Hemingway se sintió impresionado por la proyección social de Dolores. Era como una santa que anduviera por la calle rodeada de pobres, de gente que le pedía cosas o que necesitaba hablar con ella. Y ella se paraba y los escuchaba y no pocas veces encabezaba una tropilla de gente que iba a impedir un desahucio o a exigirle a un patrón que no maltratara a los obreros.
Dolores era una leyenda; una leyenda con la que se podía hablar por la calle, una leyenda que se podía tocar. Una leyenda con una voz poderosa, mezcla de tigre y de paloma. Una leyenda al servicio de los trabajadores y los parias.
Una leyenda que en el Congreso supo representar a la gente, pero que, sobre todo, era gente. Que se hizo leyenda porque así era más efectiva en su lucha contra la explotación y el dominio.
Al principio, cuando contra toda costumbre, por ser mujer y madre, se decidió a dejar la pasividad y se entregó en cuerpo y alma a la lucha, no pocos intentaron convencerla de que ese no era su papel en la vida y tenía que regresar a sus labores. Dolores les contestó que realmente lo que le estaban planteando era un «pacto de hambre».
Pasionaria, una mujer surgida de la nada que, en un mundo fuertemente patriarcal, supo abrirse camino como dirigente revolucionaria y supo resistir las campañas feroces que se hicieron contra ella y su dignidad. Una figura mundial del comunismo. Un instrumento fabuloso en manos de los trabajadores. Un medio de comunicación impagable para dar voz a quienes no la tenían Una voz inapelable, como un relámpago de luz que no cabía en el hemiciclo de las Cortes.
Como dijo Alberti: ¿Quién no la quiere? No es la hermana, / la novia ni la compañera. / Es algo más: la clase obrera, / madre del sol de la mañana.
Tomado de libro:
1917-2017. Desde que NOVIEMBRE se llama OCTUBRE
Felipe Alcaraz y Andrés Vázquez de Sol.
Editorial Atrapasueños







