Tres cuestiones marcan la vida de nuestra protagonista y son motivo suficiente para que quieran recordar este nombre para siempre: oposición al apartheid, defensa de los y las trabajadoras y perspectiva de género en la investigación médica. A Margaret Becklake se le debe mucho, aunque no se la recuerde como merece.
Margaret nació en Londres en 1922 pero muy pronto se instaló en Pretoria (Suráfrica), donde ya vivía su padre, para crecer en un ambiente marcado por los libros y la paz hasta convertirse en una estudiante destacada desde muy joven.
Fue un breve tiempo directora de la escuela secundaria femenina de Pretoria para, posteriormente, matricularse en la Facultad de Medicina de la Universidad de Witwatersrand. Allí conocería al que luego sería su marido, se casaron y fueron a estudiar a la Escuela Británica de Postgrado en Medicina: él para especializarse en cardiología y ella en función respiratoria.
De esta Escuela se llevó varios aprendizajes, aunque lo que quizá lo marcaría todo fue la forma de trabajo interdisciplinar que existía y por la que, en las rondas médicas, se encontraban distintos profesionales favoreciendo, así, una mirada más amplia en el estudio de las patologías y su abordaje. Y fue esta mirada amplia la que se llevaron con ellos a Sudáfrica en 1950.
Especializada en enfermedades respiratorias, comenzó tratando a los mineros del oro en Johannesburgo. No se limitó a diagnosticar sino que investigó qué les sucedía. A la justicia social también se llega por la investigación científica
Fue allí, y desde su puesto en el organismo encargado del estudio de las enfermedades pulmonares de los mineros en Johannesburgo, donde Margaret empezó a desarrollar sus trabajos más interesantes: no se trataba solo de diagnosticar a los mineros del oro sino de investigar qué sucedía. Es decir: buscar y responder la pregunta adecuada. Margaret pronto detectó una paradoja: mineros que quedaban incapacitados para el trabajo pero que, al no mostrar manchas de silicosis, quedaban fuera de las ayudas. ¿Qué estaba pasando aquí?
Amplió el foco de investigación y realizó encuestas entre los trabajadores pero también sus familiares y demostró algo que resultó ser clave: la exposición prolongada al polvo proveniente de la mina provocaba enfermedades crónicas de las vías respiratorias más allá de la silicosis. Se abría un nuevo campo de estudio y reconocimiento de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (la famosa EPOC) y se establecía su origen no solo como consecuencia del tabaco sino también como enfermedad derivada de las pésimas condiciones laborales y la falta de prevención. Y lo que era más importante: este reconocimiento permitía a los trabajadores acceder a las ayudas por incapacidad. A la justicia social también se llega por la investigación científica.
Para Margaret y su marido resultaba insoportable la vida bajo el apartheid sudafricano al que intentaban desafiar con pequeños gestos que podían llevarles incluso a la cárcel, como transportar en su coche a residentes negros. Y cuando a su marido le ofrecieron un puesto de trabajo en la Universidad McGill de Montreal de Canadá, no dudaron en salir del país.
Y fue aquí donde nuestra protagonista desarrolló verdaderamente su carrera y se convirtió en referencia indiscutible de la epidemiología ocupacional. Primero como becaria en el Royal Victoria Hospital y después como profesora en la Universidad McGill, Margaret abordó numerosas disciplinas: la medicina tal como la entendemos pero también la medicina experimental, la bioestadística, la epidemiología y la salud laboral.
Siempre centrada en los pulmones y buscando la pregunta adecuada, dio la alerta sobre el amianto y fue, probablemente, su investigación más reseñable o al menos así lo recordaba ella misma en una entrevista concedida a la revista Epidemiology.
Todo comenzó a principios de la década de los 70 cuando se embarcó, junto a un colega, en la creación de un laboratorio para estudiar los impactos que el amianto tenía en los pulmones de las personas que trabajaban en la minería en Quebec. Dichos impactos aún no estaban estudiados en profundidad y Margaret se empleó en la recogida de pruebas semanales a las personas que formaron parte de la investigación. Y aunque el amianto tardó muchos años en ser prohibido (gracias, como de costumbre, a las presiones del capital que no querían perder ni medio beneficio), consiguieron al menos que las condiciones de vida de los trabajadores y trabajadoras expuestas mejoraran y se iniciaran medidas de control y prevención. Capítulo aparte merece el grado de cumplimiento de estas medidas según las empresas, pero esto se sale de la epidemiología y entra en otro campo de estudio.
Y siguió investigando dentro de los impactos posibles de la exposición a materia en polvo de distinta procedencia hasta convertirse en una referente internacional en epidemiología laboral: además de la exposición al sílice, al polvo de las minas de oro o al amianto, estudió también en molineros la exposición al polvo de cereales.
Y de ahí desarrolló toda una metodología de estudio sobre los efectos de las exposiciones ambientales sobre las vías respiratorias incluso inaugurando una línea de estudio que salvaría muchas vidas: el “efecto del trabajador sano”. ¿Qué nos dice este efecto? Que no podemos estudiar solo a las personas que están en activo en las ocupaciones de riesgo porque no estaríamos teniendo en cuenta el sesgo derivado de que las personas más enfermas abandonan antes la ocupación y, por tanto, quedan sobrerrepresentadas las personas más sanas y, por tanto también, infrarrepresentados los riesgos.
¿Y quieren algún otro ejemplo claro del compromiso social y la sensibilidad de Margaret? Pues lo encontrarán en el abordaje metodológico que impulsó desarrollando herramientas epidemiológicas para contextos multiculturales y plurilingües. También desarrolló, convirtiéndose también en pionera en este campo, una línea de investigación sobre las diferencias entre hombres y mujeres en la función pulmonar y la enfermedad respiratoria. Y estudió los impactos de la contaminación atmosférica, el asma infantil o cómo las desigualdades sociales tenían efecto en la exposición e impacto de las enfermedades respiratorias.
A lo largo de su vida Margaret recibió numerosos y prestigiosos reconocimientos a su trabajo. Sin embargo, creo sinceramente que la mejor manera de honrar a esta extraordinaria científica y a su férreo compromiso social con las personas trabajadoras, es fomentar la investigación y las vocaciones científicas con mirada de clase. Y hacernos siempre las preguntas adecuadas.








