Si, como dicen algunos analistas, el discurso de Donald Trump en la 81 Asamblea General de la ONU fue más dirigido a la política interna para ganar puntos en las elecciones de medio tiempo del 3 de noviembre que teme perder, el pueblo estadounidense debe sentirse muy abochornado del tipo de presidente que tienen.
Si, por el contrario, le importa un bledo como piensen sus compatriotas, porque la trampa está lista para que los republicanos mantengan la mayoría calificada del Congreso y se esfumen todas las posibilidades de un impeachment, y el discurso fue dirigido a China, Rusia, Irán, Europa, América, es también bochornoso, pero para el mundo.
Que confesara impúdicamente que usó el poderío militar en Venezuela para quedarse con el petróleo de esa nación bajo el argumento piratesco de que el vencedor se lo lleva todo —como ya una vez hicieron con México en la invasión de 1846/1848 para robarse dos millones de kilómetros cuadrados colmados de ricos yacimientos minerales, hidrocarburos y abundante agua y tierras agrícolas y ganaderas—, es vergonzoso tanto para sus compatriotas como para los venezolanos, que se lo han dejado arrebatar.
Anunciar que si no hay un pacto —es decir, una rendición de Irán— mandará “al infierno a ese país sin posibilidad de supervivencia y sin esperanza de grandeza o generaciones futuras”, es casi más vergonzoso para quienes lo escucharon en la sala de sesiones sin revolverse en sus butacas.
Que su afirmación de que Cuba —a la que la ONU sabe que somete a un genocidio silencioso equivalente al de Gaza—, caerá porque “se encuentra bajo una gran presión, la mayor a la que se ha visto sometido jamás”, no moviera en el plenario a una reacción espontánea impulsada por sentimientos humanos, da más pena que indignación.
Que crea haberse salido con las suyas y extender barras y estrellas a Groenlandia ante los propios interesados que cedieron a un pacto que a la postre les será muy negativo si el mundo sobrevive a este momento, es simplemente insoportable.
Que amenace a todos con un discurso soez y aberrante, que falte el respeto a la persona humana, que denigre a periodistas, que insinúe el exterminio masivo de una nación, que admita matar de hambre a un pueblo, y que le diga en su cara a los líderes mundiales que “mientras ellos hablaban, yo he actuado; mientras otros hablaban de paz, yo he hecho la paz” como si Estados Unidos no hubiese sido el iniciador de las guerras, ni quien las haya escalado al máximo extremo, y el salón no se haya quedado vacío, ¿es el colmo de la desidia, o de algo peor?
¿Por qué Trump fue a la Asamblea General? ¿Por qué se presentó como seguro de que el 3 de noviembre ganará unas elecciones que, de acuerdo con las estadísticas, deberá de perder por amplio margen? ¿Por qué ese discurso brutal, efectista, intranquilizante —que ya su prensa amiga está tratando de eliminarle sus espinas—, a apenas a unas horas de su encuentro con el líder chino Xi Jinping?
Aunque en su discurso ha oficializado la rapiña imperialista y la filosofía del miedo, evidentemente algo más oscuro todavía está detrás de esa decisión de comparecer en la Asamblea de forma tan soez e infame. Esperemos, demos tiempo al tiempo, y no nos sorprendamos cuando se descubra por qué lo hizo.
Fuente: almaplus.tv







