Creo que los canarios, puertorriqueños y cubanos (todos curiosamente isleños), otorgamos el mismo significado a una palabra singular: «guagua». En el español que compartimos, una guagua es el ómnibus que se emplea como transporte público. Trataré de contarles la historia del bloqueo a través de mis vivencias. Yo tenía dos años de edad cuando un 3 de febrero de 1962 el gobierno estadounidense implementó, mediante una Orden Ejecutiva Presidencial, el bloqueo económico, comercial y financiero a la isla rebelde. Hasta entonces, todo el parque automotriz, todas las fábricas y maquinarias en uso, eran de marcas norteamericanas. Una década antes, en 1952, se habían desmontado los circuitos urbanos del tranvías como parte de la estrategia de la industria automovilística. De repente, quedó prohibida la importación de vehículos y piezas de repuesto de aquel país. Poco a poco, la industria y el transporte de la isla se vieron gravemente afectados. Los técnicos inventaban para que las fábricas no se paralizaran. En 1976 el movimiento de innovadores y racionalizadores promovido por el Che Guevara adquirió personalidad jurídica. Los dueños de autos de los años cuarenta y cincuenta, algunos lujosos, fueron “renovados” por sus propietarios: el ingenio popular conservó la cáscara, la fuerte carrocería (todavía se fabricaban autos para que durasen), pero los motores fueron rehechos o sustituidos con piezas soviéticas, checas, japonesas o de cualquier otro origen. La Habana se convirtió en un museo rodante de autos antiguos, que solo por fuera eran originales. Muchos años después, los medios del imperialismo trataron de invertir el significado de aquella permanencia: el acto de resistencia creativa fue presentado como un triunfo del pasado. John Kerry, secretario de Estado de Obama, quiso moverse en La Habana en una de aquellas reliquias para apoderarse del símbolo, como si al cabo de casi sesenta años todo podía ser “como antes”. A los constructores de símbolos no les interesaba qué frankestein mecánico movía la carcacha antigua: lo que importaba, como siempre, era la apariencia externa.
Pero regreso al relato de mis vivencias. En mi infancia y primera adolescencia, las guaguas habaneras eran de la General Motors estadounidense y de la Leyland inglesa. Las segundas duraron más, porque el comercio con Inglaterra permitía un margen mayor de conservación. Hasta que el capital norteamericano adquirió la marca inglesa, y esta tuvo que romper su relación con Cuba. Una y otra vez Cuba ha tenido que rehacer su infraestructura industrial y de transporte urbano, porque el imperialismo persigue, presiona o compra a los fabricantes, para que estos rompan el vínculo comercial con Cuba. Eso también aconteció con las guaguas Hino. Téngase en cuenta que con solo el 10 por ciento de componentes estadounidenses, un producto industrial de cualquier procedencia tiene prohibida su venta a Cuba. A partir del chasis y motores de algunas de esas marcas se ensamblaron en el país los modelos Girón y Diana, incluso combinadas cañeras, pero la caída del otrora campo socialista interrumpió esa posibilidad. Recuerdo la suspensión por la “nueva” Hungría de la venta de guaguas Ikarus. No soy especialista en mecánica automotriz, solo me aferro a mis vivencias para mostrar un costado del bloqueo menos tratado.
Si deciden agredirnos, encontrarán a un pueblo dispuesto a morir por la libertad conquistada
El bloqueo está omnipresente en la vida de los cubanos, al punto de que se torna invisible. En mi niñez todo estaba normado, incluso la ropa, para que los precios no se dispararan y todos tuviesen acceso a los productos. Los niños teníamos derecho a tres juguetes al año: uno llamado “básico”, es decir, más caro (una bicicleta, por ejemplo) y otros dos, menos “atractivos”. Pero reinventábamos los juegos más antiguos, porque la calle era segura, porque todos estábamos escolarizados, porque disfrutábamos de una insólita salud física y mental. Al hablar del bloqueo, solemos mencionar nuestras carencias, respaldadas por números y datos impresionantes, pero quiero acompañar esta reflexión no con aquello de lo que carecimos, sino con lo que tuvimos, porque indica lo mucho más que pudimos haber tenido.
