El pueblo iraní espera, y percibe que se están gestando grandes acontecimientos en el país. Los republicanos actúan bajo la consigna de unidad para una transición hacia una democracia secular y una Asamblea Constituyente con el apoyo de organismos internacionales. La oposición de derecha aspira a restaurar la monarquía con el hijo del sha Reza Pahlaví y la ayuda de Israel y Estados Unidos.
Han pasado dos meses desde la operación militar iniciada por Israel y concluida por Estados Unidos contra la República Islámica de Irán, y alrededor de seis semanas desde que se estableció un alto el fuego no oficial, sino únicamente de facto, entre las partes. Sin embargo, la tensión persiste y las manos en Teherán, Tel Aviv y Washington siguen en el gatillo.
Las raíces de este acontecimiento se remontan a la revolución de 1979, cuando el clero chiita tomó el poder político en Irán. Tras la ocupación de la embajada de EE. UU. por los seguidores del ayatolá Jomeini, el régimen islámico, sin abandonar su enemistad contra el comunismo, se centró en lemas como «muerte a Estados Unidos» y «destrucción de Israel», que se convirtieron en parte de su discurso oficial. En realidad este discurso estaba basada en una visión retrógrada que rechazaba la civilización occidental, buscando la eliminación de todo pensamiento liberal a fin de consolidar el monopolio del poder dentro el país.
Tras lograr ese monopolio, la supervivencia del régimen a toda costa se convirtió en la doctrina principal del clero gobernante. Los pilares de esa política fueron: la represión de toda oposición interna gobernando con puño de hierro, el acceso a la capacidad nuclear, la exportación de la revolución a la región y la expansión de la influencia política y militar hasta el mar Mediterráneo como profundidad estratégica. En los 47 años de estar en el poder, toda la política económica, social, religiosa y étnica del régimen islámico se ha definido en relación con esta doctrina.
Ese camino, tras un recorrido largo y accidentado, desembocó finalmente el 12 de junio de 2025 en un enfrentamiento militar directo con Israel y su aliado estratégico, Estados Unidos. Ya en la primavera de 2024 se habían probado operaciones limitadas con asesinatos selectivos, ataques puntuales y lanzamiento de misiles. En las primeras horas del ataque israelí, murieron más de 20 comandantes militares de alto rango y 9 científicos nucleares iraníes, y gran parte de la defensa aérea quedó destruida. Durante nueve horas, el cielo de Irán estuvo literalmente indefenso, y los cazas israelíes bombardearon sus objetivos con total libertad.
Tras ese golpe inicial, las fuerzas iraníes reaccionaron lanzando drones y misiles balísticos contra Tel Aviv, el puerto de Haifa y una ciudad del sur de Israel, causando graves daños en su infraestructura. Una de las características de esta guerra fue la clara superioridad de inteligencia israelí, que no solo ocasionó bajas humanas significativas al régimen islámico, sino que también expuso su vulnerabilidad y lo desacreditó ante la opinión pública. Esta humillación, debido a la infiltración del enemigo en los más altos niveles, generó una oleada de cuestionamientos incluso dentro del propio régimen.
La escalada bélica en apenas dos semanas alarmó gravemente a toda la región, y los países vecinos siguieron observando la situación con inquietud. En Occidente, el trío Francia–Reino Unido–Alemania busca actualmente reactivar las sanciones económicas suspendidas de la ONU contra Irán, amparándose en el mecanismo de «snapback» previsto en el acuerdo nuclear JCPOA, cuyo plazo vence en pocas semanas. Mientras tanto, EE. UU., que a la vez que negociaba con Irán sobre enriquecimiento de uranio, bombardeó severamente las instalaciones nucleares iraníes, ahora exige el cese total de toda actividad nuclear en suelo iraní y advierte que, de reanudarse, está listo para una ofensiva militar aún más devastadora que la guerra de 12 días.
Crisis económica y social
Tras la guerra y sus consecuencias aplastantes, las crisis económicas y sociales se han intensificado: el rial —la moneda iraní— se ha desplomado a su mínimo histórico, la inflación y la recesión paralizan la economía, y millones de personas empobrecidas claman por la escasez de agua, electricidad, aire limpio y empleos con salarios dignos. Al mismo tiempo, crece la preocupación por la destrucción del medio ambiente y el hundimiento del suelo debido a la sobreexplotación de los acuíferos.
Los cortes de agua y electricidad, las fábricas semiparalizadas y la recesión del mercado forman parte de la vida cotidiana. El cielo de Irán —país con más de 1,6 millones de km² y casi 90 millones de habitantes— ha quedado prácticamente indefenso, por lo que cualquier nuevo enfrentamiento militar podría tener consecuencias devastadoras.
