanía de la patria. Esa convicción tiene raíces profundas en su biografía, porque quien ha vivido la agresión, la invasión, el sabotaje y el intento permanente de desestabilización entiende que la soberanía no es un concepto abstracto. Es una condición material de la libertad de un pueblo. En Playa Girón, como recordó la propia memoria revolucionaria, la victoria dejó más alta y más firme la soberanía de la patria, la independencia y la libertad. Raúl forma parte de esa generación que convirtió la defensa de Cuba en una tarea diaria, concreta, paciente, heroica.

También por eso Angola ocupa un lugar tan alto en la valoración histórica de su figura. La Operación Carlota fue una expresión superior del internacionalismo revolucionario cubano, una muestra de que la solidaridad es una política de Estado y una ética de combate. Cuba respondió al llamado de ayuda de Agostinho Neto frente a la agresión del apartheid sudafricano y sus aliados, y lo hizo con una generosidad histórica que todavía hoy merece ser recordada con orgullo. Raúl entendió y defendió siempre esa tradición internacionalista como una parte esencial del alma revolucionaria cubana. Angola simboliza esa idea hermosa y profundamente política de que la libertad de un pueblo también se defiende más allá de las fronteras nacionales, cuando la dignidad de otro pueblo está amenazada. En esa experiencia se expresa un rasgo decisivo de Raúl: su comprensión de la política como deber histórico hacia los pueblos oprimidos y como compromiso con una humanidad más justa.

Pero hay otra dimensión de Raúl que para mí resulta imprescindible, y que a menudo se conoce menos fuera de Cuba o se menciona de manera secundaria, como si fuera complementaria de su perfil militar. Para mí, en cambio, es una dimensión central: su humanidad, su sensibilidad, su apuesta por la paz, su capacidad para comprender que la política también consiste en evitar sufrimientos innecesarios, en impedir que los conflictos se conviertan en guerras interminables, en abrir caminos de diálogo allí donde otros solo ven imposición y violencia. Raúl pertenece a una generación que conoció la brutalidad de la dictadura, la clandestinidad, la guerra guerrillera y la amenaza permanente de agresión externa. Precisamente por eso, una vez consolidada la Revolución, supo defender con claridad la necesidad de que América Latina no volviera a quedar atrapada en el ciclo de guerras fratricidas, intervenciones militares y desestabilización promovida desde fuera.

Su papel en los diálogos de paz de Colombia constituye uno de los grandes hitos diplomáticos de la historia reciente de América Latina. La Habana fue durante años sede de unas negociaciones complejas y difíciles, mantenidas con discreción, firmeza y voluntad política, hasta desembocar en los Acuerdos de Paz de 2016. Cuba actuó como país garante y facilitador, y lo hizo con una seriedad que fue reconocida incluso por quienes estaban en las antípodas políticas del gobierno cubano. Allí se manifestó con gran fuerza una convicción profundamente raigal en Raúl: los conflictos entre pueblos y entre fuerzas políticas deben resolverse mediante el diálogo, la negociación y el respeto a la soberanía, no mediante imposiciones externas ni mediante la prolongación infinita del derramamiento de sangre. Esa vocación de paz es una parte esencial de su legado.

Lo mismo puede decirse de la proclamación de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, en enero de 2014. Aquella declaración histórica, leída por Raúl Castro en el marco de la CELAC, condensó una aspiración largamente acariciada por los pueblos de nuestra región: construir un espacio de convivencia soberana, libre de injerencias, sin amenazas del uso de la fuerza, con respeto mutuo entre Estados y con resolución pacífica de las controversias. América Latina arrastra una historia dolorosa de golpes de Estado, invasiones, dictaduras y operaciones de desestabilización. Por eso aquella proclamación tuvo un sentido enorme: expresó la voluntad de decir basta a la lógica de la dominación y afirmar un principio de dignidad regional. Raúl, al leer aquella declaración, expresó con gran claridad una convicción que lo acompaña desde hace décadas: ningún país debe intervenir, directa o indirectamente, en los asuntos internos de otro. Esa frase resume una cultura política de respeto, soberanía y prudencia que hoy adquiere todavía más valor.

Quien observa con honestidad el recorrido de Raúl descubre además un rasgo humano muy valioso: su sobriedad. No ha cultivado nunca el culto personal ni el brillo vacío del protagonismo individual. Su estilo ha sido el de un hombre austero, disciplinado, metódico, atento al funcionamiento concreto de la vida del país y a las necesidades reales de su pueblo. Quienes han tratado con él suelen destacar su capacidad de escucha, su seriedad, su sentido del deber, su lealtad absoluta a la Revolución y a quienes la hicieron posible. En mi experiencia personal, puedo decir que los encuentros que he tenido con él han sido extraordinariamente enriquecedores y profundamente emotivos. Me llevé la impresión de estar ante un hombre sereno, lúcido, cercano, con una gran humanidad. Y esa experiencia me marcó mucho, porque hay ocasiones en las que la historia, de pronto, deja de ser solamente un libro o un recuerdo colectivo y se convierte en presencia viva. Para mí, haber podido encontrarme con Raúl Castro ha sido uno de los grandes privilegios que me ha dado mi militancia política.

Cuando pienso en él, pienso en Moncada y en el Granma, en la Sierra Maestra y en Playa Girón, en Angola y en la diplomacia de paz, en la defensa de la soberanía cubana y en la vocación internacionalista, en la firmeza revolucionaria y en la ternura humana, en la disciplina y en la sensibilidad, en la historia grande y en la cercanía cotidiana. Pienso en un hombre que ayudó a hacer victoriosa la Revolución cubana y que después dedicó su vida a protegerla, a actualizarla y a preservarla frente a presiones inmensas. Pienso en un dirigente que supo conducir momentos decisivos de la vida de Cuba sin renunciar nunca a la lealtad a su pueblo ni a la vocación de justicia social que dio sentido a toda su trayectoria. Y pienso, sobre todo, en la enorme dignidad de una vida consagrada a una causa colectiva.

Por todo ello, conmemorarlo en su su 95º aniversario significa para mí mucho más que rendir homenaje a un combatiente glorioso. Significa honrar una biografía revolucionaria de valor universal, una vida puesta al servicio de Cuba, de la paz, del internacionalismo, de la soberanía y de la esperanza de los pueblos. Significa también reconocer en Raúl Castro a uno de esos hombres excepcionales que ayudan a comprender por qué la historia de América Latina no puede escribirse sin la Revolución cubana. Y significa, en mi caso personal, expresar una gratitud profunda: la gratitud de quien llegó a la izquierda siguiendo el ejemplo de Cuba, de Fidel, del Che, de Camilo, de Almeida y de Raúl, y de quien ha tenido el honor de sentir, en algún momento de su vida, que la historia revolucionaria también puede estrechar la mano, mirar a los ojos y dejar una emoción indeleble en el corazón.

(*) Responsable de Relaciones Internacionales del PCE

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