Hay revoluciones que triunfan porque otras anteriores, derrotadas, siembran la semilla. Quizá el caso más claro de esta concatenación es la revolución de octubre soviética, para la que la aplastada revolución rusa de 1905 preparó el camino. Algo parecido podríamos decir del movimiento insurreccional por la República que algunas organizaciones de vanguardia, de gentes iluminadas, intentaron llevar a cabo en diciembre de 1930 en España. Su derrota abrió el camino para el 14 de abril del año siguiente. Es un movimiento escondido en los libros de historia pero que, por su relevancia, en su 95 aniversario, conviene recordar. Los mártires de Jaca, Galán y García Hernández, son los más célebres, pero el intento se expresó en varias ciudades. Yo hablaré de lo que sucedió en San Sebastián, que, como un microcosmos, refleja el ambiente efervescente de aquellos años.
El 15 de diciembre de 1930, fuerzas republicanas y de izquierdas, planifican una acción insurreccional nacional para derribar a la monarquía e instaurar la República. La acción prevista en San Sebastián consiste en asaltar el Gobierno Civil, sito en una villa en el centro de la ciudad. La IRYA, Izquierda Revolucionaria y Antiimperialista, dirige el movimiento, con sus dos grupos fuertes de la provincia, el donostiarra, encabezado por el doctor José Bago, y los periodistas Ignacio Campoamor, hermano de Clara Campoamor, y Manuel Andrés Casaus; y el irunés, capitaneado por Manuel Cristóbal Errandonea, Antonio Ortega, y Ramón Ormazábal. Los de Irún toman el popular Topo y se presentan en ese ferrocarril en la capital, donde se juntan con los donostiarras para dirigirse a la sede del Gobierno Civil. Antes han cortado, con hachas, las comunicaciones telefónicas y telegráficas del Gobierno, para evitar que desde dentro soliciten ayuda. Son las seis y media de la mañana, aún no ha amanecido, y el tiempo es horrible, diluvia y truena. El grueso del grupo se oculta tras los árboles que rodean la villa, mientras uno de ellos se acerca al guardián de la puerta. Establece un diálogo con él, para entretenerlo, y mientras eso ocurre, la veintena de hombres armados que permanecían escondidos se lanzan al asalto. Comienza un tiroteo. Toman el gobierno. No saben qué hacer, y, ante la descoordinación del resto del país, deciden huir. El gobierno sostiene, a posteriori, que eso no sucedió, que fueron rechazados. Los revolucionarios huyen y se dispersan por la ciudad. En la refriega del asalto mueren dos guardias. El movimiento fracasa en el conjunto de España, por la falta de sincronización entre los distintos focos. En Jaca se sublevan los capitanes Galán y García Hernández, que ponen a las tropas en marcha hacia Barcelona, pero son derrotadas en Ayerbe, cerca de Huesca. Los capitanes de Jaca no han sido secundados por otras guarniciones, como habían previsto, pero no bien organizado. Sólo Cuatro Vientos y sus aviones en Madrid se suman, más algunas acciones esporádicas, civiles, como la de San Sebastián. En las horas y días siguientes son detenidos algunos cabecillas del asalto donostiarra, entre ellos Cristóbal Errandonea, Antonio Ortega, Ramón Ormazábal, José Bago, Ignacio Campoamor y Manuel Andrés Casaus. El fiscal pide penas de muerte para ellos, pero no llega a dictarse ninguna sentencia, por la caída del régimen, al proclamarse la República el 14 de abril del 1931, que los amnistía. La detención de Ortega, Errandonea, y Ormazabal, tendrá gran trascendencia para la historia. Son trasladados a la cárcel de Ondarreta donde coinciden con los comunistas Juan Astigarrabía, Fidel Lizarraga y Luis Zapirain, que se encontraban detenidos por organizar una huelga. Contaba Astigarrabía que aquellos voluntariosos republicanos se hicieron comunistas en ese breve periodo de la cárcel. Errandonea fue el verdadero jefe de la defensa de Irún revelándose con unas innatas condiciones militares, de estrategia y de mando; Ortega, teniente de carabineros en el inicio de la contienda, coordinó la defensa de Irún con Errandonea, y luego fue gobernador civil de Guipúzcoa. Tras la caída guipuzcoana marchó a Madrid, donde mandó varias unidades militares en la Ciudad Universitaria, punta de lanza del enemigo. En mayo de 1937, el presidente Juan Negrín le nombró Director Nacional de Seguridad, donde estuvo un tiempo, hasta que volvió al frente, encomendándole el mando del VI Cuerpo de Ejército primero, y del III Cuerpo de Ejército después. Se opuso al golpe entreguista del coronel Casado al final de la guerra, fue capturado por los franquistas y fusilado. Los iruneses que no fueron detenidos tomaron el tren, tal y como vinieron, y escaparon a Francia. Menos el Regaliz, un sujeto flaco y enjuto al que se conocía por ese apodo, que tras volver del asalto fallido, se refugió en su propio domicilio de Irún, donde permaneció encerrado sin salir hasta que el 14 de abril de 1931 se proclamó la República. Estaba escondido, pero todo el mundo, menos la policía, sabía dónde se encontraba.








