Una tormenta se acerca desde Europa y EE.UU. y aún no sabemos muy bien qué hacer. Estaría bien que no pareciésemos un animal deslumbrado por las luces de un coche en mitad de la noche.
Análisis de lo que está ocurriendo no nos faltan. Sabemos que los grandes capitalistas están organizando, en EE.UU. y en sus zonas de influencia, una dictadura mundial. Son ellos los que deben dirigir el mundo según sus intereses, una Ilustración Oscura que espera que Trump sustituya a la democracia liberal por la Organización Trump.
Sabemos que, para disciplinar a los diferentes pueblos, un populismo de extrema derecha desarrolla una batalla cultural que borre de las conciencias cualquier concepto de lo bueno, de la justicia social, de humanidad.
Que la alianza entre el gran capital y la extrema derecha potencia su campaña de manipulación masiva utilizando las nuevas tecnologías que los potentados de Silicon Valley ponen a su disposición. Y esto a pesar del enfrentamiento entre Elon Musk y el gurú de la extrema derecha Steve Banon, lo que demuestra que esto no va de personajes concretos, sino que es un proyecto político consolidado por encima de sus protagonistas.
ORGANIZACIÓN POLÍTICA DE LA RESPUESTA
La derecha (ya no hacemos el esfuerzo para distinguir la derecha democrática de la autoritaria, porque la primera ha sido fagocitada) lleva años organizándose en think tanks que no son meros laboratorios de ideas, sino verdaderos comités centrales de la política ultra. Planifican, actúan dentro de los partidos, testean la opinión pública constantemente y dirigen los ataques de la batalla cultural con un nivel alto de acierto. Además, vigilan a los gobiernos afines para que cumplan con la planificación, como está haciendo la Fundación Heritage con Trump.
La derecha lleva años organizándose en think tanks que no son meros laboratorios de ideas, sino verdaderos comités centrales de la política ultra
Frente a esta organización, la izquierda dispara con iniciativas individuales y nada coordinadas, quizás coincidiendo en el análisis, pero sin convertir en política las conclusiones. Somos francotiradores en medio de una guerra cuyos medios nos hacen ineficaces.
En la izquierda no admitiríamos que nuestra política la dictaran desde fuera, en una organización ajena a los procesos democráticos que defendemos. Pero una vez fijada democráticamente la línea política, necesitaríamos estos grupos de trabajo que aportan conocimiento técnico que nos ayude a conocer mejor los cambios sociales que se están produciendo, cómo la batalla cultural derechista incide en la opinión pública, qué política de comunicación es necesaria. Además de aportar el conocimiento técnico de cómo comunicar en el marasmo informativo actual.
Tampoco es posible copiar la organización derechista porque no podemos contar con los aportes millonarios que ésta recibe. Será la militancia y el compromiso político sobre lo que descanse esta actividad.
No podemos seguir esperando que las cosas sucedan. No podemos pensar en unas elecciones en las que el votante se acerque a la urna valorando los avances materiales de este gobierno. Porque la batalla cultural derechista está teniendo éxito marcando los temas de conversación, desviando a las conciencias para no hablar de las condiciones materiales de la vida humana, convirtiendo la tontería racista, machista y violenta en el centro del interés social.
La batalla cultural derechista está teniendo éxito marcando los temas de conversación, desviando a las conciencias para no hablar de las condiciones materiales de la vida humana, convirtiendo la tontería racista, machista y violenta en el centro del interés social
¿Cómo tomar la iniciativa? En la calle. La izquierda tiene que dedicarle el tiempo justo al mundo digital. Las condiciones materiales de la vida humana la hemos defendido y tendremos que seguir haciéndolo en la calle, para que las ideas se conviertan en carne.
El mayor problema de la clase trabajadora, hoy, es la vivienda. La vivienda lastra cualquier conquista salarial, nos convierte en pobres aun teniendo trabajo y el SMI más alto no ya de la historia, sino de cualquier previsión anterior. Se come las subidas en las pensiones, a pesar de haber presenciado las más espectaculares. La vivienda es para el pueblo el más acabado ejemplo de la ruina que significa el libre mercado. Es el mercado el que impide nuestra vida. Y es la intervención estatal la única solución. Pura política.
Entonces, ¿por qué el mayor problema es la inmigración? En un país en el que no tenemos el nivel de inmigación que tiene Francia, ni Inglaterra, ni EE.UU. (país de inmigración). A pesar de que exista el doble de inmigración y baje el nivel de delincuencia. Que no existe una población “española” que sostenga la pensión del “baby boom” ya cercana a la jubilación. O que la España vaciada necesita una nueva población que necesariamente tiene que ser inmigrante. Y destaco que, al menos mi pueblo, el andaluz, es pura mezcla racial, en la que ya nos sabemos cuando nos miramos al espejo si vemos a un musulmán, un judío o romano, o centroeuropeo (protagonistas de varias repoblaciones), con algunas gotas de sangre negra de nuestra propia esclavitud —muchos de ellos se asentaron en nuestras ciudades— e incluso vikingos (les gustaba incursionarnos, literalmente). Como para defender la pureza de la raza.
