La República Islámica de Irán: ¿antimperialista, propalestina, o dictadura opresora?

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Mapa geográfico de Irán. – Fuente: Wikimedia Commons CC 2.0

En la última semana de septiembre, dos acontecimientos importantes marcaron la agenda internacional: el alto el fuego en Gaza y la activación del mecanismo de “snapback” (reactivación de sanciones) contra Irán.

El primero representó un rayo de esperanza, fruto de la lucha de millones de personas en todo el mundo contra la masacre del pueblo palestino por parte del ejército  israelí. El segundo, en cambio, fue el resultado del consenso occidental por doblegar a la República Islámica de Irán, debido a la postura inflexible del régimen iraní respecto a su programa nuclear.

Antecedentes: una mirada al pasado

La República Islámica nació como consecuencia de la Revolución de febrero de 1979, con consignas “ni oriente ni occidente”, “defensa de los oprimidos y trabajadores”, “lucha contra Israel y contra Estados Unidos”.

Por estas consignas, muchos movimientos internacionales, e incluso sectores de la izquierda, consideraron al nuevo régimen iraní como una fuerza antiimperialista. Esta simpatía se explica en parte por los acontecimientos posteriores a la revolución: el intento de golpe de Estado apoyado por Estados Unidos, las sanciones económicas impuestas tras la toma de la embajada estadounidense en Teherán, y la guerra Irán-Iraq (1980-1988), instigada y respaldada por potencias occidentales y países árabes aliados de Washington.

Sin embargo, esas mismas características que despertaron simpatía en algunos países, generaron al mismo tiempo rechazo y miedo en otros. El régimen nacido de la revolución, enfrentado a muchas dificultades y conspiraciones reales  internas y externas, emprendió una represión sistemática de todo aquello que no encajaba con su visión política, ideológica, cultural o estética. Mediante purgas generalizadas, reemplazó a los no afines por elementos leales en todos los ámbitos laborales y sociales.

En la primavera de 1980, el régimen llevó a cabo un golpe cultural —la llamada “revolución cultural”— que implicó la expulsión de profesores, investigadores y estudiantes de las universidades. Ese mismo año se impuso el velo obligatorio y un código de vestimenta para las mujeres en todos los espacios públicos. Aunque al principio hubo fuertes protestas femeninas, el régimen logró imponer gradualmente su norma. Durante los años ochenta, la ofensiva cultural y política contra mujeres, jóvenes, estudiantes y minorías fue brutal. Las organizaciones de izquierda, los movimientos nacionalistas y étnicos fueron los principales objetivos de arrestos masivos, torturas y ejecuciones. Un año después de la revolución ya no existía ningún partido laico. Quienes sobrevivieron a la represión se vieron obligados a huir al exilio.

El punto culminante del terror llegó en el verano de 1988, cuando por orden directa del ayatolá Jomeini se estableció un comité de cinco miembros con autoridad absoluta para revisar los casos de presos políticos. Miles de ellos fueron ejecutados tras juicios de apenas tres a cinco minutos y enterrados en fosas comunes, incluso muchos que ya habían cumplido su condena.

Política exterior, profundidad estratégica y el “eje de la resistencia”

Irán por su ubicación geográfica, puede influir decisivamente en el Oriente Medio,  según rumbo de su política exterior. Desde el principio, la República Islámica adoptó una estrategia de exportar la revolución islámica y crear una red chiita internacional bajo la consigna de combatir a Estados Unidos e Israel.

Esta política se apoyó principalmente en las poblaciones chiies de Iraq y Líbano y en los alauitas de Siria, a través del apoyo financiero y logístico a Hezbolá, las milicias de Al-Hashd al-Shaabi en Iraq, el régimen de Bashar al-Asad en Siria y los hutíes en Yemen. Teherán denomina a esta política “profundidad estratégica”, considerándola esencial para su seguridad nacional. El llamado “Eje de la Resistencia” incluye a fuerzas estatales y no estatales —en su mayoría chiitas— en Irán, Siria, Iraq, Líbano, Yemen y Palestina, y se presenta como una alianza en defensa del pueblo palestino frente a la ocupación israelí.

No obstante, el costo humano y económico de esta política ha sido enorme, y lejos de aumentar la seguridad de Irán, la ha puesto en peligro. Mientras algunos sectores la apoyan, la mayoría de los países árabes ven al régimen iraní como una amenaza. De hecho, esta situación ha facilitado los acuerdos de Abraham, que normalizan relaciones entre Israel y varios países árabes, un desarrollo claramente contrario a los intereses de Teherán.

