Luiz Inácio Lula da Silva continuará al frente de Brasil tras imponerse en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales con el 51,79 % de los votos, frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro. La victoria permite dar continuidad a un proyecto político que ha recuperado derechos sociales y defendido la autonomía internacional del país, pero también confirma que el bolsonarismo conserva una amplia base electoral capaz de disputar la presidencia hasta el último momento.
En los últimos cuatro años, el Gobierno de Lula ha reducido el desempleo, recuperado poder adquisitivo y sacado nuevamente al país del Mapa del Hambre de Naciones Unidas. Sin embargo, estos avances no han impedido que la ultraderecha mantenga su capacidad de movilización. La elección demuestra que mejorar las condiciones materiales de vida es imprescindible, pero no basta por sí solo para desactivar las fuerzas reaccionarias.
Lula deberá gobernar, además, con un Congreso de mayoría conservadora. El Partido Liberal, formación de los Bolsonaro, contará con 121 diputados, frente a los 88 de la federación integrada por el Partido de los Trabajadores (PT), el Partido Comunista de Brasil (PCdoB) y el Partido Verde (PV).
La vivienda, la distribución de la riqueza, los servicios públicos y el empleo siguen siendo cuestiones centrales. La continuidad de Lula ofrece una oportunidad para profundizar en las políticas sociales, pero también plantea la necesidad de actuar sobre las causas del descontento que alimenta a la ultraderecha.
En el plano internacional, Lula ha recuperado la defensa de la autonomía estratégica, la integración latinoamericana, la cooperación Sur-Sur y el multilateralismo, frente a una concepción de las relaciones internacionales basada en la subordinación a una potencia hegemónica.
La derrota electoral ha tenido, además, una consecuencia inmediata. Flávio Bolsonaro abandonó Brasil dos días después de perder las elecciones. El senador, investigado por presuntos delitos económicos, no reconoció inicialmente el resultado y anunció su intención de impugnarlo. El episodio recuerda la conducta de su padre, Jair Bolsonaro, que también abandonó Brasil tras perder las elecciones de 2022 frente a Lula. Posteriormente fue condenado por su implicación en el intento de golpe de Estado para impedir la alternancia democrática.
Ganar las elecciones ha sido el primer paso; transformar las condiciones que permiten crecer a la reacción sigue siendo el desafío de fondo.







