Al estilo de las campañas de unos grandes almacenes, los últimos días de la primavera en España se convirtieron en el especial fin de temporada de Benito Martínez y Robert Prevost,más conocidos por sus respectivos nombres artísticos de Bad Bunny y León XIV. Ambos movilizaron a miles de sus incondicionales en apariciones públicas multitudinarias, acapararon durante días las parrillas televisivas y se convirtieron en «trending topic» de todas las redes sociales.
Vaya por delante mi respeto a quienes veneran a ambos personajes, en conjunto o por separado, y a quienes disfrutan de sus canciones u oraciones. Dicho esto, confieso que nunca asistiría a un evento de ninguno de ellos, ni aunque mi vida dependiese de ello. Más allá del supuesto talante progresista o conservador del papa de turno, mentiría si no dijese que considero al actual jerarca católico, y a cualquiera de sus antecesores, los líderes de una secta de pederastas, misóginos y cínicos religiosos. Con respecto a Bud Bunny, no me gusta su género pseudomusical, me parece lamentable su forma de cantar, detesto sus letras y, a pesar de mi pasión por el baile, sus sonidos no son capaces de provocar en mí el más mínimo movimiento de cadera.
En España, el cantante puertorriqueño ofreció doce conciertos multitudinarios como parte de su gira. «El conejo malo» abarrotó todos sus conciertos, a pesar de que la entrada más barata costaba alrededor de 100 euros y la más cara podía alcanzar los 5.000. Nadie en la música de masas es capaz de tal proeza, aunque sea peccata minuta para un artista cuyas canciones acumulan miles de millones de visualizaciones en Youtube.
El sumo pontífice de la Iglesia católica no tiene tanto éxito en el canal de vídeos, pero le siguen 1.406 millones de fieles en todo el planeta, lo que representa cerca del 17,7% de la población mundial. Según el comité organizador de su gira española, León XIV celebró veintiún actos con la asistencia de 2,5 millones de personas.
Sin embargo, lo más alucinante no son las cifras, sino quiénes las engrosan. Todavía estoy preguntándome el motivo por el cual este señor de blanco, representante del Vaticano, ha intervenido en el Parlamento de un país constitucionalmente reconocido como aconfesional. Y sigo boquiabierta, ojiplática y avergonzada de los siete minutos de ovación que diputadas, senadoras y autoridades varias le concedieron de pie mientras se escuchaban vítores de ¡Viva el papa!
Está tan carente de referentes la llamada izquierda, que sus dirigentes se disputan a Bud Bunny y al papa como si estos fuesen recién llegados de Sierra Maestra en los sesenta. Les sitúan en el terreno del progresismo por el simple hecho de criticar la política migratoria de Donald Trump, sin ver que muchos otros lo hacen mientras, simultáneamente, aplauden el genocidio palestino. Del mismo modo que censurar a Hitler o Mussolini no convierte a alguien en progresista o revolucionario. Máxime cuando la propia jerarquía católica siempre ha mantenido un discurso absolutamente hipócrita en torno a la paz (apoyando las guerras), la democracia (apoyando dictaduras), la igualdad (discriminando a las mujeres) o la justicia social (manteniendo un gran negocio con las necesidades humanas).
En el mismo sentido, es necesario que el discurso de la jerarquía católica con respecto a la migración no confunda nuestros sentidos. Sirva como ejemplo la alocución del papa Juan Pablo II —conservador, facha y anticomunista— para la Jornada Mundial del Emigrante celebrada en 1996: «Hoy el emigrante irregular se nos presenta como ese forastero en quien Jesús pide ser reconocido. Acogerlo y ser solidario con él es un deber de hospitalidad y fidelidad a la propia identidad de cristianos». En los treinta años transcurridos desde entonces han perecido decenas de miles de personas en el Mediterráneo intentando alcanzar el «paraíso europeo». Y seguirá pasando si no se actúa en la práctica, por mucho que León XIV lance flores al agua o bendiga cruces hechas con maderas de cayucos, como hizo durante su última escala en Gran Canaria.
Una avería en el avión que debía trasladarle a Roma alargó la estancia de León XIV en España. Afortunadamente, el rey Felipe VI le ofreció su propio Falcon del Ejército del Aire y el papa pudo regresar. Paradójicamente, el comandante de la aeronave averiada explicó a los pasajeros que el motor no habría alcanzado «las revoluciones necesarias» para estabilizarse durante el encendido. Hubiese sido una preciosa guinda para el pastel que sus admiradores en el campo de la izquierda patria se hubiesen reunido en la pista de despegue para ovacionar la altruista actitud del monarca, despidiendo al nuevo líder espiritual de la izquierda mundial al ritmo de Bud Banny y su canción Baticano: «Dios mío, perdóname, porque otra vez pequé».
— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?