Movimientos de protesta  y las demandas sociales

El pueblo iraní nunca ha apoyado realmente la política de “profundidad estratégica” ni el “eje de la resistencia”. Aunque durante las primeras años, tras la revolución predominó el silencio de la poblacion, pero las sanciones, la inflación y la desigualdad social crecientes provocaron oleadas de protestas y huelgas en los últimos diez años. El famoso lema “¡Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán!” refleja el rechazo popular a la política exterior del régimen. No se trata de falta de solidaridad con el pueblo palestino, sino de una denuncia contra un modelo que destina los recursos del país a conflictos externos mientras millones de iraníes caen bajo el umbral de la pobreza. Para muchos, las sanciones, la carestía y el aislamiento son consecuencia directa de las decisiones del régimen, no de una defensa nacional.

El programa nuclear

Uno de los temas que mantiene a Irán en el centro de la atención mundial es su programa nuclear. El primer reactor nuclear iraní, en Bushehr, fue construido en 1975 por la empresa alemana Siemens y completado por Rusia en 1995. Desde 2011 produce mil megavatios de electricidad. Sin embargo, detrás de este programa civil se sospecha la existencia de un componente militar: la búsqueda de la bomba atómica.

El régimen ha defendido su programa bajo el lema populista “La energía nuclear es nuestro derecho legítimo”, logrando con ello cierta aceptación incluso fuera de sus bases tradicionales. El asesinato de científicos iraníes atribuido a Israel, y los bombardeos israelí-estadounidenses bajo el pretexto de la “defensa propia”, han permitido al régimen presentarse como víctima ante la opinión pública.

Pero la realidad económica es otra: Irán ha gastado centenares miles de dólares en sus instalaciones nucleares y centrífugas de enriquecimiento de uranio, sin resolver sus problemas energéticos. El uranio necesario podría adquirirse en el mercado internacional a un costo mucho menor. Además, siendo el segundo país del mundo en reservas de petróleo y gas, y contando con un gran potencial para la energía solar y eólica, el programa nuclear carece de sentido económico. Si el verdadero objetivo es la “disuasión”, la estrategia es aún más peligrosa: el país quedará bajo permanente vigilancia y riesgo de ataques preventivos, como ya ocurrió en Iraq y Libia.

Por tanto, el proyecto nuclear iraní, con sus fines ocultos o declarados, ha resultado perjudicial para los intereses nacionales: no ha traído seguridad ni energía, sino aislamiento, sanciones y vulnerabilidad militar.

El “snapback” y el nuevo riesgo de guerra

Tras la guerra de doce días entre Israel e Irán, se esperaba que el alto el fuego permitiera reanudar las negociaciones con Estados Unidos. Sin embargo, la tensión ha aumentado. Los bombardeos israelíes sobre las instalaciones de Fordo, Natanz e Isfahán, aunque dañados, no las destruyeron completamente, lo que podría justificar una nueva ofensiva.

El Consejo de Seguridad de la ONU, a petición de Alemania, Francia y Reino Unido, decidió reactivar el mecanismo de “snapback”, es decir, la reimposición automática de sanciones internacionales. Rusia había solicitado una prórroga de tres meses, pero fue rechazada. El “snapback” implica que todos los miembros deben aplicar sanciones e incluso, si lo consideran necesario, recurrir a la fuerza militar. Este mismo mecanismo se utilizó antes en Iraq (2003) y Libia (2011).

La reacción del lider iraní ha sido decepcionante. El presidente Masoud Pezeshkian ha expresado repetidamente su voluntad de negociar, afirmando que el país no puede seguir en esta situación. Sin embargo, su margen de maniobra está limitado por el control absoluto del Líder Supremo, Alí Jamenei, y sus aparatos de seguridad.

La resiliencia económica y política del régimen

Tres días después de la activación del “snapback”, entró en vigor el acuerdo de cooperación integral entre Rusia e Irán, firmado previamente. El pacto abarca sectores económicos, científicos, educativos y comerciales, aunque excluye la cooperación militar. Aun así, parece más una maniobra simbólica que un cambio real. Irán también mantiene un acuerdo de 20 años con China y forma parte del grupo BRICS, que Teherán presenta como alternativa al Occidente, aunque en la práctica sus intercambios son mayormente económicos. Para el régimen iraní, estos acuerdos funcionan como mecanismos para evadir sanciones y prolongar su supervivencia.

