Hay momentos que no solo se recuerdan, se quedan grabados para siempre y dejan huella profunda. Uno de esos instantes que me marcó profundamente fue la ceremonia íntima pero solemne de despedida de Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.
En aquel momento, escuchando al fondo los gritos del pueblo santiaguero que en el silencio de la mañana, repetía una y otra vez el “Yo soy Fidel” que acompañó a la caravana que trasladó los restos del Comandante desde La Habana hasta su reposo definitivo como un clamor que no era consigna aprendida, sino afirmación colectiva de identidad, de continuidad histórica, de compromiso revolucionario.
En medio de aquella emoción, quedó fijada en mi memoria la imagen de Raúl Castro empujando, con una ternura que se sentía a flor de piel, la urna que contenía los restos de su hermano, en un gesto que unía un sentimiento personal, con la toma de conciencia de la responsabilidad histórica que adquiría en primera persona para dar continuidad al proceso revolucionario cubano.
De manera especial, recuerdo el instante en el qué, tras depositar la urna con los restos de Fidel Castro en el impresionante y austero monolito de roca granítica, Raúl se volvió hacia los presentes y su mirada recorrió el reducido grupo de personas que asistimos a la ceremonia, como si quisiera dirigirse a cada uno de nosotros pidiendo complicidad para afrontar colectivamente el futuro. En ese momento la figura de Raúl se mostraba como una mezcla de dolor, serenidad y una firmeza que transmitía certeza y confianza.
Todo el mundo era consciente de que estábamos ante un momento especialmente significativo, que aguaba la fiesta y desmontaba la idea, tan cultivada por una gusanera que seguía alimentado la ilusión, de que sin Fidel todo se vendría abajo en Cuba, se pensaban que la desaparición física del líder histórico abriría una grieta insalvable en el proceso revolucionario, pero lo que ocurrió fue exactamente lo contrario, que Raúl transmitió la convicción de que la dirección del país, del Gobierno y del Partido quedaba en manos firmes, serenas y profundamente comprometidas con el legado revolucionario.
Entré en Santa Ifigenia pensando en Fidel, sintiendo como propio aquel “Yo soy Fidel” que sintetizaba una formación política, una experiencia vital y una ética revolucionaria. Pero salí de allí con una empatía profunda, hacia Raúl Castro, hacia el dirigente que asumía la responsabilidad de continuar desarrollando el concepto de Revolución que Fidel había dejado, y haciéndolo con su propio estilo, con su impronta, con su manera de entender el gobierno y la dirección política.

Esa empatía no era solo emocional, era convicción política que me conectaba con una tarea a la que he dedicado y dedico gran parte de mi actividad política, desde que, tras asistir a la celebración de la manifestación del Primero de Mayo en La Tribuna de Martí de la Plaza de la Revolución de la Habana, en una larga conversación, con la presencia del Comandante Machado Ventura, Raúl nos insistió en la necesidad de trabajar en la cooperación y la coordinación entre todas las fuerzas que luchan por la liberación de los pueblos frente al imperialismo. Pensar diferente, nos dijo, es una necesidad para recoger todas las ideas, pero golpear juntos, es una obligación para que la acción sea eficaz, porque frente a un enemigo tan poderoso, tan dotado de recursos económicos, militares y mediáticos, la unidad es una condición imprescindible, sin la cual es imposible la victoria.
Desde aquella experiencia personal en Santa Ifigenia, y desde la confianza que Raúl transmitió aquel día, y que ha reafirmado con los años, entiendo bien la frustración que debe sentir la gusanera al comprobar que, pese a su poderío, no logra derribar a un pueblo como el cubano, que, aunque limitado en recursos materiales, es inmensamente rico en dignidad, valores éticos y en conciencia revolucionaria.
Esa frustración la trata de volcar ahora en ataques personales contra un hombre de 95 años, cuyo único “delito” ha sido dedicar su vida entera al servicio de su pueblo. Resulta miserable, inhumano, asistir a ese intento de acoso. Pero, al mismo tiempo, resulta profundamente esperanzador ver cómo cientos de miles de habaneros y habaneras, a pesar de las dificultades de movilidad provocadas por la dura situación energética, consecuencia directa del cruel, injusto e ilegal bloqueo impuesto por Estados Unidos, salen a las calles para mostrar su cariño, su respeto y su solidaridad con Raúl.
Ese gesto popular no es solo afecto, es conciencia política. Es la expresión de un pueblo que sabe quién ha estado siempre a su lado, quién ha defendido su soberanía y quién ha asumido responsabilidades difíciles en momentos decisivos.
Desde el respeto y la admiración hacia un pueblo que no se rinde, que defiende su independencia y su derecho a decidir su futuro sin injerencias externas, sería injusto, política y moralmente, que esa determinación no encontrara una respuesta solidaria por parte de quienes compartimos en todo el planeta el ideal revolucionario que encarna Raúl Castro.
Por ello, el reto de las fuerzas políticas y sociales de izquierdas y progresistas es asumir la defensa de la Revolución cubana como una tarea propia. No como un gesto retórico, sino como un compromiso activo, consciente y organizado. Porque nadie puede dudar de que en la defensa de Cuba se juega también la defensa de un futuro de paz, justicia y progreso para toda la humanidad, y hacerlo frente a un imperialismo que no duda en causar sufrimiento, destrucción o miseria a cualquier pueblo y no puede soportar que nadie se le resista.
Aquel amanecer en Santa Ifigenia me reafirmó en la idea que la Revolución cubana no depende de un solo hombre, por grande que sea su figura. Depende de un pueblo formado en valores, de una historia de lucha y de una dirección política que ha sabido estar a la altura de los desafíos. Raúl Castro, con su estilo propio, con su serenidad y su firmeza, ha sido parte esencial de esa continuidad.
Por eso, frente a quienes desean ver caer a Cuba, la respuesta sigue siendo la misma que resonaba en Santiago de Cuba aquel día, “Yo soy Fidel”, añadiendo hoy, con la misma convicción el lema que presidia la masiva manifestacion reunida en la tribuna antiimperialista “Raúl es Raúl”, en el sentido más profundo y colectivo del término.
Hoy, cuando el Imperialismo lo pone en el centro de su vil diana, defender a Raúl Castro es defender la dignidad de un pueblo y la vigencia de un proyecto revolucionario, que sigue siendo una referencia para millones de personas en todo el mundo. Cuba resiste y esa resistencia merece ser acompañada, explicada, defendida y apoyada porque, la defensa de Cuba no es solo la defensa de un país, es la defensa de un proyecto emancipador que interpela a toda la humanidad.







