Los ecos de la disolución de la Asamblea Nacional en junio del año pasado siguen sacudiendo la política francesa. Lejos de servir para dar estabilidad a la segunda economía de la Unión Europea, aquella decisión unilateral de Emmanuel Macron ha hundido a Francia en la inestabilidad política. El inicio del nuevo curso ha certificado dos cosas: que la crisis de régimen que atraviesa el país todavía puede profundizarse más y que el presidente de la República es incapaz de resolverla.
No ha sido un mes de septiembre nada tranquilo para Macron y el campo presidencial. El verano no presagiaba nada bueno. En pleno mes de julio, solo un día después de la Fiesta Nacional en la que Francia celebra la toma de la Bastilla y el inicio de la Revolución, el primer ministro François Bayrou presentó un plan de recortes valorado en 44.000 millones de euros para el próximo presupuesto. Entre otras medidas, Bayrou anunció la supresión de 3.000 empleos públicos, dejar un tercio de las vacantes por jubilación sin cubrir, duplicar el precio de las franquicias médicas (la cantidad que los franceses deben pagar de su bolsillo al comprar medicinas), o la supresión de dos festivos al año, uno de ellos especialmente significativo: el 8 de mayo, día en que Francia celebra la victoria sobre el régimen nazi en la Segunda Guerra Mundial. El leitmotiv es un viejo conocido: la galopante deuda pública francesa, el aumento del déficit y la necesidad de ajustarlo a los parámetros impuestos por Bruselas.
“Tijeretazo” es una expresión que se queda corta para describir el plan propuesto por Bayrou. Para hacernos una idea, equivaldría al 1,3 % del Producto Interior Bruto galo. Poco le importaba a Bayrou y a su gobierno que el principal responsable de ese aumento en la deuda pública sea el propio Emmanuel Macron. Los datos no dejan lugar a dudas. Desde su llegada a la presidencia, Macron ha disparado la deuda pública francesa del 98 % en 2017 hasta el 113 % en 2024. Pero hay más: el anuncio de Bayrou se produjo un día después de que el presidente Macron anunciase un aumento de 6.500 millones de euros en defensa durante los dos próximos años, hasta alcanzar un gasto total de 64.000 millones de euros. Justo el doble del dinero que dedicaba Francia a este capítulo presupuestario cuando Macron llegó a la Presidencia.
Una vez más, los gobernantes franceses pretenden que el fracaso de las políticas neoliberales lo paguen los trabajadores y las trabajadoras, y, como era de esperar, ambos anuncios no tardaron en provocar la indignación de sindicatos, colectivos sociales, partidos de izquierdas, etc. Para Fabien Roussel, secretario nacional del Partido Comunista Francés, el anuncio de Bayrou no es un recorte presupuestario, sino “una contrarrevolución que busca destruir los pilares de nuestro modelo social: los derechos de los asalariados, los servicios públicos del Estado y de nuestras colectividades locales, y el sistema de Seguridad Social”. Este plan “tendrá un efecto desastroso para Francia, conduce a la nación directamente a la recesión, al colapso industrial y al ensanchamiento de las desigualdades en todos los ámbitos”. Finalmente, “frente a este presupuesto de austeridad Bayrou-Macron, que es un saqueo inédito a nuestras riquezas”, Roussel llamaba “a resistir y movilizarse”.
Movilizaciones populares masivas y fin de Bayrou
La contestación a los planes de Bayrou no se hizo esperar y fue aumentando exponencialmente con el surgimiento del ciudadano “Bloqueemos todo”, que llamó a paralizar el país en una protesta nacional y masiva para el 10 de septiembre. A medida que pasaban las semanas, el movimiento iba recabando más apoyos sociales, del Nuevo Frente Popular y de los principales sindicatos franceses. Hasta el punto de que al primer ministro solo le quedó una carta: jugársela a todo o nada. François Bayrou convocó una moción de confianza ligada al presupuesto para el 8 de septiembre, dos días antes de las movilizaciones.