Una política exterior equilibrada, basada en relaciones múltiples y pragmáticas con todas las potencias y países vecinos, podría garantizar una paz duradera y un desarrollo sostenible orientado a la justicia. Esa sería la base de una República democrática y secular, en lugar de la actual teocracia.

Naturaleza y desastre ambiental en Irán

¿Podría un ciudadano español imaginar que Toledo sufriera hundimientos del suelo que amenazaran sus monumentos históricos? Eso es precisamente lo que ocurre en Isfahán, donde los puentes milenarios se agrietan y los edificios históricos se derrumban: una catástrofe civilizatoria. El cambio climático, la mala gestión del agua, la construcción indiscriminada de presas, los pozos profundos, las industrias intensivas en agua y la corrupción han devastado el medio ambiente iraní.

La desecación del río Zayandeh-Rud, del lago Urmía y de numerosos humedales es una tragedia ecológica y humana. Los habitantes de esas regiones han perdido no solo sus recursos naturales, sino también parte de su identidad y alegría de vivir. Hoy, el lecho seco del Zayandeh-Rud se ha convertido en punto de encuentro para manifestaciones culturales y políticas, símbolo de una nostalgia compartida y de la resistencia civil.

Mujeres, parques y deporte

Los parques a orillas del Zayandeh-Rud han sido espacios tradicionales de convivencia. Algunas zonas estaban reservadas exclusivamente a mujeres, donde podían caminar, conversar y hacer deporte sin el control de la policía moral. Desde el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, la presencia femenina en los espacios públicos se ha intensificado. Cada vez más mujeres salen sin velo, visten ropa deportiva y participan en actividades colectivas. Celebridades femeninas del deporte también se han unido a estas iniciativas, compartiendo experiencias, música y alegría.

Irán después del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”

Aunque el movimiento desencadenado por la muerte de Mahsa (Jina) Amini no logró derrocar al régimen, pero transformó profundamente la sociedad iraní. La libertad de elección del atuendo, que motivó la revuelta, se ha convertido en un hecho social irreversible. Pese a que el Parlamento aprobó una nueva ley del velo, el gobierno ha sido incapaz de aplicarla ante la desobediencia masiva de millones de mujeres.

El coraje de activistas como Ahoo Daryaei, Parastoo Ahmadi y muchas otras ha sido decisivo. Las mujeres iraníes también han destacado en ciencia, arte, música y, especialmente, en deporte: numerosos equipos femeninos han obtenido títulos continentales y olímpicos. El Premio Nobel de la Paz otorgado a Narges Mohammadi simboliza el liderazgo de las mujeres iraníes como protagonistas del cambio.

Ellas ya han dejado su huella en la lucha por una transición democrática y secular en Irán, y desempeñarán un papel determinante en su futuro.

La situación del régimen y de la oposición

Muchos se preguntan cómo el régimen ha logrado mantenerse pese a sanciones, crisis económicas, protestas masivas y aislamiento internacional.
La respuesta radica en una combinación de control represivo, recursos petroleros, apoyo externo limitado y, sobre todo, la debilidad de la oposición.

En el exilio, pueden distinguirse dos grandes tendencias:

  • Partidarios del derrocamiento del régimen a base de una intervención extranjera, que incluyen a monárquicos y a la Organización Muyahidín del Pueblo. Buscan la caída del régimen incluso mediante intervención extranjera. Sin embargo, tras los recientes bombardeos israelí-estadounidenses, este sector ha perdido apoyo popular dentro de Irán.
  • Los demócratas republicanos, que abogan por una república secular y democrática basada en la justicia social y la igualdad de género. Este amplio espectro reúne a fuerzas de izquierda, socialistas, socialdemócratas e incluso creyentes progresistas, así como a antiguos reformistas. Su estrategia se centra en los movimientos sociales y en la solidaridad internacional, especialmente con la izquierda y los sectores progresistas europeos.

La unidad y el apoyo global a estas fuerzas podrían abrir el camino hacia un Irán libre, plural y democrático.

(*) Mehdi Ebrahimzadeh. Relaciones Internacionales del Partido de la Izquierda de Irán

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