Tomo prestado el título de una sentencia que le gustaba a un viejo camarada, ya fallecido, Luis Alberto Quesada. Un hombre de luz, de los que abrían caminos, una persona con una vida que merece una biografía aún inexistente. Aprovecho la apropiación de su frase para hacerle un homenaje con unos breves trazos de su vida. Fue uno de aquellos jóvenes de la JSU, una generación revolucionaria y unitaria, que supo estar a la altura de las circunstancias, una generación ejemplar. Con 17 años fue Comisario Político, el más joven de todo el ejército de la República. Tras la derrota consigue llegar a Francia combatiendo en la Resistencia. En 1942 pasa a España para hacerse cargo de la JSU, como máximo responsable, y es traicionado por un camarada, un delator infiltrado, del que nadie sospechaba porque era un duro entre los duros, el Trilita. Detenido y torturado en los calabozos de la DGS en la Puerta del Sol, vive una anécdota inverosímil. Mientras le torturan oye el llanto de un niño, cree que es el delirio del dolor el que le acerca el llanto de su hijo Luisito, que se ha quedado en Francia con su madre. No sabe que el Trilita en su afán corruptor ha convencido a su mujer Asunción para que entre en España porque aquí le está esperando Luis. A Asunción le parece raro, pero se lo dice el Trilita, del que no se puede desconfiar, así que viene, y en Dancharinea, en la frontera, el Trilita la entrega, junto a su hijo, a la policía española que la está esperado. Ese día, esa noche, en la que torturan a Luis en la Puerta del Sol, el llanto que oye no es un delirio, es el de su propio hijo que está detenido en otro calabozo cercano junto a su madre. Luis es enviado como casi todos los comunistas a la prisión central de Burgos, donde pasa 15 años, consiguiendo salir por la mediación del presidente argentino Frondizi, dada su doble nacionalidad argentino-española. Dos guardias civiles lo llevan hasta La Coruña, donde lo embarcan hacia Buenos Aires. Allí empieza su otra vida, de exiliado y poeta, porque era un excelente poeta.
Trump, Nethanyau, Milei… hacen lo que quieren, contradiciendo lo que prometieron, y sin que las democracias tengan mecanismos para revocarlos ni corregir sus actos
Luis Alberto tenía una medida para ver si íbamos bien: miraba nuestro Mundo Obrero y si la foto del secretario general del momento salía una o dos veces, íbamos bien: si salía tres, cuatro, cinco, regular; y si salía más de seis veces, íbamos fatal. Entonces sacaba su proclama: “contra los carismáticos, que lo joden todo”. Luis se había sacudido sinceramente aquellos vicios que padeció el movimiento comunista, los del culto a la personalidad. Si Lenin dijo que el izquierdismo es la enfermedad infantil de comunismo, el culto a la personalidad es la enfermedad senil de éste que arrebató tanta energía, tanta capacidad colectiva, tanta verdad.
Traía esta idea no para hablar de nosotros, sino para hablar del enemigo pero con la gallardía de quien ha hecho históricamente los deberes en este terreno. Aunque a veces nos flaqueen las piernas y, para enfrentarnos al adversario, caigamos en la trampa de la búsqueda del líder carismático. A pesar de esos tembleques yo me considero, como Quesada, a salvo, con las cuentas hechas. Y es que los carismáticos, los híperliderazgos, representan un enorme problema democrático actual. Léase Trump en los EE.UU., Millei en Argentina, Orban en Hungría, Putin en Rusia, Netanyahu en Israel. A tal punto que se puede decir que esos países ya no son democráticos aunque celebren elecciones. Y no sólo por aquel principio marxista de que un pueblo que oprime a otro no puede ser libre, sino por otra razón que no se subraya lo suficiente. Porque estafan a los pueblos. Son elegidos con un programa que luego no cumplen. Se saltan todos las normas de la legalidad, internacional y propia. Ahí está Trump asesinando a quien le place, declarando guerras por doquier sin que eso estuviera en su programa. Y ésta es una característica muy peligrosa que ese abre camino en las democracias representativas, siendo ninguneados los parlamentos, y quedando todo al dictado del líder. No se trata de un problema puntual, de que en el poder esté un tipo loco, o extravagante, porque ya empieza a ser una ley: la elección de personas carismáticas, poderosas, que, al mando, hacen lo que quieren, contradiciendo lo que prometieron, y sin que las democracias tengan mecanismos eficaces para limitar o corregir los actos de estos líderes, ni menos para revocarlos. Éste es un nuevo problema ante el que debemos reflexionar y crear los mecanismos para impedir esa suplantación y estafa de la voluntad popular. Porque si no se hace, corremos el riesgo de encontrarnos en el camino un nuevo Hitler, al que Trump se parece bastante. Y debemos huir y reprobar todas las iniciativas que tiendan hacia los hiperliderazgos o a la inclusión en el futuro de formulas de voto presidencialistas. Los carismáticos siempre encierran un proyecto personal, dictado por su ego, que esconden y camuflan bajo otro ropaje, a veces patriótico, otras ideológico. Y siempre son un riesgo, en las filas del enemigo y en las nuestras.








