El retorno de los dioses [1]

·

·

Portada del libro "El Retorno de los Brujos".

Tengo un buen amigo que es suscriptor de EL PAÍS, y al que tengo que agradecer —y agradezco— que cada semestre me traiga, cuidadosamente protegido en su bandolera de cuero, el monográfico «Extra Energía» del citado diario, habitualmente centrado en «Energías Renovables» o en la «Transición Energética».

Ángel —ese buen amigo al que hago referencia en el párrafo anterior— es de esas raras personas con las que conversar continúa siendo un ejercicio intelectual fascinante. Aunque licenciado por la Universidad de Bilbao en esa rara especialidad que es incapaz de explicar hoy por qué no se han cumplido las predicciones que hicieron ayer [2]—hablo, ¡claro esta!, de Económicas— tiene una formación complementaria, tanto reglada como profesional, que le validan para interesarse por las ciencias y la tecnología con base física y matemática suficiente.

Viene dispuesto a que le explique —mejor le intente explicar, que mis conocimientos del tema no dan para mucho— cómo es posible que la implantación de la Inteligencia Artificial, IA, al Sistema Eléctrico Integrado, SEI, va a permitir que “las plantas solares y eólicas predigan la meteorología, ajusten su producción y planifiquen su mantenimiento para evitar incidencias”. Y para demostrar fehacientemente que no se inventa nada señala con su dedo índice —el adecuado para estos menesteres— la parte de la página en la que está escrita tal afirmación.

  • Miña nai! —le digo— Pero ¡quién ha escrito esto!
  • ¿Que se yo? —me responde— Supongo que un experto…
  • Ya. El caso es qué tipo de experto…—Porque efectivamente, según leo en la información que las redes me proporcionan, el autor es un periodista reconocido, experto en “información económica, tecnología, cultura y arte contemporáneo”.
  • ¿Te refieres a que es experto en demasiadas cosas?
  • No necesariamente.

Le explico que sobre tecnología —como de cualquier otra cosa— se puede escribir con intencionalidades muy diferentes. Simplificando mucho tres tipos planteamientos: El que podríamos llamar el punto de vista del experto, el del activista y el del divulgador.

El primero de estos posicionamientos, el experto, el científico, el sabio, está acostumbrado a escribir para gentes de su misma especialidad, en un entorno profesional donde los términos tienen un significado único y preciso, recogido en una norma aceptada internacionalmente.[3] El experto, científico, etc.,  suele ser un titulado con un firme conocimiento de las leyes físicas y el lenguaje matemático, que ha tenido experiencia directa en los temas de los que escribe, y en algunos casos privilegiados, ha sufrido en sus propias carnes la problemática de la aplicación práctica de cada una de las tecnologías concretas, y ha sabido extraer de esta experiencia información suficiente de los límites operativos de cada uno de los componentes del sistema del que pretende informar.

  • Qué maravilla, ¿verdad? ¡Leamos solamente las opiniones de los expertos!
  • Pues va a ser que no. Todas las cualidades que acabo de describir tienen su contrapartida. La mayoría de los expertos son incapaces de escribir para que les puedan entender los que no tengan un profundo conocimiento de la materia.
  • No servirían para escribir un artículo en EL PAÍS, aunque sea en el Extra de Energía…
  • Va a ser que no.
  • Pero donde hay un primero, hay por lo menos un segundo…
  • Cierto.

Al segundo de estos posicionamientos podríamos llamarle el perfil activista; un experto con o sin formación reglada en el tema, pero muy formado e informado sobre lo que escribe, con un bagaje cultural e intelectual sólido y que utiliza la palabra escrita no como un fin estético, sino como una herramienta de pedagogía social y transformación política. El activista analiza la tecnología incluyendo su impacto sistémico. Es decir: teniendo en cuenta cuánta energía requiere su fabricación, quién controla esa tecnología, qué materiales utiliza y que huella deja su extracción, su duración y el impacto de sus residuos al final de su vida útil. Por eso son frecuentes los enfrentamientos entre las posturas “ingenieriles” que ponen el foco solamente en el dispositivo o en la tecnología, y el «crítico tecnológico» que cuestiona el propio dispositivo, la tecnología en si misma; si esta representa un avance o es, en su conjunto, un peligro para la continuidad de la vida humana en el planeta.

  • Y llegamos al tercero…
  • Cierto. Aunque quiero hacer notar, querido amigo, que, si bien los dos anteriores mantenían ciertas identidades comunes, este es un auténtico “cajón de sastre”
  • O “desastre” …

Y llegamos al último de los perfiles-tipo propuestos: El divulgador. Si decíamos que el activista utiliza la palabra escrita no como un fin estético, sino como una herramienta de pedagogía social y transformación política, podríamos decir —imbuidos de ese mismo optimismo— que el divulgador lo hace para democratizar el conocimiento; que el motor que lo mueve es la fascinación por el saber y el firme convencimiento de que la alta cultura, la ciencia o la historia no deben quedarse encerradas en los laboratorios, los despachos institucionales o las aulas universitarias. Un análisis menos optimista nos llevaría a establecer una subdivisión bastante triste entre los que se dedican a esto por un auténtico afán docente y los que hacen de esta actividad su medio de vida.

El divulgador es un buen contador de historias. Su encanto no brota del conocimiento técnico ni del posicionamiento crítico frente a lo que cuenta, sino de su hábil manejo del relato, de la técnica… literaria.