Bayrou se ponía la soga al cuello, y lo sabía. Pronto quedó claro que ningún grupo político más allá del campo presidencial iba a prestarle su apoyo y, por tanto, su gobierno caería el día indicado. Así fue. El 9 de septiembre Bayrou presentó su dimisión al presidente de la República. Había logrado sobrevivir 270 días. Mucho más que su predecesor, Michel Barnier, que solo mantuvo el cargo escasos tres meses. Acto seguido, Macron nombró a su nuevo peón: Sébastien Lecornu, hombre de total confianza del presidente, de su partido político y, hasta entonces, ministro de Defensa. Macron, en su soberbia, cerraba la puerta por tercera vez a un primer ministro de izquierdas.
El presidente francés sigue empecinado en reinar sobre los partidos y sobre la voluntad ciudadana emanada de las urnas La crisis de régimen que atraviesa Francia se debe, en buena medida, a su forma de ejercer el poder
La movilización del 10 de septiembre fue todo un éxito, otra contundente expresión de desobediencia civil y rechazo a las políticas neoliberales de los sucesivos gobiernos franceses. Según los datos del Ministerio del Interior, se registraron casi 600 concentraciones y más de 250 bloqueos en todo el país, con una participación estimada de entre 250.000 y 500.000 personas. Macron, sin embargo, parecía no querer darse por enterado.
El clamor popular contra las políticas macronistas y los planes de recorte presupuestario tuvo una segunda parte el 18 de septiembre. Convocados en esta ocasión por todos los grandes sindicatos del país, más de un millón de franceses participaron en las concentraciones, bloqueos o huelgas que se llevaron a cabo por toda la geografía del país vecino. El PCF habló de “el inicio de un gran movimiento de apropiación social” y puso el foco en forzar la elaboración de “otro presupuesto que responda a las necesidades sociales y a los retos del siglo, para reforzar la democracia social mediante nuevos poderes de intervención de los trabajadores y trabajadoras”.
Al momento de escribir estas líneas, Sébastien Lecornu aún no ha formado gobierno, pero no parece que la fórmula que se llevó por delante a Barnier y a Bayrou vaya a surtir efecto al tercer intento.
Macron persiste en su error mientras alimenta a la extrema derecha
Macron sigue empecinado en reinar sobre los partidos y sobre la voluntad ciudadana emanada de las urnas en junio de 2024. La crisis de régimen que atraviesa Francia se debe, en buena medida, a su persona y a su particular forma de ejercer el poder. Monarca republicano, rey sin corona y presidente de la República con menor apoyo popular de la historia: solo el 17 % de los franceses expresan simpatía por su líder galo. El macronismo, entendido como el movimiento político en torno a su figura, es hoy un espacio muerto, con una perspectiva electoral a la baja y con un liderazgo que se disputan varios antiguos hombres fuertes como Édouard Philippe o Gabriel Attal, hoy distanciados del presidente.
Macron pensaba que lo mejor para evitar el ascenso de la extrema derecha era ejercer desde el poder las políticas de la extrema derecha, un error que amenaza la supervivencia de la Vª República Francesa
A la crisis económica, a la inestabilidad parlamentaria, al bloqueo político y a la crisis de régimen, Macron puede apuntarse en su haber otro hito: convertir a la Agrupación Nacional en el principal candidato a ganar las próximas elecciones presidenciales, incluso a pesar de que su líder, Marine Le Pen, haya sido condenada por malversación de fondos públicos a cuatro años de prisión (dos de ellos firmes, con posibilidad de cumplir con brazalete electrónico). Las últimas encuestas sitúan al RN como primera fuerza con una intención de voto en torno al 35 %. Solo las fuerzas de izquierdas, pendientes aún de reeditar un nuevo Frente Popular, están en condiciones de evitar la tragedia de ver a la extrema derecha gobernar Francia por primera vez desde los tiempos del régimen de Vichy.
Macron pensaba que lo mejor para evitar el ascenso de la extrema derecha al poder era ejercer desde el poder las políticas de la extrema derecha, un error que muchos advirtieron y que ahora se ha transformado en una amenaza política para la supervivencia de la Vª República Francesa. Los próximos meses serán cruciales. Los rumores de un posible nuevo adelanto electoral se suman a un calendario con dos citas clave en el horizonte: las elecciones municipales de 2026 y las presidenciales de 2027. Unidad en las municipales para garantizar el éxito en las presidenciales es la consigna de los comunistas franceses. De momento no parece fácil, pero en estas citas la izquierda francesa se juega mucho más que un resultado electoral. Ha de estar a la altura.