Protestas y represión
Mientras tanto, el número de ejecuciones ha aumentado de una manera sin precedentes. Toda protesta es reprimida bajo la acusación de espionaje a favor de Israel cuya sanción es pena de muerte. El mes pasado, el gobierno expulsó a casi un millón de refugiados afganos alegando que eran espías israelíes. El programa de expulsiones, ya preparado desde antes, se ha acelerado ahora bajo ese pretexto político.
Dentro de la sociedad iraní se escuchan voces diversas: millones exigen que se evite otra guerra, mientras otros tantos afirman que mientras exista la República Islámica, el país no conocerá la paz. Lo notable es que, pese al horror que ha significado y a la sombra que aún proyecta sobre el país, la guerra no logró sofocar el movimiento civil que lleva tiempo activo en Irán.
Las protestas laborales por la brecha desbordante entre los salarios y la inflación han resurgido con fuerza en pleno verano, agravadas por los cortes constantes de agua y luz. Las mujeres siguen con su resistencia civil contra las imposiciones religiosas retrógradas. Activistas de minorías étnicas y religiosas, especialmente en Kurdistán y Baluchistán, regiones que sufren aún mayor discriminación e inseguridad, han intensificado sus luchas, convirtiendo a estos territorios en focos de inestabilidad preocupantes.
Todos los acontecimientos muestran que el Irán posterior a la guerra de 12 días ya no es el mismo que antes. Pero explicar esta situación, al igual que la previa, exige realismo. El ataque militar de Israel y EE. UU. partió de la premisa de que los iraníes lo verían como liberador. Esa evaluación se basaba en el poderoso movimiento «Mujer, Vida, Libertad» de 2022 y en la gran brecha entre la mayoría de los ciudadanos y el régimen. Esa ilusión, sin embargo, estalló como un globo.
Otro efecto de la posguerra son las turbulencias políticas internas del régimen. Dentro de la estructura de poder se desarrollan intensas disputas y cambios profundos: el ayatolá Alí Jamenei ha quedado severamente desprestigiado. Sus políticas y las de sus seguidores más duros han fracasado por completo. Tras los golpes recibidos por sus brazos “proxy” en la región después del 7 de octubre, el régimen ha perdido la posición exterior que sostenía hasta hace apenas un año.
El Cuerpo de los Guardianes de la Revolución, brazo militar del despotismo religioso y controlador de más del 60 % de la economía, mostró en esta guerra que su poder real estaba muy lejos de la propaganda. No sólo fue incapaz de proteger a sus propios comandantes, sino que ni siquiera previó refugios para la población civil frente a los bombardeos, dejando al país indefenso.
El régimen islámico ha comprendido cuán solo está. Ni Rusia ni China —a pesar de lazos en BRICS, en la Organización de Shanghái o en otros acuerdos estratégicos— fueron más allá de condenas verbales contra Israel ni ofrecieron sistemas avanzados de defensa antiaérea. Nunca la República Islámica había estado tan aislada en el escenario internacional.
Se están gestando cambios en el país y la región
El pueblo espera, y percibe que se están gestando grandes acontecimientos en el país. Los republicanos iraníes, apoyándose en el amplio y diverso movimiento civil y social del país, actúan bajo la consigna de unidad para una transición democrática hacia una democracia secular mediante un referéndum que establezca una Asamblea Constituyente supervisada por organismos internacionales.
Por otro lado, la oposición de derecha, de carácter autoritario, está encabezada por los monárquicos, con Reza Pahlaví —hijo del depuesto sha Mohamed Reza Pahlaví— a la cabeza. Esta oposición aspira a restaurar la monarquía en Irán con ayuda de Israel y Estados Unidos.
Concluyo este escrito señalando que la guerra de 12 días entre Israel y la República Islámica debe verse como parte de las transformaciones geopolíticas de la región y analizarse dentro de ese marco. Antes de la ofensiva, la llamada “profundidad estratégica” del régimen en Líbano y Siria, y en gran medida también en Iraq, estaba completamente neutralizada por lo que ninguna de esos medios podía ya ofrecer capacidad de disuasión frente a Israel.
Las competencias por la hegemonía en la región se libran en múltiples direcciones, sin un horizonte claro: Israel, en medio del genocidio contra los palestinos, sueña con redibujar fronteras; Turquía, con su neootomanismo, acaricia ambiciones expansionistas; Trump compra la voluntad de los jeques árabes con el proyecto de los «Acuerdos de Abraham» en beneficio de Israel; y la República Islámica, pese a su debilitamiento, lucha por reconstruir su poder chiita. La guerra por la hegemonía en la región está en pleno auge. La situación es extremadamente cambiante y dinámica, cosa que requerirá un análisis continuo, cuidadoso y extenso por parte de las fuerzas democráticas del país.