  • Hablas de las referencias a Alan Turing con las que comienza el artículo, ¿verdad?
  • Verdad. Sin embargo, toda la carga técnica, las proyecciones sobre el mix energético o el comportamiento de los prosumidores y los recursos distribuidos son claramente un “corta y pega” del dossier del departamento de comunicación de la eléctrica de turno, y no de un criterio propio.
  • Y eso te molesta.

No contesto. Me callo y reflexiono un rato. A veces, en el esfuerzo por traducir conceptos complejos de la ingeniería eléctrica para el gran público, los divulgadores caen en simplificaciones que resultan demasiado inexactas para cumplir su misión. Otras, simplemente adoptan el lenguaje de los departamentos de márquetin de las empresas que les proporcionan la información.

En ese texto en particular, pasajes cómo donde se afirma que la IA ayuda al «vaticinio milimétrico de la producción», a la «automatización de la red eléctrica» o al «equilibrio en tiempo real para evitar apagones ante las fluctuaciones de las renovables» me asombran y me molestan porque se exponen como parte de la opinión al autor, y no como copiadas directamente de la documentación de los portavoces de las grandes compañías del sector. Me asombran y me molestan porque se intentan vender como realidades objetivas cuando no son más que opiniones interesadas; legítimas, pero interesadas.

No ayuda nada a la lectura sosegada de un texto como este el hecho de encontrar esparcidas por él, expresiones como «redes neuronales», «algoritmos predictivos» o “Inteligencia Artificial”, totalmente fuera de contexto. Y debo reconocer humildemente que me molesta especialmente la desvergüenza con la que se abordan realidades complejas desde el desconocimiento total de los conceptos físicos básicos.

Y dos motivos más de inquietud:

  • La falacia de la «IA mágica»: Se suele presentar a la Inteligencia Artificial como una entidad omnipotente que va a solucionar, por ejemplo, la intermitencia de las renovables. Cualquiera con nociones básicas de física y electrotecnia sabe que por muy bien que una IA prediga el viento o la radiación solar, la IA no genera ni almacena energía; ni puede violar las leyes de la física en general y de la termodinámica en particular. Si no hay viento y las baterías están vacías, el algoritmo no puede «optimizar» la nada.
  • Confundir gestión con infraestructura: La IA puede optimizar la gestión del flujo de energía, predecir picos de demanda o detectar anomalías para el mantenimiento predictivo. Pero no resolver los problemas estructurales de la red, que requieren de elementos físicos como subestaciones, líneas de alta tensión, alternadores síncronos, sistemas de almacenamiento, etc.

Al final de la lectura del artículo parece deducirse una narrativa en la que la sacrosanta IA puede sustituir al hardware y a las leyes de la física, lo que resulta insultante para aquellos que están en el día a día del sistema eléctrico, y conocen por experiencia propia el esfuerzo real que exige mantener la estabilidad de una red eléctrica en frecuencia y tensión.

¿Es el peaje que debe pagar la divulgación? ¿Priorizar el titular llamativo y el optimismo tecnológico sobre el rigor científico? Honestamente creo que no.

  • Entonces, ¿qué hacer? —concluye mi amigo Ángel.
  • En mi opinión seguir leyendo los artículos de nuestro interés con el espíritu crítico despierto.
  • ¿Y lo de que la IA sea la clave de la transición energética?
  • Pues que refleja esa necesidad de buscar siempre un ente superior, omnisciente y omnipotente en el que delegar la responsabilidad de resolver los problemas que a nosotros nos desbordan.

Al final, es la evolución del misticismo: “El retorno de los dioses”. En una primera fase de la civilización cuando la sequía, la peste o la guerra amenazaban nuestra existencia, rezábamos a los dioses pidiendo su intervención. Con la Ilustración y la Revolución Industrial, pusimos nuestra fe en la tecnología, en las máquinas. El ingenio humano terminaría solucionando todos los problemas. Dos y pico guerras mundiales después nos inventamos un nuevo dios abstracto: el Algoritmo.

Es el pensamiento mágico moderno: «No se preocupe, la IA lo solucionará».

Hemos cambiado el material de los altares: del honrado granito ritual al silicio de la «nube» —pretendidamente virtual, pero dilapidadora de recursos—. Sin embargo, el deseo de creer en milagros en lugar de enfrentarse a las duras realidades de la física sigue siendo exactamente el mismo.


[1] Allá por los años setenta inundaba las librerías españolas la traducción del libro Le Matin des Magiciens de Louis Pauwels y Jacques Bergier, que en España recibió la imaginativa traducción de El retorno de los Brujos. La memoria nos gasta estas pequeñas bromas, que tienen mucha gracia para el autor… y ninguna para el lector que carece de estas referencias vitales.

[2] Creo que no tengo que señalar que estas frases forman parte de un chiste habitual —y cariñoso— con el que le solemos tomar el pelo a nuestros muchos y buenos amigos economistas. Hay uno menos conocido que dice que «La economía es la única ciencia donde dos personas pueden ganar el Premio Nobel el mismo año diciendo exactamente lo contrario.» Como por ejemplo Robert Fogel y Douglas North en 1933, y Eugene Fama y Robert Shiller en 2013. ¡Ah!: también me sé chistes de ingenieros.

[3] Ejemplo paradigmático de esta afirmación en el sector en el que me he movido profesionalmente en los últimos cuarenta es el Vocabulario Electrotécnico Internacional, VE, recogido en la Norma IEC 60050.