La noche del pasado domingo 25 de octubre hemos respirado aliviados tras un largo día de angustiosa espera. Con toda la fuerza del Amazonas respiramos.
La victoria de Lula da Silva nos cayó como una bocanada de aire fresco y revitalizador. Una victoria de la humanidad y de los pobres de la tierra, y una enseñanza para todas las fuerzas transformadoras del mundo. Una victoria que llegó cuando el tablero mundial estaba siendo sacudido por grandes movilizaciones en Europa, América latina y en los mismos Estados Unidos. Marchas multitudinarias que imparables se enfrentan al despótico poder del gran capital y gobiernos cipayos. Una ola de crecientes resistencias lideradas por una juventud que siente la desesperanza de un presente precario y de un futuro incierto. Protestas que no han podido ser desarticuladas por la salvaje represión de la policía ni por las provocaciones de comandos de la ultraderecha, como las sospechosas acciones vandálicas de Barcelona.
Ante un mundo incierto hay una juventud que no se resigna a la incertidumbre. En Maricarmen, la anciana que en Madrid desalojaron de su vivienda, y que por ello muriera, se sienten retratados en su propia e incierta ancianidad. En las escuelas francesas sin maestros, sin bibliotecas y sin laboratorios ven el vacío y la soledad de su futuro. O su No futuro. Como en la película Rodrigo D No-futuro filmada en la Medellín de los años noventa, un retrato de la juventud marginada, marcada por la violencia desatada por Pablo Escobar, por la pobreza y la falta de oportunidades, diferentes a la de ser sicarios o marginales de la calle.
La muchachada que en la fría Bogotá resiste los potentes chorros de agua con que los dispersa la policía, cuando alegre y pacíficamente, danzando y cantando, reclaman por el desmantelamiento del Museo Nacional, saben que ellos, los fascistas, están desmantelando la libertad y la democracia, y también la posibilidad de un futuro amable y enriquecedor.
El mes de noviembre tiene una agenda electoral de inmensas expectativas, empezando por las elecciones en Estados Unidos en las que una derrota del trumpismo será determinante para la gran batalla que libra la humanidad progresista contra el fascismo mundial. Vendrán luego las elecciones generales en España, en las que desafortunadamente la izquierda no va completamente unida; pese a ello, el Frente Amplio crece y se fortalece, y será un factor decisivo para contener a la extrema derecha y para romper las vacilaciones y tibiezas de los socialistas.
El discurso de la noche de la victoria nos mostró a un Lula mucho más compenetrado con la gente del pueblo y dispuesto a gobernar preguntando, escuchando y obedeciendo. “Vamos a cambiar la forma de gobernar este país. Vamos a hacer que el pueblo participe más de nuestras decisiones. Y cuando no sepamos qué hacer le preguntaremos al pueblo”, expresó con la franqueza construida en las asambleas clandestinas del movimiento sindical en las que se forjó como líder. Palabras que reflejan el pleno convencimiento de que la victoria conquistada se logró en las barriadas y regiones olvidadas y en la entrega sin límites de la juventud brasileña.
No solo viene un nuevo gobierno. Vienen unos nuevos tiempos. Para Brasil y para toda la izquierda rupturista del mundo.