Los planes sociales no se detenían. En los pueblos más intrincados de montaña, hay una escuelita, incluso si es para dos y tres niños. A veces, una maestra va día tras día hasta la humilde casa de un niño en una zona apartada para impartirle clases a él solo. Porque un solo niño, un solo ser humano importan. Y allí estaban o iban los médicos de la familia. Proliferaron las becas para grados más avanzados. La educación, hasta el noveno grado, fue declarada obligatoria. En cada municipio del país se construyeron módulos culturales: una biblioteca, una galería de arte, casas de cultura (para impulsar el movimiento de aficionados), un museo, un cine, una banda de música. La apuesta de Fidel era por el conocimiento, por la cultura en un sentido amplio e integral. Citaré solo dos ejemplos: en 1973 se inauguró la Escuela Vocacional Lenin donde estudié, un palacio gratuito para más de mil estudiantes de alto rendimiento de secundaria y bachillerato, que contaba con alrededor de 27 edificios, cine, teatro, pista de atletismo y de fútbol, dos piscinas olímpicas y un tanque de salto, un tabloncillo para baloncesto y voleibol de mayor calidad que el que tenían los equipos nacionales, un periódico y una estación de radio confeccionados por los propios estudiantes, talleres de artes plásticas, de teatro, de cine, de danza, de música, instructores de casi todos los deportes. La Escuela combinaba el estudio y el trabajo durante tres horas en fábricas de baterías, de ensamblaje de radios, de las primeras computadoras que empezaban a producirse en el mundo (mastodontes que exigían cálculos matemáticos avanzados), de implementos deportivos, todas en el perímetro de la Escuela. Era la Grecia antigua, sin esclavos. Nos visitaba Fidel, se reunía a conversar con nosotros. Este esquema fue reproducido en cada capital de provincia.
El segundo ejemplo tiene que ver con el desarrollo de las ciencias. En plena crisis posterior a la caída del llamado “socialismo real”, la Revolución envió a un grupo de investigadores cubanos a los principales centros científicos de Europa para estudiar todo lo relacionado con una disciplina incipiente: la biotecnología, y destinó recursos a la edificación de laboratorios y la compra de equipos. Pasados los años, Cuba cuenta con un Polo científico de altísimo nivel en el que se producen medicamentos y vacunas únicas en el mundo. Conseguir cada equipo y cada reactivo, burlando el bloqueo estadounidense era una proeza, y los resultados a veces demoraban, por esa razón, más que en otros laboratorios del mundo.
La sofisticación de la sociedad de mercado era desconocida. Recuerdo que en mi primer viaje a un país capitalista pedí una cerveza y me entregaron un menú con decenas de marcas que yo desconocía y que en realidad no necesitaba. Íbamos a las fiestas de adolescencia con la única y humilde ropa de “salir”, en botas de trabajo o con unos mocasines plásticos de un modelo italiano que se fabricaba en el país. En los años noventa, cuando colapsó el sistema de ayuda mutua socialista, nos trasladábamos por toda la ciudad en pesadas bicicletas chinas que el Estado nos vendió a precios irrisorios. Las fotos mías que conservo de esa época, muestran a un joven desmesuradamente flaco y sonriente, que trabajaba como investigador en una prestigiosa institución cultural del país. Hemos resistido. Y hemos sido felices.
El bloqueo no ha podido doblegar a los cubanos. Obama lo comprendió y trató de cambiar de táctica. Trump lo sabe y ha querido elevar el acoso económico hasta la asfixia, hasta la muerte
El bloqueo no ha podido doblegar a los cubanos. Obama lo comprendió y en un contexto internacional más favorable trató de cambiar de táctica. Trump lo sabe, y en un contexto adverso ha querido elevar el acoso económico hasta la asfixia, hasta la muerte. Durante la pandemia, prohibió la venta de respiradores artificiales al país que salvaba vidas en casi todos los continentes. El bloqueo petrolero es hoy un recurso desesperado; después, ya lo ha dicho, solo queda la agresión militar. ¿Bombardearán nuestras escuelas?, ¿nuestros hospitales, policlínicos, casas del médico de familia?, ¿enviarán misiles o drones para destruir nuestros centros científicos?, ¿intentarán borrar todo lo que con sacrificio y esperanza hemos construido durante 67 años? Hoy, ya no hay guaguas en la calle: no hay petróleo. Los carros americanos de los años cuarenta y cincuenta que sirven de taxis, tienen que pagar muy cara la gasolina cuando la encuentran; cobran, por tanto, precios que son impagables para la mayoría. Pero las ciudades se llenan de triciclos con motores eléctricos, y el Estado instala paneles solares en policlínicos, hogares maternos, de ancianos, casas de abuelos; para la atención de 282 niños electrodependientes, en las casas de 10 mil maestros y profesores y en 5 mil viviendas aisladas de las zonas montañosas del país. Nos quedan las piernas para caminar, la voluntad de sobrevivir y avanzar pese a todo. Nos quedan los sueños que sembró Fidel, sus enseñanzas, la visión de futuro de Martí, la dignidad de Maceo. Si deciden agredirnos, encontrarán a un pueblo dispuesto a morir por la libertad conquistada.