En Francia existe un verdadero problema no con quien salta la valla, sino con la 2ª o 3ª generación. Un país que recibió con una actitud colonialista a personas que proceden de sus antiguas colonias. Que las recluyó en barrios que se fueron convirtiendo en guetos. Por lo que existen varias generaciones hartas de estar hartas. Las explosiones de barrios sin perspectivas son recurrentes, y la mayor gasolina para la extrema derecha.
En Andalucía nos encontramos con que Vox puede convertirse en la segunda fuerza política en dos provincias, Huelva y Almería. Son las provincias que más fuerza de trabajo inmigrante tiene. La fresa y los frutos rojos en Huelva y los invernaderos de Almería. Bajo los plásticos existen verdaderas tragedias. Las chabolas donde habitan son víctimas de continuos incendios. Podemos afirmar que ese voto derechista no rechaza la inmigración, porque la necesita. Pero la quiere esclava.
Podemos afirmar que ese voto derechista no rechaza la inmigración, porque la necesita. Pero la quiere esclava
En las ciudades, la inmigración se concentra en los antiguos barrios obreros. El verdadero esfuerzo de los gobiernos de izquierda deben ser los barrios obreros, que se han ido deteriorando no solo por la pérdida social de los primeros habitantes, sino por la invasión de la droga en generaciones como la mía, la falta de perspectivas de buena parte de esta juventud, y la oferta insuperable del narco.
La inmigración suma problemas como la incomunicación o la diferencia cultural, que hace poco comprensibles las normas de convivencia. Pero su problemática es similar a la problemática general de la clase obrera. Que el capitalismo no da respuesta a la mayoría de la población. Y la política convencional es incapaz de dar una sola esperanza.
Invertir masivamente en los barrios obreros para evitar la caída en la desesperación de nacionales y extranjeros. En educación, en intervención social en la calle (dejemos ya los despachos), formación profesional, iniciativas comunitarias, seguridad para que no dominen el barrio el narco y el traficante de armas. Acompañamiento a la infancia, la adolescencia y la juventud. No sigamos contemplando cómo nuestras ciudades fracasan al permitir la vida en estas condiciones. Sólo al sistema le viene bien la existencia del lumpenproletariado.
PARA LAS ELECCIONES
En nuestra lucha política, es fundamental tener alternativas entendibles para todas y todos, sobre todo en los temas que la derecha marca como de primer interés. Por supuesto, necesitamos tener una alternativa completa a la inmigración, a la vez que fácil de comunicar.
También llevar la lucha política a las condiciones materiales de la mayoría, a la convivencia, a la “buena vida”.
Sin embargo, esto va más allá del ritmo electoral. Lo recorrido por la derecha con su batalla cultural, no parece que pueda ser confrontada con éxito de aquí a las próximas elecciones.
La lucha ideológica unificada, los grupos de análisis, los grupos de comunicación, es decir, el aparato ideológico que necesitamos es un proyecto más allá de los programas electorales, documentos que no tienen mucha audiencia. Este aparato debe proyectar un verdadero proyecto socialista del que se nutran nuestras campañas electorales, pero cuyo objetivo es compartir con la mayoría social un horizonte de cambio, un horizonte de esperanza.
Para lo inmediato, para las citas electorales, lo imprescindible. Lo mejor que podemos hacer es movilizar al potencial electorado de la izquierda, que es mucho mayor que lo que muestran los últimos resultados.
Un electorado que hemos ido desincentivando, aburriendo, en medio de nuestras peleas, los pulsos políticos entre dos polos políticos que han competido por ser hegemónicos en la izquierda y protagonizar la política por encima de los otros agentes. Dos proyectos hegemónicos (Iglesias/Errejón) que no dan más de sí. Sólo desde la igualdad, el respeto a la diferencia, el entendimiento de la complejidad, podemos construir la unidad de la izquierda. Una unidad como condición imprescindible para volver a conectar con la gente de izquierdas.
Unidad que entusiasma en vez de esperar la tragedia y dar por hecho que las derechas van a conquistar el poder. Esta vez no se trata de mera alternancia entre derechas e izquierda. La derecha vive su momento revolucionario, el de llegar al poder y transformar el aparato estatal en lo que interesa al capital.
La urgencia electoral y la necesidad de organizar la lucha ideológica convierten a la división en una locura. Más cuando esto tiene el aspecto de dos que se miran de reojo y esperan a ver quién se la pega en las elecciones y quién sobrevive y se reivindica a sí mismo. Que esto se parece de una forma insensata a la escena de la carrera de coches de Rebelde sin causa.







